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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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Por otra parte, al cabo de cierto tiempo, aquellos extranjeros llegaron a sentir, de algún modo, la influencia del extraño medio oriental en el cual tenían que vivir. Sus hijos introducían entre los niños de la ciudad expresiones y nombres extranjeros y llevaban al puente juegos nuevos y nuevos juguetes; pero, en su contacto con los chiquillos del país, adoptaban nuestras canciones, nuestro modo de hablar y de jurar y nuestros antiguos juegos, tales como el salto a piola, etc. Lo mismo ocurría con los adultos. Ellos también ofrecían un orden diferente de cosas, expresiones y costumbres desconocidas; sin embargo, al mismo tiempo, se iba introduciendo en su lenguaje y en su manera de vivir algo que era propio de los indígenas. En verdad es que nuestras gentes, sobre todo los cristianos y los judíos, comenzaron a parecerse, cada día más, en sus vestidos y en su comportamiento, a los extranjeros que había traído la ocupación; pero también es verdad que los extranjeros no dejaban de sentir la influencia del medio en que vivían. Muchos de aquellos funcionarios, el enérgico magiar, el polaco altivo, cruzaban el puente con angustia y penetraban con disgusto en la ciudad en la que, al principio, formaban grupo aparte, como las gotas de aceite en el agua.

Pero, algunos años después, pasaban largas horas sentados en la kapia, fumaban con sus gruesas boquillas de ámbar y, como viejos habitantes de la ciudad, veían desvanecerse el humo, que se perdía bajo el cielo azul en el aire inmóvil del crepúsculo, o bien esperaban la llegada de la tarde en compañía de nuestros notables y de nuestros beys, situados todos en una verde meseta y teniendo ante ellos un manojo de albahaca; y, en el curso de una conversación lenta, sin gravedad ni sentido particular, bebían despacio y tomaban de vez en cuando un poco de albahaca, como sólo saben hacerlo las gentes de Vichegrado. Y entre aquellos extranjeros, hubo algunos funcionarios o artesanos que se casaron en nuestra ciudad, firmemente decididos a no abandonarla jamás.

Este sistema de vida no significaba la realización de lo que cada uno de los vichegradeses llevaba en la sangre ni de lo que deseaba con toda su alma desde siempre; al contrario, todos, musulmanes y cristianos, entraban en aquella existencia con reservas diversas y absolutas, pero aquellas reservas quedaban en secreto y permanecían ocultas, mientras que la vida era visible y potente, brindando sus nuevas posibilidades que parecían grandes. Y tras algunas dudas más o menos acentuadas, la mayoría de la gente se dejaba arrastrar por la corriente, realizando negocios y adquisiciones, viviendo según las nuevas ideas y los nuevos métodos que aportaban un mayor impulso y ofrecían más oportunidades a cada individuo.

Esta existencia no resultaba en absoluto menos condicionada ni menos estrecha que la antigua, cuando tenían el poder los turcos; pero ahora era más fácil y más humana, y la estrechez y las condiciones estaban establecidas desde lejos y con habilidad, hasta el punto de que el individuo no las sentía directamente. Por eso, cada uno creía que todo se había hecho más amplio y más aireado, más diverso y más rico.

El nuevo Estado, con su correcto aparato administrativo, conseguía sin dolor, sin brutalidad, sin sacudidas, que la gente pagase unos impuestos y unas contribuciones que los turcos lograban con métodos groseros y absurdos, o recurriendo sencillamente al pillaje; ahora se conseguía tanto dinero o quizá más que antaño, y las recaudaciones se hacían con mayor rapidez y seguridad.

De igual modo que tras el ejército había llegado la policía, y tras la policía, los funcionarios, tras los funcionarios se presentaron los negociantes. Se inició la tala del bosque y aparecieron empresarios extranjeros, ingenieros y obreros que ofrecieron a los humildes y a los comerciantes la oportunidad de hacer negocio; al mismo tiempo introdujeron nuevas costumbres y cambios en el vestido y el lenguaje del pueblo. Se construyó el primer hotel del cual hablaremos más adelante. Surgieron cantinas y tiendas. Al lado de los judíos españoles, los sefarditas, que vivían en la ciudad desde hacía siglos, ya que se habían establecido en ella poco tiempo antes de la construcción del puente, hicieron su aparición los judíos de Galitzia, los askenazi. El dinero, como savia nueva, empezó a circular por el país en cantidades hasta entonces desconocidas, y lo que es más importante, circulaba públicamente, con osadía y sin trabas. Al amparo de esta circulación de oro, de plata y de papel moneda, circulación que, por otra parte, no dejaba de provocar emociones, todos podían alcanzar algún beneficio, pues incluso en el hombre más pobre hacía nacer la ilusión de que su miseria era sólo temporal y, por consiguiente, llevadera.

