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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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No se dieron cuenta del momento en que el Tuerto se subió al parapeto de piedra. Súbitamente, lo vieron balancearse por encima de ellos. Completamente borracho y despechugado, trataba de guardar el equilibrio y de avanzar a lo largo de las losas que remataban el muro.

El parapeto de piedra tenía dos palmos de anchura. El Tuerto caminaba inclinándose ya a la izquierda, ya a la derecha. A la izquierda estaba el puente, y en el puente, por debajo de él, se agitaba una masa de hombres ebrios que acompañaban cada uno de sus pasos, gritándole unas palabras que apenas distinguía y que sonaban como un rumor incomprensible.

Pero a la derecha estaba el vacío y, en el vacío, sumergido en la profundidad, susurraba el río invisible; subía de él un espeso vapor y una especie de humo blanco que se elevaba en la mañana helada.

Los escasos peatones se detenían espantados, y, con los ojos abiertos de par en par, miraban al borracho, que, en vez de andar por el puente, lo hacía por el parapeto estrecho y resbaladizo que se levantaba por encima del abismo. Y observaban cómo agitaba desesperadamente los brazos para guardar el equilibrio. Algunos de los juerguistas que se mantenían un poco más serenos, conservando su presencia de ánimo, permanecían fijos al suelo igual que si saliesen de un sueño, y lívidos de pánico, contemplaban aquel juego peligroso. Pero los demás, que no llegaban a ver el peligro, seguían a lo largo del parapeto y acompañaban con sus clamores al Tuerto, que se balanceaba y danzaba sobre el abismo, intentando mantener el equilibrio.

A consecuencia de su peligrosa posición, el Tuerto se encontró impensadamente, separado de sus compañeros. Se sentía como un monstruo gigantesco, situado por encima de ellos. Sus primeros pasos fueron precavidos y lentos. Sus zapatos se escurrían a cada instante sobre las losas cubiertas por la helada. Le parecía que sus pies corrían independientemente de él, que la profundidad lo atraía irresistiblemente, que iba a caerse, que se caía.

Mas la extraña posición en que se encontraba y la proximidad de un gran peligro le dieron nuevas fuerzas y un poder insospechado. Mientras luchaba por mantener el equilibrio, daba saltitos cada vez más vivos y se iba inclinando hasta alcanzar el nivel de su cintura, con su rodilla. En vez de andar, se puso, sin saber cómo, a bailar con paso corto, sin preocuparse, como si se encontrase en medio del claro de un bosque y no sobre una superficie estrecha y escurridiza. De pronto se sintió ligero y flexible, como a veces nos sentimos en sueños. Su cuerpo macizo y extenuado estaba libre de peso. El Tuerto, ebrio, bailaba y flotaba sobre el precipicio, igual que si tuviese alas. Notaba que de su cuerpo escapaba una fuerza alegre que le daba seguridad y equilibrio. Al mismo tiempo, oía la música que acompañaba su danza. Y el baile lo llevaba allí donde jamás habría podido llegar andando normalmente. Y, sin pensar ya en el peligro ni en la posibilidad de una caída, saltaba con una pierna y luego con la otra y cantaba, haciendo gestos con las manos como si se acompañase con un tamboril.

– Parram, parram, parrampampam…

El Tuerto cantaba e iba creando un ritmo con la ayuda del cual franqueaba el peligroso camino, seguro, sin dejar de bailar. Doblaba las rodillas y se inclinaba a la derecha, a la izquierda.

– Parram, parram, parrampampam…

En esta posición excepcional y arriesgada, alzado por encima de todos, ya no era el Tuerto jocoso que conocían en la ciudad y en la taberna. No existía el parapeto de piedra. Había desaparecido. Y había desaparecido el puente en el cual comió tantas veces su pobre alimento, mientras pensaba en una muerte dulce entre las olas. Todo había desaparecido, todo se había quedado dormido en la sombra de la kapia.

Y había llegado aquel viaje lejano e irrealizable del cual le hablaban todas las noches en la taberna, entre burlas groseras y risas irónicas. Por fin se había puesto en camino. Se encontraba en el claro sendero -tan deseado- de las grandes empresas, y allá, al final del sendero, estaba la ciudad imperial de Brussa, con las riquezas que le pertenecían y con su legítima herencia, con el sol poniente y la hermosa Pacha con su hijo; su esposa y su hijo. Sumido en una especie de éxtasis, recorrió bailando la parte volada del parapeto que rodeaba el sofá; a continuación, la otra mitad del puente. Cuando hubo llegado al final, saltó a la calzada y, traspasado de emoción, miró alrededor de él, sorprendido de que la aventura hubiese terminado de aquel modo y extrañado de encontrarse en el camino familiar de Vichegrado. Los que hasta entonces lo habían acompañado con sus clamores, con sus palabras de estímulo y con sus chanzas, acudieron a su encuentro. También llegaron corriendo los que se habían detenido aterrorizados. Lo abrazaron, le dieron palmadas en la espalda, en la cabeza, que cubría su fez descolorido. Todos gritaban a la vez:

– ¡Bravo, Tuerto; eres un verdadero halcón!

