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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Durante los últimos tiempos, el Tuerto toma, siempre que puede, ron en vez de rakia. Esta bebida ha sido creada, por decirlo de algún modo, para gentes como éclass="underline" es más fuerte, actúa más rápidamente y ofrece una agradable diferencia con respecto a la rakia. Se presenta en botellitas de dos decilitros, figurando en las etiquetas la imagen de una muchacha mulata de labios gruesos y ojos de fuego, tocada de un gran sombrero de paja y que lleva en las orejas unos enormes pendientes de oro. Encima reza una inscripción en letras rojas: Jamaica. (Este producto exótico que beben los bosníacos que se encuentran en la última fase de alcoholismo, la inmediatamente anterior al delirium tremens, se fabrica en las destilerías Eisler, Sirowatka y Cía., de Slavonski Brod.) Al ver el rostro de la mulata, el Tuerto siente el fuego y el aroma de la nueva bebida e inmediatamente piensa que, "si se hubiese muerto un año antes, no habría llegado a conocer ese don de la tierra. (¡Y cuántas maravillas como ésta existen en el mundo!") Ante ese pensamiento, se enternece y por eso, cuando abre una botella de ron, se detiene siempre unos instantes, meditabundo. Y, tras el placer que le produce el pensamiento, llegan las delicias de la propia bebida.

También ahora mantiene la estrecha botella ante sus ojos, como si le hablase en un lenguaje acariciador que nadie oyese. El que ha iniciado la broma, consiguiendo enzarzarle en la conversación, le pregunta severamente:

– ¿Qué piensas hacer con esa muchacha? ¿Vas a tomarla por esposa o juegas con ella como con las demás?

Se refiere a una tal Pacha de Duchtchá. Es la muchacha más hermosa de la ciudad, huérfana de padre y bordadora, como su madre.

Los muchachos, en el curso de las numerosas excursiones del verano anterior, hablaban a menudo y hacían muchas canciones a propósito de Pacha y de su inaccesible belleza. Poco a poco e insensiblemente, sin saber por qué ni cómo, el Tuerto se contagió de su entusiasmo. Así empezaron las bromas.

Un viernes, unos muchachos, en plan de juerga, lo llevaron a un arrabal. Tras las puertas y los enrejados, podían oírse la risa ahogada y los murmullos de unas muchachas invisibles. Desde un patio en el que se encontraba Pacha con sus amigas, arrojaron a los pies del Tuerto un ramo de tanacetas.

El pobre hombre se detuvo, conmovido, para no pisar las flores, sin atreverse a recogerlas. Los jóvenes que lo habían llevado con ellos, empezaron a darle palmadas en la espalda y a felicitarlo por su buena suerte. Pacha lo había escogido, precisamente a él, entre otros muchos, y le mostraba una atención que nadie había recibido de ella.

Aquella noche se bebió en el Mezalín, a orilla del río, bajo los nogales, hasta el amanecer. El Tuerto estaba sentado junto al fuego, erguido y solemne, ya alegre y lleno de ansia, ya preocupado y pensativo. No permitieron que se ocupase ni del servicio, ni del café, ni de los alimentos.

– ¿Sabes lo que significa un ramo de tanacetas arrojado por una muchacha? -le dijo uno de ellos.

– Pacha quiere decirte, de esta manera, que se muere por ti como una flor separada de la rama; y se lamenta porque tú no la pides en matrimonio ni permites que se case con otro. Eso es lo que quiere decirte.

Y todos le hablaban de Pacha, de aquella criatura, hija única, casta, de piel blanca, que caminaba cimbreándose, como una fruta madura que cuelga por encima de una tapia y que espera la mano que acuda a recogerla, la mano que espera. Y esa mano era la del Tuerto.

Los ricos fingían enfadarse y se lamentaban ruidosamente: ¿cómo puede ser que ella haya puesto sus ojos en él? Otros, lo defendían. Y el Tuerto bebía. A ratos, creía en ese milagro, a ratos, lo rechazaba como algo imposible. Trataba de oponerse con sus palabras a las bromas de los ricos, intentaba hacerles comprender que ese amor no iba dirigido a él, que sólo era un pobre diablo, envejecido y poco seductor. Pero cuando se hacía el silencio, soñaba con Pacha, con su belleza y con la felicidad que podría recibir de ella, sin preguntarse si le era posible llegar a la muchacha o no. Ahora bien, todo resultaba factible en aquella maravillosa noche de verano en la que la kapia, las canciones y el fuego que ardía sobre la hierba, se integraban en una inmensidad infinita. Nada era real, pero nada parecía inverosímil. Los ricos se burlaban de él y lo ponían en ridículo; se daba cuenta; los señores no pueden vivir sin risas; tienen que meterse con alguien, conseguir un bufón: siempre han sido así y así continúan siendo.

