Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Lotika no se ocupa de los clientes de la sala grande. Ése es el dominio de Maltchika, la camarera, y de Gustavo, el camarero… Maltchika es conocida en toda la ciudad como una húngara muy lista que se parece a la mujer de un domador de fieras, mientras que Gustavo es un alemán de Bohemia, pelirrojo, bajito, con los ojos inyectados en sangre, patizambo y con los pies planos. Conocen a todos los clientes y, en general, a todos los habitantes de la ciudad; saben quién paga regularmente, de qué manera se comporta cada uno cuando está borracho; están al corriente de quiénes son los que han de ser recibidos con frialdad, a quién hay que acoger cordialmente y de quéllos que ni siquiera hay que dejar entrar, porque no son aptos "para el hotel". Vigilan a los que beben mucho y tienen cuidado de que nadie se vaya sin pagar, e, igualmente, de que todo termine con corrección y como Dios manda, según las instrucciones de Lotika: Nur Kein Skandal 1. Pero, a veces, sucede, excepcio-nalmente, que alguien, de manera inesperada, demuestra que tiene mal beber, o bien que un individuo, tras haberse emborrachado en otros cabarets de segunda categoría, entra por la fuerza en el hotel; entonces, hace su aparición un criado, Milán, un muchacho alto, ancho de espaldas y huesudo. Originario de Lika, es un hombre de fuerza hercúlea que habla poco, pero que puede ocuparse de cualquier trabajo. Está siempre vestido como conviene a un camarero de hotel (Lotika no deja pasar un detalle). Va siempre sin chaqueta, con un chaleco oscuro encima de una camisa blanca, y un delantal largo, de paño verde.
En invierno como en verano, lleva las mangas remangadas hasta el codo, de suerte que pueden verse sus enormes antebrazos velludos y negros como dos cepillos. Tiene un bigotito recortado y el pelo moreno y tieso untado con una pomada olorosa como la que usan los militares.
Milán es el que se encarga de sofocar cualquier posible escándalo.
Existe para esa clase de trabajo desagradable y poco atractivo una táctica que desde hace tiempo ha sido perfeccionada, logrando consagrarse. Gustavo entretiene al cliente brusco y borracho, mientras espera la llegada de Milán. Cuando éste aparece, se acerca al perturbador por la espalda, el camarero se aparta y el hombre de Lika coge al borracho con una mano por la cintura y con la otra por el cuello; todo esto, con tanta habilidad y rapidez, que nunca ha habido nadie que haya visto cómo pone Milán en práctica su "llave".
Entonces el borracho en cuestión, aunque sea el tipo más fuerte de la ciudad, sale volando, como un muñeco de paja, hacia la puerta que Maltchika abre en el momento preciso; a continuación, va a parar directamente a la calle. Al mismo tiempo, Gustavo arroja el gorro, el bastón o las prendas que hayan quedado del inoportuno. Milán se arroja hacia el cierre metálico de la puerta y, cargando con todo el peso de su cuerpo, lo hace bajar. Todo esto se realiza en un abrir y cerrar de ojos, en perfecta armonía, y, antes de que los clientes hayan tenido tiempo de volverse, el indeseable está ya en la calle y no puede, por muy loco que esté, sino golpear al cierre con su cuchillo o con una piedra, como lo demuestran algunas huellas. Pero entonces ya no es un escándalo en el hotel, sino en la calle y, por consiguiente, asunto de la policía que, de todas las maneras, siempre está cerca del hotel.
A Milán no le ocurre lo que a otros hoteleros, es decir, que el cliente a quien se quiere expulsar, arrastre o tire mesas y sillas o se agarre a la puerta con pies y manos de tal modo que ni un par de bueyes conseguirían tirar de él. Milán no demuestra en estos casos ni ser exagerado, ni mal humor, ni combatividad apasionada, ni vanidad personal; por esto, sin duda, efectúa la operación tan bien y con tanta velocidad. Un minuto después de haber echado al cliente, ya está en su sitio en la cocina o en el "office", como si no hubiese pasado nada.
Gustavo pasa como por casualidad por el Extrazimmer y, mirando a Lotika que se encuentra sentada en una mesa con los clientes más distinguidos, cierra de pronto los dos ojos, lo que significa que ha ocurrido algo, pero que todo ha sido ya puesto en orden. Entonces Lotika, sin interrumpir su conversación ni abandonar su sonrisa, guiña también, sin que nadie se dé cuenta, los dos ojos al mismo tiempo, lo que quiere decir: "De acuerdo, gracias, y no dejéis de estar atentos ni un instante".
Sólo queda por arreglar la cuestión de lo que haya bebido o roto el clieate expulsado. Lotika dispensa de esta suma a Gustavo, cuando, tras un biombo rojo, avanzada la noche, hacen las cuentas del día.
