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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Paciente y orgulloso, espera que alguien le pida una canción e, incluso entonces saca, vacilante, la guzla de su estuche, sopla dentro de ella, se asegura de que el arco no se ha aflojado con la humedad y afina el instrumento, deseando a todas luces atraer lo menos posible la atención sobre sus preparativos técnicos. Cuando pasa por primera vez el arco por la cuerda, sólo se oye un sonido tembloroso y desigual, como un ruido de pasos sobre un camino empapado por la lluvia. A continuación, con la boca cerrada, cantando de nariz, empieza a acompañar dulcemente el sonido de la guzla, completándolo e igualándolo con su propia voz. Y cuando las dos voces, la suya y la de la guzla se funden enteramente en un lamento regular que teje un fondo oscuro a la canción, entonces, aquel pobre diablo, como por arte de magia, se transforma: desaparece su dolorosa timidez, se calman y se borran todas sus contradicciones interiores, y sus dificultades externas pasan al olvido.

El guzla levanta de pronto la cabeza como un hombre que arrojase su máscara de modestia, al no tener necesidad de ocultar por más tiempo lo que es y lo que hace. Comienza con una voz que nadie podría imaginar tan fuerte; para ser más exactos, grita unos versos de introducción:

El pequeño basilisco se ha puesto a llorar:

¿Por qué no caes sobre mí, dulce rocío?

Los clientes, que hasta aquel momento habían permanecido ajenos a todo, limitándose a hablar entre ellos, se callan súbitamente. No han acabado de oír esos primeros versos, cuando un escalofrío recorre el cuerpo de turcos y de cristianos; un escalofrío de deseo indefinido por aquel rocío que vive en la canción y en ellos mismos, sin diferencia ni distinción de credo.

Pero cuando, inmediatamente después, el guzla continúa en voz baja:

No era el pequeño basilisco,

y, descubriendo el sentido de su comparación, empieza a enumerar los deseos y los destinos reales, turcos y servios, que se esconden tras las imágenes del rocío y del basilisco, los sentimientos de los oyentes se dividen y toman caminos diferentes, según lo que cada uno lleve dentro de sí, según lo que desee y crea. Sin embargo, de acuerdo con una ley no escrita, todos escuchan tranquilamente la canción hasta el final y, pacientes y reprimidos, no manifiestan en ningún aspecto su estado de ánimo. Se limitan a mirar el vaso que tienen ante ellos, en el que creen ver reflejada sobre la superficie clara de la rakia, la anhelada victoria, e imaginar los combates, los héroes, la gloria y el resplandor que no existen en ningún lugar del mundo.

La animación en la taberna adquiere su punto álgido cuando los jóvenes acomodados y los hijos de los ricos se quedan un buen rato bebiendo. Entonces, Sumba y Frantz Furlane y el Tuerto y Chakha la Cíngara tienen trabajo.

Chakha es una cíngara bizca, un marimacho descarado que bebe con todos los que pueden pagar, sin emborracharse nunca. No es posible imaginar una juerga sin su presencia y sin sus bromas atrevidas.

La gente que se divierte con ellos no es siempre la misma, pero el Tuerto, Sumba y Chakha no faltan en ninguna ocasión. Viven de música, bromas y rakia. Su trabajo se apoya en la indolencia de los demás y sus ganancias en el dinero que derrochan los manirrotos. Y su verdadera vida discurre a lo largo de la noche, precisamente durante esas horas insólitas en las que la gente sana y feliz duerme, en tanto la rakia y los instintos, contenidos hasta esos precisos momentos, crean una disposición de espíritu borrascosa y brillante, y originan una serie de entusiasmos inesperados que son siempre iguales pero que siempre parecen nuevos y más bellos que antes. Ese trío constituye un testigo silencioso y retribuido, en cuya presencia cada uno se atreve a mostrarse tal como es (o, según la expresión servio-croata, "mostrar la sangre que llevamos bajo la piel") sin necesidad de tener que arrepentirse ni avergonzarse después. Con ellos y en su presencia, se permite todo lo que creía escandaloso ante el mundo, y culpable e imposible dentro del seno de la propia familia. A cubierto de nombre y sin la responsabilidad de esos tres bufones, todos aquellos padres y aquellos hijos, ricos, considerados, pertenecientes a buenas familias, pueden ser por un momento tal y como no se atrevían a aparecer ante nadie, tal y como son, al menos de vez en cuando, en lo más íntimo de su ser. Los crueles pueden burlarse de los tres desdichados y atacarlos, los miedosos pueden injuriarlos, los pródigos hacerles regalos; los vanidosos comprar sus alabanzas; los melancólicos y los caprichosos, sus chistes y sus extravagancias; los libertinos, sus audacias o sus servicios. Son una necesidad eterna y no reconocida por las gentes de la ciudad cuya vida anímica está contenida y deformada. Se parecen un poco a unos artistas que se hallasen en medio de un ambiente donde el arte es desconocido. Siempre hay en la ciudad algunos de esos hombres o mujeres, cantantes, chuscos, originales o payasos. Cuando alguno de ellos se acaba y muere, otro lo reemplaza; y es que, junto a aquellos que son conocidos e incluso famosos, se desarrollan y crecen unos noveles que, en su día, harán pasar el tiempo y alegrarán la vida de las futuras generaciones. Pero tendrán que correr muchos años antes de que aparezca un hombre como Salko el Tuerto.