– ¡Bravo, vencedor!

– ¡Un ron para el Tuerto! -chilló Santo Papo con su voz ronca y acento español, abriendo los brazos como si lo crucificasen. Se creía que estaba en la taberna.

Alguien propuso, en medio de la bulla y de la confusión general, que aquella noche no se separasen, que nadie volviese a casa, que continuasen bebiendo en honor a la hazaña del Tuerto.

Los escolares que cruzaban aquella mañana el puente, apresurándose para llegar a tiempo a la apartada escuela, se pararon a contemplar la curiosa escena. Sorprendidos, abrían sus boquitas, de las que salía un vapor blanco. Aquellas criaturas menudas, bien arropadas, con sus pizarras y sus libros debajo del brazo, no podían comprender el juego de las personas mayores, pero en su memoria quedó grabada para toda la vida, junto al perfil de su puente natal, la imagen del Tuerto, de aquel hombre conocidísimo en la ciudad, el cual, tras una extraña transformación, ligero, transportado como por arte de magia, caminaba, dando saltitos atrevidos y alegres, por un sitio que no era precisamente el más adecuado para andar.

CAPITULO XVI

Habían pasado veinte años desde que los primeros coches austríacos, pintados de amarillo, cruzaron el puente. Veinte años de ocupación constituyen una prolongada sucesión de días y de meses. Cada uno de esos días y de esos meses, considerados en sí mismos, parecían inciertos, no definitivos; pero, tomados en conjunto, constituían, relativamente, el período más largo de paz y de progreso que había conocido la ciudad, y abarcaban la mayor parte de la vida de la generación que, en el momento de la llegada de los austríacos, alcanzaban su mayoría de edad.

Fueron unos años de aparente prosperidad y de beneficios seguros, aunque a menudo insignificantes. Durante esos años, las madres, cuando hablaban de sus hijos, decían: "¡ Que Dios le dé vida y buena salud y que Él haga que se gane fácilmente el pan!"

Y también en aquella época la mujer de Ferkhat, un hombre alto que no pasaba de ser un pobre diablo y que se encargaba de encender los faroles de las calles, recibiendo del ayuntamiento por su trabajo la cantidad de doce florines al mes, decía con orgullo: "Gracias a Dios, mi Ferkhat está empleado en la alcaldía".

De esta manera pasaron los últimos años del siglo XIX, años desprovistos de emociones y de grandes acontecimientos, semejantes a un río tranquilo que se desborda antes de llegar a su ignorada desembocadura. Parecía que los acentos trágicos se esfumaban de la vida de los pueblos europeos, como ocurría en la ciudad del puente. Tal vez ocurriese algo en algún lugar del mundo, pero el eco no llegaba a nosotros o se nos presentaba lejano e incomprensible.

Un día de verano, después de tantos años, apareció de nuevo en la kapia un aviso oficial de color blanco. Era breve y estaba encuadrado por un ancho luto. Anunciaba que S. M. la Emperatriz Isabel había muerto en Ginebra, víctima de un odioso atentado del que era autor un anarquista italiano llamado Luccheni. El aviso expresaba a continuación el disgusto y la profunda aflicción de todos los pueblos que integraban la gran monarquía austro-húngara y pedía a esos mismos pueblos que se uniesen aún más al trono, como subditos leales. Su actitud sería el mayor consuelo para el soberano a quien la suerte había ofrecido tan dura prueba.

El cartel había sido fi]ado debajo de la estela blanca que llevaba la inscripción turca, de igual modo que antaño se fijó la proclama del general Filipovitch anunciando la ocupación del país. Esta vez la gente leyó con emoción porque se trataba de una emperatriz y de una mujer, pero sin llegar a comprender del todo y faltos de una compasión profunda.

Durante algunas tardes, se suprimieron las canciones y las algazaras que habitualmente reinaban en la kapia, ya que tales eran las órdenes de las autoridades.

Sólo un hombre de la ciudad se vio afectado por la noticia. Fue Pietro Sola, el único italiano de Vichegrado, contratista y albañil, tallista de piedra y pintor, en resumen, el factótum y especialista de nuestra ciudad. El señor Pero, como lo llamaba todo el mundo, llegó en el momento de la ocupación, instalándose en la ciudad y contrayendo matrimonio con una tal Stana, una muchacha pobre que no gozaba de muy buena reputación. Pelirroja, fuerte, dos veces más alta que él, era considerada como una mujer de lengua viperina y mano ligera, con la cual era preferible no pelearse. Por su parte, el señor Pero era un hombre pequeño, encorvado, de buen carácter, con unos ojos azules muy humildes y los bigotes caídos. Trabajaba bien y ganaba mucho dinero. Con el tiempo, se convirtió en un verdadero ciudadano de Vichegrado; lo único que le ocurrió fue que, como Lotika, no llegó nunca a asimilar la lengua ni la pronunciación. Toda la ciudad lo quería por sus manos hábiles y su buen talante; en cuanto a su mujer, fuerte como un atleta, sólo puede decirse que era la que lo dirigía en la vida, tratándole severa y maternalmente, como a un niño.

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