CAPÍTULO XV
Existen varias maneras conforme a las cuales el cliente turbulento que ha sido tan hábilmente expulsado -si no ha sido llevado directamente del hotel a la prisión- puede volver en sí y recuperarse tras el penoso trance por el que acaba de pasar. Puede irse titubeando hacia la kapia y refrescarse con el viento que viene del agua y de las colinas próximas. Y puede también cambiar de cabaret, o ir a la posada de Zarié que está casi al lado, en la plaza del ayuntamiento, y allí rechinar los dientes con entera libertad y a gusto, y amenazar e injuriar a la mano invisible que tan pérfida e irresistiblemente lo ha arrojado del hotel. En la posada, cuando cae la primera oscuridad, cuando los padres de familia se dispersan y la gente laboriosa que no va allí más que para beber un trago, vuelve a sus casas, no puede haber escándalo, porque los que se quedan beben lo que quieren y en la medida en que pueden pagar, y cada uno hace lo que le parece y habla como le viene en gana. Porque, en este lugar, no se exige de los clientes que gasten su dinero y se emborrachen, comportándose al mismo tiempo como si no hubiesen bebido. En fin, si alguien se pasa de la raya, aquí está Zarié, pesado y silencioso, quien, con cara hosca y de mal humor, desarma y desalienta a los borrachos y a los pendencieros más furibundos. Los calma con un movimiento lento de su robusto brazo, diciendo en voz baja:
– ¡Vamos, no sigas! ¡No juegues con fuego! ¡Deja de hacer tonterías!
Pero las nuevas costumbres se mezclan furiosamente con las antiguas, incluso en esa vieja taberna donde no existe ni una sala aparte, ni camarero, ya que siempre se ocupa del servicio algún muchacho originario de Sandjak, vestido con su traje de campesino.
Los bebedores de rakia más notables y más inveterados guardan silencio, retirados en los rincones más oscuros. Detestan el tumulto y el desorden. Les gusta la sombra y el silencio del lugar en el que se encuentran sentados ante su vaso de rakia, que para ellos es algo sagrado. Con el estómago ardiendo, el hígado inflamado, los nervios de punta, sin afeitar y vestidos de cualquier modo, indiferentes hacia todo en el mundo, hastiados de sí mismos, permanecen sentados y beben, y mientras beben, esperan que se encienda por fin en su conciencia esa luz milagrosa con la que la bebida alumbra a aquellos que se abandonan a ella completamente, esa luz por la que es dulce sufrir, caer y morir y que, desgraciadamente, con los años, brota cada vez menos y cada vez más débilmente.
Los que empiezan son más locuaces y ruidosos, sobre todo los hijos de los ricos, los muchachos que pasan por la edad peligrosa, que dan sus primeros pasos en el camino del mal, pagando así el tributo que todos entregan a los vicios de la bebida y de la ociosidad, unos, durante cierto período, otros, por mucho más tiempo. Sin embargo, la mayoría, pasados algunos años, se desvía en ese sendero, funda una familia y se entrega a la búsqueda del dinero y al trabajo, a la vida burguesa, a los vicios ocultos y a las pasiones mediocres. Y, únicamente, una insignificante minoría de réprobos y de predestinados continúa para siempre por ese camino, escogiendo, en lugar de la vida, el alcohol que, en la existencia humana, breve y engañosa, constituye la más corta y la más falaz de las ilusiones; esos seres viven para el alcohol y se consumen en él, hasta que se convierten en unos hombres oscuros, embrutecidos y abotagados, como esos que están sentados en los rincones de la taberna de Zarié.
Desde que se han adoptado las nuevas costumbres -vida sin disciplina ni consideraciones, comercio más animado, beneficios más altos- además de Sumba el Cíngaro que hace treinta años que acompaña con su flauta primitiva todas las orgías de la ciudad, acude ahora a menudo a la taberna de Zarié, Frantz Furlane con su acordeón. Es éste un hombre delgado y pelirrojo, carpintero de profesión, pero demasiado aficionado a la música y al vino; lleva un pendiente de oro en la oreja derecha. A los soldados y a los obreros extranjeros les gusta oírlo.
Sucede con frecuencia que se encuentra en la taberna un guzla 1, generalmente un montenegrino delgado como un asceta, pobremente vestido, pero de buen porte y mirada clara, hambriento, pero reservado, orgulloso, pero forzado a vivir de limosnas. Permanece sentado un rato en un rincón, ostensiblemente alejado de todos, sin mendigar, la mirada ausente, aparentando no saber nada de nada y simulando indiferencia. No obstante, se ve que tiene otros pensamientos y otras intenciones muy diferentes de los que sugiere su aspecto externo.
Se enfrentan en él, de manera invisible, numerosos sentimientos contrarios e irreconciliables y, sobre todo, la grandeza de cuanto lleva en sí con la miseria y la debilidad de lo que puede descubrir y expresar ante los demás. Por esta razón, siempre se muestra un poco confuso y poco seguro ante la gente.
1. "Ante todo, que no haya escándalo." (En alemán en el original.) (N, del T.)
1. Cantante popular que se acompaña con una guzla. (N. del T.)