Un Puente Sobre El Drina
- Автор: Andric Ivo
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:
Cuando, al volver de su trabajo, cubierto por el polvo gris de la piedra y con manchas de colores, el señor Pero leyó el aviso de la kapia, se caló el sombrero hasta los ojos y mordió convulsivamente la pipa que siempre llevaba en la boca. Y cada vez que encontraba a alguna persona notable y seria, trataba de demostrarle que, aunque italiano, no tenía nada que ver con Luccheni ni con su crimen repugnante. La gente le escuchaba, le calmaba y le aseguraba que creían lo que decía y que, además, nunca habían pensado semejante cosa de él; pero el buen hombre seguía explicando a todos que se sentía avergonzado de vivir y que nunca había matado ni siquiera a un pollo; con más razón no se le habría ocurrido atacar a un ser humano y, sobre todo, a una mujer de tan alto rango.
Al final, su miedo se transformó en una verdadera manía. Los habitantes de la ciudad comenzaron a burlarse de su preocupación, de su celo y de sus afirmaciones innecesarias según las cuales no tenía ninguna relación ni con los criminales ni con los anarquistas. Pero los niños de la ciudad inventaron inmediatamente un juego cruel. Escondidos detrás de alguna valla, gritaban cuando pasaba: "¡Luccheni!" El pobre diablo se defendía contra aquellos gritos como contra un enjambre de avispas, se calaba el sombrero hasta los ojos y volvía corriendo a su casa para lamentarse y llorar en el regazo de su esposa.
– Estoy avergonzado, estoy avergonzado -sollozaba el hombrecillo – No me atrevo a mirar a nadie a los ojos.
– Vamos, imbécil, ¿de qué tienes vergüenza? ¿De que un italiano haya matado a la emperatriz? El rey de Italia es el que tiene que estar avergonzado. Pero tú; ¿quién eres tú y qué eres para tener vergüenza?
– Me da vergüenza de estar vivo -se lamentaba el señor Pero ante su mujer, que lo sacudía y trataba de infundirle valor y resolución y de hacerle ver que podía cruzar por el centro de la ciudad con la cabeza alta y desenvuelto, sin tener que bajar la vista delante de nadie.
Por aquel tiempo, se hallaban sentados en la kapia los hombres de edad y, con el rostro inmóvil y la vista fija en el suelo, escuchaban las noticias tomadas de la prensa sobre el asesinato de la emperatriz de Austria. Aquellas noticias daban motivo a algunas conversaciones generales sobre el destino de los monarcas y de los grandes personajes. Husein efendi, muderis de Vichegrado, explicaba a un grupo de notables turcos del barrio del comercio, gente curiosa e ignorante, lo que eran y quiénes eran aquellos anarquistas.
El muderis era tan solemne, permanecía tan erguido y se presentaba tan limpio y tan cuidado como antaño, hacía veinte años, cuando, en la misma kapia, recibió a los primeros alemanes en compañía de Mula Ibrahim y el pope Nicolás, los cuales hacía ya tiempo que reposaban en sus respectivos cementerios.
Su barba estaba blanca, pero aparecía tan cuidadosamente cortada y redondeada como siempre; su rostro se mostraba tranquilo y su cutis terso, dado que los hombres de espíritu rígido y de corazón duro envejecen lentamente. La alta opinión que siempre tuvo de sí mismo se había reforzado durante los últimos veinte años. El baúl de libros (dicho sea de paso) en el que se fundaba en gran parte su reputación de sabio, continuaba inalterable, sin leer, y su crónica de nuestra ciudad, sólo había aumentado en veinte páginas durante todo este tiempo, ya que, a medida que envejecía, estimaba cada vez más su persona y su crónica, y cada vez menos los acontecimientos que se desarrollaban alrededor de él. Ahora, hablaba en voz baja y lenta, con maneras imponentes, severas y solemnes, considerando el destino de la emperatriz "infiel" únicamente como un motivo de conversación, sin mezclar lo más mínimo ese destino con el verdadero sentido de la interpretación. Según esta interpretación (que no era precisamente suya, pues la había hallado en buenos libros antiguos que heredó de su maestro, el célebre Arap-Hodja), aquellos a quienes ahora se llamaba anarquistas, existieron siempre y existirán hasta la consumación de los siglos. Porque la existencia humana está así ordenada y Dios, el Único, lo ha querido de esta manera: que cada dracma de bien esté acompañada por dos dracmas de mal y que, en esta tierra, no pueda haber bondad sin odio, ni grandeza sin envidia, del mismo modo que no existe objeto, por pequeño que sea, que no dé sombra. Todo esto era particularmente cierto para las personas de excepcional grandeza, piadosas e ilustres. Junto a cada una de ellas, siguiendo un curso paralelo al de su gloria, su verdugo acechaba la oportunidad: a veces la atrapaba más pronto y, a veces, más tarde.