También antaño hubo dinero y gentes ricas, pero eran sólo unos pocos hombres los que gozaban de una situación ventajosa y escondían su dinero, exhibiendo y ostentando su nobleza sólo como un medio de tener poder y de procurarse una defensa. Su situación les resultaba abrumadora a ellos mismos y a cuantos los rodeaban. Pero ahora, la riqueza, o lo que se consideraba como tal, era pública y se manifestaba bajo la forma de goces y de placeres personales; y por esto la mayor parte de la gente podía obtener algo de su resplandor o de sus sobrantes.

En los demás aspectos, todo seguía la misma norma. Los deleites que, hasta entonces, habían sido gozados a escondidas y furtivamente, podían ser adquiridos ahora y podían mostrarse abiertamente, lo que aumentaba la fuerza de su atractivo y el número de aquellos que corrían en su busca. Lo que en otro tiempo fue inaccesible, lejano, caro, prohibido por las leyes y por las consideraciones todopoderosas, se hizo, en muchos casos, viable y accesible para todos los que tenían dinero o eran unos tunantes. Muchas pasiones, apetitos y exigencias que hasta entonces se ocultaban en lugares perdidos o permanecían totalmente insatisfechos, podían ahora atreverse a buscar a plena luz una satisfacción completa o, al menos, parcial.

En realidad, había en ello más disciplina, más orden y más obstáculos legales; los vicios eran castigados y los placeres se conseguían con más dificultad y a más precio que antes; ahora bien, las leyes y los métodos eran distintos y dejaban a la gente, en este terreno como en los demás, la ilusión de que, inesperadamente, la vida se había hecho más amplia, más lujosa y más libre.

No había muchos más goces ni, sobre todo, mucha más felicidad que antaño, pero era indudablemente más fácil alcanzar el placer y parecía haber en todas partes un hueco para la felicidad de cada uno. La vieja inclinación innata de los vichegradeses hacia una vida despreocupada y hacia el deleite, encontraba ahora un estimulante y una posibilidad de realización dentro de las nuevas costumbres y de las nuevas fórmulas de comercio y de beneficio introducidas recientemente por los extranjeros. Los judíos polacos emigrados que tenían a su cargo familias numerosas, fundaban sobre este estado de cosas todas sus actividades. Schreiber tenía un bazar y una tienda de comestibles, Guntenplan había abierto una cantina para los soldados, Tsaler había instalado un hotel, los Sperling montaron una fábrica de sosa y un laboratorio de fotografía, Tsveher era relojero y joyero.

Tras la edificación del cuartel que había reemplazado a la hostería de piedra, se había levantado, aprovechando los materiales que sobraban, un edificio en el que se instaló la administración regional y el tribunal. La casa más grande de la ciudad, si no se tienen en cuenta las dos últimas, era el hotel de Tsaler.

Se alzaba en la orilla, al lado del puente. Esta orilla estaba fortificada por un antiguo muro que contenía el ribazo a ambos lados del puente y que había sido construido al mismo tiempo que él. Por tanto, a derecha e izquierda del puente, se extendían dos llanos, como dos terrazas que dominasen el río. En estos solares que el pueblo llamaba campos de carreras, jugaban de generación en generación los niños de la ciudad. Ahora, las autoridades del distrito habían ocupado el llano de la izquierda, cerrándolo con una empalizada, y habían plantado en él árboles frutales y algunos arbustos, haciendo del solar una especie de vivero del distrito.

En el llano de la derecha se edificó el hotel. Hasta entonces, la primera construcción que se encontraba a la entrada del barrio del comercio era la posada de Zarié. Estaba bien situada, pues el viajero fatigado y sediento que entraba en la ciudad por el puente iba a parar directamente a ella. Ahora había sido completamente eclipsada por el nuevo hotel. La antigua posada parecía cada día más baja y más humilde, como si fuese hundiéndose en el suelo.

Oficialmente, el nuevo hotel llevaba el nombre del puente, junto al que se había edificado. Pero el pueblo bautiza todos los objetos según su lógica particular y según el significado real que tiene para él. La inscripción Hotel zur Brücke 1 que figuraba en la fachada del edificio de Tsaler palideció rápidamente.

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1. Hotel del Puente. (En alemán en el original.) (N, del T.)

2. Habitacion. (En aleman en el original) (N del T.)

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