Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Классическая проза » Un Puente Sobre El Drina
Un Puente Sobre El Drina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 89
Перейти на страницу:

La propia mujer estéril de Khadji Omer fue la que resolvió el problema. Abiertamente, con decisión y sinceridad, como hacía en todo, dijo a su marido, que vacilaba:

– Dios, que alabado sea, nos ha dado todo; la comprensión, la salud y la riqueza; pero no nos ha concedido lo que los pobres tienen: un hijo. Él heredaría nuestros bienes. Pero si, por voluntad de Dios, yo he de soportar tu desgracia, tú no debes hacerlo. He visto que la ciudad se ha empeñado en casarte, tomando a su cargo nuestras preocupaciones. Pues bien, ya que ellos quieren casarte, prefiero hacerlo yo misma, ya que soy tu mejor amiga.

Y le expuso su plan. Puesto que no existía la posibilidad de tener un hijo, debería tomar otra esposa más joven que podría darle familia. La ley le otorga el derecho. Y ella, desde luego, seguiría en la casa como ama, vigilando para que todo se mantuviese en orden.

Khadji Omer se resistió durante mucho tiempo, afirmando que no deseaba más esposa que ella, que no tenía necesidad de una mujer más joven. Pero Khadji Omerovitsa no sólo perseveró en su proyecto, sino que le hizo saber cuál era la mujer que le había escogido. Ya que tenía que casarse de nuevo para tener hijos, lo mejor era elegir una muchacha sana, bonita y pobre, que le diese hijos fuertes y que, mientras viviese, estuviera agradecida a su feliz destino. Su elección recayó sobre la hermosa Pacha, la hija de la bordadora de Duchtchá.

Y así sucedió. De acuerdo con la voluntad de su esposa y con su concurso, Khadji Omer contrajo matrimonio con Pacha. Y, once meses después, Pacha dio a luz un precioso niño. Quedó, pues, resuelta la cuestión del heredero de Khadji Omer y desaparecieron las esperanzas de sus parientes. La gente de la ciudad cesó en sus comentarios. Pacha era feliz, la primera esposa estaba contenta y ambas vivían en perfecta armonía, como madre e hija.

Este venturoso final fue para el Tuerto el principio de grandes sufrimientos. Durante aquel invierno, su dolor a causa del matrimonio de Pacha fue el principal entretenimiento de los desocupados que acudían a la taberna de Zané. El pobre enamorado bebía como nunca; los ricos le pagaban unas copas y, por muy pocas monedas, podían hartarse de reír. Los guasones le daban recados imaginarios de parte de Pacha, le afirmaban que lloraba de día y de noche, que se marchitaba por él sin decir a nadie la verdadera razón de su sufrimiento. Y el Tuerto se volvía loco, cantaba, lloraba, contestaba serio y con detalles a todas las preguntas que le hacían, se lamentaba de su destino que lo había hecho tan poco atractivo y tan pobre.

– Bueno, Tuerto, ¿cuántos años te lleva Khadji Omer? Así comenzó algún rico la conversación.

– No lo sé. Y, ¿de qué me sirve ser más joven? -contestaba amargamente el Tuerto.

– ¡Ah!, si se juzgase de acuerdo con el corazón y el amor, Khadji Omer no tendría lo que tiene y nuestro Tuerto no estaría donde está -añadía alguien.

No hacía falta mucho para que la emoción embargase al Tuerto ni para que se enterneciese. Le servían una copa de ron tras otra y le aseguraban que no sólo era más joven, más atractivo y más estimado por el corazón de Pacha, sino que no era en definitiva tan pobre como se creía y aparentaba. Los ociosos, ante sus vasos de rakia, durante la noche, inventaron toda una historia. Su padre había sido un oficial turco, desconocido, a quien nunca llegó a ver. Habría dejado a su hijo ilegítimo de Vichegrado, que era su único heredero, un buen número de grandes propiedades en Anatolia, pero algunos de sus parientes impidieron la ejecución del testamento. Sin embargo, bastaría que el Tuerto se presentase en la lejana y rica ciudad de Brussa, para echar por tierra las conspiraciones y las astucias de aquellos falsos herederos, pudiendo tomar lo que le pertenecía. Entonces podría comprar al propio Khadji Omer y su pretendida riqueza, únicamente con el producto que obtendría de la venta de paja que darían sus cosechas.

El Tuerto los escuchaba, bebía y se limitaba a suspirar. Todas estas palabras le afligían, pero, al mismo tiempo, le resultaba agradable comportarse como un hombre a quien habían engañado y defraudado aquí, en la ciudad, y en algún lugar del hermoso y lejano país de donde procedía su desconocido padre. Y las gentes que mariposeaban alrededor de él, preparaban fingido viaje a Brussa. Las bromas se prolongaban, y eran crueles y elaboradas hasta en el más mínimo detalle.