– Fijaos, por ejemplo, en nuestro compatriota Mehmed-Pachá, que, desde hace mucho tiempo, goza del paraíso -dijo el muderis mientras señalaba la estela de piedra que se encontraba encima del aviso blanco -. El sirvió a tres sultanes y fue más prudente que Asaf; él levantó esta piedra, sobre la que ahora estamos sentados, gracias a su poder y a su piedad. El también fue víctima del puñal de los anarquistas. A despecho de toda su fuerza y de toda su prudencia, no pudo evitar el momento fatal. Aquellos a quienes el gran visir contrariaba en sus planes – constituían un partido grande y poderoso -encontraron un medio de armar y de sobornar a un derviche loco para que le diese muerte, y llevó a cabo su tarea precisamente cuando el visir salía para rezar su plegaria el viernes al mediodía. El derviche, con su manto usado a la espalda y su rosario en las manos, cerró el paso al séquito del visir y, con hipocresía y humildad, pidió limosna, y cuando el visir se llevó la mano al bolsillo para dársela, lo atravesó. Y así pereció como un mártir Mehmed-Pachá.
Los hombres escuchaban y, mientras arrojaban el humo de sus cigarros, miraban ya la estela de piedra con la inscripción turca, ya el anuncio blanco bordeado por un luto. Escuchaban con atención, aunque no todos comprendían completamente todas las palabras de la explicación del muderis. Pero, en tanto seguían con la mirada el humo de sus cigarros que se perdía lejos, más allá de la inscripción y del anuncio, llegaban a adivinar otra vida diferente de la suya que se desarrollaba en algún lugar del mundo, una vida de grandes ascensiones y de caídas profundas, en la cual la grandeza se mezclaba con lo trágico; una vida que, de alguna manera, compensaba su existencia vegetativa, esa existencia tranquila y monótona que se desarrollaba en la kapia.
También aquellos años, como los otros, pasaron. En la kapia se repitió el antiguo orden de cosas, con las conversaciones habituales en voz alta, con las bromas y las canciones. Cesaron las charlas sobre los anarquistas. El cartel que anunciaba la muerte de aquella emperatriz extranjera, apenas conocida, cambió de color bajo la acción del sol, de la lluvia y del polvo; después, el viento lo rasgó y dispersó los jirones a lo largo de la orilla.
Los golfillos siguieron durante algún tiempo gritando al señor Pero cuando pasaba: "¡Luccheni". Y ni siquiera sabían lo que aquel grito quería decir ni por qué razón lo lanzaban; obraban a impulsos de la necesidad infantil que hace hostigar y torturar a las criaturas débiles y sensibles. Gritaron, para después dejar de hacerlo, ya que encontraron otro entretenimiento. Desde luego, Stana, la del Meïdan, contribuyó a ello dando una buena zurra a los dos muchachos que más chillaban.
Pasados unos dos meses, nadie volvió a mencionar la muerte de la emperatriz ni a los anarquistas. La vida de finales de siglo parecía haber sido amasada y domesticada para siempre; cubría todo con su discurrir amplio y monótono y dejaba en la gente el sentimiento de que se abría un siglo de apacible actividad, proyectado hacia un porvenir lejano, que la mirada no podía alcanzar.
Aquella actividad incesante y continua, a la cual parecía condenada la administración extranjera, y con la que nuestras gentes se habían reconciliado difícilmente -aunque se sintiesen deudores por las ganancias y el bienestar que habían conseguido-, aquella actividad cambió en veinte años muchas cosas relativas al aspecto externo de la ciudad, a la forma de vestir y a las costumbres de los habitantes. Era natural que el torbellino no se detuviese ante el viejo puente, cuyo perfil continuaba siendo el mismo.
Llegó el año 1900, final de un siglo feliz y comienzo de otro nuevo que, según las concepciones y el sentimiento de muchos, habría de ser aún más feliz. En aquel momento hicieron su aparición algunos ingenieros que se pusieron a inspeccionar el puente. La gente estaba ya acostumbrada a ellos y los niños sabían lo que significaba la llegada de aquellos hombres que llevaban abrigos de cuero, en cuyos bolsillos exteriores guardaban un buen número de lapiceros de colores. Se ponían a dar vueltas en torno a una colina o a un edificio, lo que quería decir que iban a derribar, a construir, a cavar o a modificar algo. Sin embargo, nadie podía adivinar qué querían hacer con el puente, que representaba para todos los ciudadanos algo eterno e inevitable, como la tierra por la que andaban y el cielo que cubría sus cabezas.
Los ingenieros dieron vueltas, midieron, tomaron notas, y, después, se marcharon y todo fue olvidado. Pero a mediados del verano, cuando el nivel de las aguas estaba más bajo, llegaron de pronto algunos contratistas y unos cuantos obreros que empezaron a construir barracas provisionales para guardar sus herramientas. Apenas había comenzado a extenderse el rumor de que el puente iba a ser reparado, cuando se vieron los pilares cubiertos de andamiajes y empezaron a funcionar sobre el puente unos montacargas movidos por un torno de mano; por medio de ellos, los obreros se desplazaban a lo largo de los pilares como por un estrecho balcón de madera, deteniéndose en los lugares donde había grietas o donde habían crecido matas de hierbas.