Cuando, después de la ocupación, llegó el primer circo a la ciudad, el Tuerto se enamoró de una muchacha que bailaba en la cuerda floja y, a causa de ella, hizo tantas tonterías y tantas excentricidades que fue detenido y le dieron una paliza, y se impusieron fuertes multas a los ricos sin escrúpulos que lo habían trastornado, impulsándolo a cometer aquellas locuras.

Ya han pasado algunos años desde entonces. La gente se ha habituado a muchas cosas y la llegada de músicos, de acróbatas y de prestidigitadores extranjeros no suscita ninguna sensación general y contagiosa, corno ocurrió con la aparición del primer circo, pero se sigue hablando, sin embargo, del amor del Tuerto por la bailarina.

Hace tiempo que se ocupa de servir durante el día a todos y para cualquier cosa, y de noche, a los ricos y los beys para distraerlos, alborotando entre copa y copa. Y así, de generación en generación. Cuando unos dejan de hacer locuras y sientan la cabeza y se casan y se calman, llegan otros más jóvenes, decididos a seguir el mismo camino que aquéllos dejaron libre. El Tuerto, en estos momentos, está agotado y prematuramente envejecido; pasa más tiempo en la taberna que en el trabajo y vive menos de un jornal que de limosnas, de bebida y de sobrantes de comida que le ofrecen los acaudalados.

Durante las noches lluviosas del otoño, la gente que se reúne en la taberna de Zarié se muere de tedio. Algunos ricos están sentados ante una mesa. Su pensamiento es lento y gira incansablemente alrededor de cosas tristes y desagradables; su conversación es monótona e irritante, y suena a vacía; sus rostros, fríos, ausentes y desconfiados. Ni la rakia consigue levantar sus ánimos ni avivar su humor. El Tuerto, vencido por la fatiga, por el calor húmedo y por los primeros vasos de rakia, dormita sobre un banco en un rincón de la taberna: hoy, se ha empapado hasta los huesos de agua cuando llevaba, por encargo, unas cosas a Okolichta.

Uno de los clientes de la mesa de los ricos, como por casualidad, menciona el antiguo y desgraciado amor del Tuerto con la bailarina. Todos dirigen sus miradas hacia el rincón, pero el Tuerto continúa inmóvil y simula dormitar. Que digan lo que quieran. Aquella misma mañana, en medio de un fuerte dolor de cabeza, decidió que no volvería a responder a sus burlas ni a sus amargas bromas y que no permitiría que le jugasen tan crueles pasadas como aquellas de que le habían hecho víctima durante la tarde del día anterior, en aquella misma taberna.

– Me parece que siguen escribiéndose -dice uno.

– Date cuenta, ese bastardo mantiene una correspondencia amorosa con una mujer, mientras tiene a otra a su lado -añade otro.

El Tuerto se esfuerza por permanecer inmóvil, pero aquella conversación que se refiere a él, lo hiere y lo subleva, como si el sol le hiciese cosquillas en la cara. Sus ojos intentan abrirse y los músculos se relajan en una sonrisa feliz. No puede seguir quieto y silencioso. Primero hace un gesto indiferente con la mano, pero termina por decir:

– Todo eso ya pasó.

– ¿De verdad que ya pasó? Fijaos, ese Tuerto es un criminal la mar de curioso. A una la tiene lejos, languideciendo por él, y la otra, aquí, se vuelve loca por su culpa. La primera ha pasado, la segunda pasará, y después vendrá una tercera. ¿No piensas, miserable, dónde irá a parar tu alma si continúas trastornando a unas y a otras?

El Tuerto está ya de pie y se acerca a la mesa. Ha olvidado el sueño, la fatiga y su resolución de la mañana de no dejarse arrastrar a una conversación. Asegura a los ricos, con la mano en el corazón, que él no es el enamorado, el seductor que todos creen. Su ropa está todavía húmeda, su cara empapada y sucia (pues su fez rojo es de mala calidad y destiñe), pero inundada por una sonrisa de beatitud emocionada. Se sienta junto a la mesa de los ricos.

– ¡Un ron para el Tuerto! -grita Santo Papo, un judío regordete y despierto, hijo de Mentó y nieto de Mordo Papo, todos ellos quincalleros muy conocidos.

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