Pero si todo esto no dejaba de ser una broma, lo que no era una broma era aquella mujer maravillosa y aquel amor imposible con el cual había soñado siempre y con el que seguía soñando. Ni tampoco eran bromas las canciones en las que el amor era a la vez real e irreal, en las que la mujer aparecía tan próxima y tan lejana, como en su imaginación. Para los ricos, todo era burla; pero, para él, no había otra verdad más que aquélla. Se trataba de algo sagrado que había llevado siempre en él y que existía, independientemente de las diversiones de los ricos, de la bebida y de las canciones; independientemente de todo, incluso de Pacha. Lo sabía aunque llegase a olvidarlo, pues su alma se diluía y su razón se escapaba como el agua.

Fue así cómo el Tuerto, tres años después de su gran amor y de su escandalosa historia con la alemana que bailaba en la cuerda floja, volvió a ser víctima de un embrujo sentimental en el que la gente rica y los ociosos encontraron un nuevo juego, cruel y excitante, que les proporcionó distracción durante meses y años.

Esto sucedió a mediados del verano. Pasó el otoño y llegó el invierno, y las bromas sobre el amor del Tuerto hacia la hermosa Pacha llenaban las noches y acortaban los días de la gente del centro de la ciudad. No se llamaba al Tuerto más que "el muchacho que está para casarse" y "el enamorado". Durante el día, en tanto que, a pesar de su dolor de cabeza y su sueño constante, se ocupaba de hacer encargos más o menos importantes, por las tiendas, o se entregaba a mil trabajos distintos, o llevaba trastos de un sitio para otro, el Tuerto se extrañaba y se irritaba al oír que lo llamaban de aquel modo y se limitaba a encogerse de hombros. Pero, cuando llegaba la noche, y encendían las lámparas en la taberna de Zarié, alguien gritaba:

– ¡Un ron para el Tuerto!

Y otro se ponía a cantar en voz baja, como por casualidad:

Y llega la hora de la oración de la tarde; el sol se pone Y deja de brillar sobre tu cara.

Entonces, de pronto, todo cambiaba. Se acabaron las fatigas y el encogimiento de hombros, y la ciudad y la taberna, y el propio Tuerto tal y como era: era un hombre transido de frío, sin afeitar, envuelto en harapos, en los desechos de la ropa de los demás. Ya sólo existía un balcón alto, iluminado por el sol poniente y adornado por una parra, y una muchacha que miraba y esperaba al hombre que iba a recibir de sus manos un ramo de tanacetas. Probablemente, continuarían las carcajadas, las observaciones de todas clases, las bromas vulgares, pero todo esto quedaba lejos, como envuelto en la niebla, mientras que el cantante estaba a su lado, junto a su oído:

Si pudiese sentir el primer calor De la mañana, junto a ti.

Y el Tuerto se calentaba al sol poniente, como si nunca hubiese sentido el fuego del verdadero sol que todos los días sale y se pone en Ia ciudad.

– ¡Un ron para él Tuerto!

Así pasaron las noches de invierno. Y al final del invierno, Pacha se casó. La pobre bordadora de Duchtchá, con su belleza y sus diecinueve años aún no cumplidos, contrajo matrimonio con Khadji Omer, hombre rico y considerado que tenía cincuenta y cinco años y que vivía detrás de la fortaleza. La muchacha ocupó el puesto de segunda esposa del harén.

Khadji Omer estaba casado hacía treinta años. Su mujer pertenecía a una gran familia; era célebre por su habilidad y por su inteligencia. Las propiedades de ambos, situadas detrás de la fortaleza, formaban una verdadera aldea próspera y llena de toda clase de riquezas; sus comercios en la ciudad estaban construidos con materiales sólidos y constituían un ingreso seguro y considerable. Todo ello era obra de la mujer de Khadji Omer, despierta, lista y siempre sonriente, y no de su marido, apacible y lento, que se limitaba a cabalgar dos veces al día de la fortaleza a la ciudad y de la ciudad a la fortaleza. Para todas las mujeres turcas de la ciudad y de los alrededores, la opinión de la esposa de Khadji constituía en muchas ocasiones la última palabra.

Era, en todos los conceptos, la mejor familia y la más considerada. Pero aquellas dos personas de edad avanzada no tenían hijos. Habían vivido, durante mucho tiempo, con la esperanza de conseguirlo. Khadji Omer fue incluso a la Meca. Su mujer repartía limosnas entre los pobres y entre los monasterios musulmanes. Pasaron los años, su fortuna aumentó, sus bienes prosperaron, pero no consiguieron la bendición deseada. Khadji Omer y su esposa, que era una mujer inteligente, soportaron con cordura y paciencia su mala fortuna. Pero llegaron a desesperar de tener descendencia. La mujer había cumplido cuarenta y cinco años.

Se encontraba en juego la rica herencia que dejaría Khadji Omer después de su muerte. Esta cuestión preocupaba no sólo a sus numerosos parientes y a los de su mujer, sino a casi toda la ciudad. Unos deseaban que el matrimonio no tuviese hijos, otros eran de la opinión de que sería una lástima que semejante hombre muriese sin heredero y que sus bienes fuesen repartidos y se dispersasen entre algunos parientes. Y, por esta razón, trataban de persuadirlo para que tomase otra mujer más joven, antes de que fuese demasiado tarde y se perdiese la esperanza de alcanzar una descendencia. Los turcos de la ciudad, en esta cuestión, estaban divididos en dos bandos.

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