Una noche, aparecieron con un pasaporte falso listo para su marcha. Colocaron al Tuerto en medio de la taberna, le hicieron dar unas vueltas, anotaron en el pasaporte sus señas personales. Otro día, se pusieron a calcular cuánto dinero le sería necesario para llegar a Brussa, cómo viajaría y dónde pasaría la noche. Y de este modo transcurrió una buena parte de la velada.

Mientras no bebía, el Tuerto podía defenderse: creía y no creía en todo lo que le decían. Sus dudas eran mayores que su certeza. Más exactamente: en su sobriedad, llegaba a no creer nada en absoluto; pero, en el momento en que se emborrachaba, se conducía como si todo fuese cierto. Llevado por el alcohol, no se preguntaba lo que sería verdad y lo que sería broma o mentira. Lo cierto es que, llegado a la segunda botella de ron, sentía un aire perfumado procedente de Brussa y veía, veía perfectamente sus jardines verdes y sus edificios blancos. En realidad, lo habían engañado, había sido desgraciado desde su nacimiento, en todas las cosas, con su familia, con sus bienes y con el amor, le habían hecho daño, tanto daño que Dios y los hombres estaban en deuda con él. Tenía la certeza de que no era!o que parecía ni lo que las gentes suponían. A medida que iba bebiendo, le torturaba cada vez más la necesidad de decir la verdad a cuantos le rodeaban, aunque se daba cuenta de lo difícil que era demostrar algo que para él resultaba claro y evidente, pero contra lo que hablaba todo cuanto había en él. No obstante, a partir del primer vasito de rakia, empezaba a justificarse con palabras entrecortadas, con gestos grotescos que surgían a través de sus lágrimas de borracho. Hablaba durante toda la noche, y cuantas más explicaciones daba, mayores eran las risas y las burlas de los que le rodeaban. Se reían tanto y tan a gusto, que sus pechos se hinchaban y sus mandíbulas crujían con esas carcajadas contagiosas e irresistibles que son más agradables que cualquier alimento o cualquier bebida. Riendo, olvidaban la crudeza de la noche de invierno y bebían sin medida en compañía del Tuerto.

– ¡Mátate! -le dijo Mekhaga Saratch, quien con su apariencia fría y seria, sabía provocar y excitar mejor que nadie al Tuerto -. Puesto que no has sido capaz de quitar a Pacha de los brazos de ese lisiado de Khadji Omer, no mereces vivir. ¡Mátate, Tuerto, es un consejo!

– ¡Mátate, mátate…! ¿Crees que no lo he pensado? -se lamentaba el Tuerto -. He ido más de cien veces a tirarme al Drina desde la kapia y más de cien veces he vuelto sobre mis pasos.

– ¿Qué es lo que te ha hecho volver? ¡El miedo! ¡Te pesaban demasiado los pantalones, Tuerto!

– ¡No! ¡Os juro por Dios que no ha sido por miedo, no ha sido por miedo!

En medio del bullicio y de la risa general, el Tuerto saltó, se golpeó en el pecho, partió un trozo de pan que tenía delante y lo acercó a la cara inmóvil y fría de Mekhaga.

– ¿Ves esto? Pues te juro por este pan y por la prosperidad que no ha sido por miedo, sino…

En este momento, alguien se puso de pronto a cantar débilmente:

Y deja de brillar sobre tu cara

Todos entonaron a coro la canción y taparon la voz de Mekhaga, que gritó al Tuerto:

– ¡Mátate!

Y la canción los llevó al estado de excitación al que querían conducir al pobre desgraciado. Al final, todo se transformó en una loca orgía.

Fue así cómo en una noche de febrero esperaron la aurora, presa de una demencia que alcanzó, al mismo tiempo que a su víctima, a ellos mismos. Ya era de día cuando salieron de la taberna. Calientes, zozobrantes, con la sangre hirviendo por el alcohol, se dirigieron al puente que estaba casi desierto y cubierto por una capa de hielo.

En medio de grandes clamores y de ruidosas carcajadas, sin prestar atención a los escasos transeúntes matinales, hicieron una apuesta: ¿quién se atrevía a cruzar el puente caminando por encima del estrecho parapeto de piedra sobre el que brillaba el hielo?

– El Tuerto tendrá valor suficiente -gritó uno de los borrachos.

– ¿El Tuerto? ¡Qué va!

– ¿Quién es el que no se atreverá? ¿Yo? Vas a ver cómo hago lo que ningún hombres es capaz de hacer -protestó el Tuerto, golpeándose el pecho.

– ¡Te falta valor! ¡Hazlo si te atreves!

– ¡Por Dios que sí!

– Sí. El Tuerto puede hacerlo.

– No. Nos está tomando el pelo.

Aquellos hombres borrachos rivalizaban en sus clamores y en sus fanfarronadas, sin tener en cuenta que ellos mismos sé mantenían en pie sobre el ancho puente: todos titubeaban, daban traspiés y se agarraban unos a otros.

1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 89
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)