La Leyenda De La Séptima Virgen
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
¡Que no había motivo de alarma! La ansiedad me tenía fuera de mí. Estaba junto a él noche y día; no permitía que nadie más lo cuidara. Johnny me amonestaba diciendo:
—Les ocurre a todos los niños.
Yo le lancé una mirada desdeñosa. Aquel era mi hijo, que era distinto de todos los demás niños. No toleraba que él corriese el menor riesgo.
Mi suegra fue extraordinariamente amable conmigo.
—Te vas a enfermar, querida mía. El doctor Hilliard me aseguró que no es sino una enfermedad infantil común, y que el ataque del querido Carlyon es benigno. Descansa un poco, te garantizo que yo misma lo cuidaré mientras tanto.
Pero yo no quise alejarme de él. Temía que otros no le brindaran el mismo cuidado que yo. Sentada junto a su cuna imaginaba su muerte, el pequeño ataúd llevado a la bóveda de los Saint Larston.
Johnny vino a sentarse a mi lado.
—¿Sabes lo que te ocurre? —dijo—. Necesitas más hijos. Entonces no tendrás tantos sobresaltos por uno solo. ¿Qué te parecen cinco o seis hijitos e hijitas? Estabas predestinada a ser madre. Eso te ha hecho algo, Kerensa.
—No seas impertinente —le ordené.
Pero cuando Carlyon estuvo mejor y pude pensar más razonablemente, pensé en una familia grande y en los años venideros, cuando yo sería la augusta anciana dama del Abbas, no sólo con Sir Carlyon y sus hijos, sino con otros… mis hijos, mis nietos. Yo sería para ellos lo que para mí había sido la abuelita Be.
Era una expansión de mi sueño.
Johnny me había ofrecido un atisbo de un futuro que me parecía bueno.
Carlyon no sufrió ningún mal efecto y pronto volvió a ser el mismo de antes. Ya caminaba y hablaba. Mirarlo me brindaba la máxima alegría.
Johnny y yo nos habíamos deslizado en una nueva relación. Éramos como habíamos sido durante aquellos primeros días de nuestro matrimonio. Había entre nosotros una pasión tan vehemente como antes. De mi parte brotaba del ansia de colmar un sueño; de la suya, del deseo por una mujer que, él estaba convencido, era una bruja.
* * *
En el rosedal, Carlyon jugaba con un aro de madera, conduciéndolo con un palo mientras lo hacía rodar. Cuando entré en el jardín, Mellyora estaba sentada cerca de la pared de la Virgen, cosiendo.
Carlyon tenía ya casi dos años, y era grande para su edad; pocas veces perdía el buen talante y siempre estaba contento jugando solo, aunque dispuesto a compartir sus juegos con cualquiera que quisiese hacerlo. A menudo me causaba extrañeza que un hombre como Johnny y una mujer como yo hubiésemos podido producir un hijo así.
Tenía yo entonces veintiún años, y con frecuencia, al andar por el Abbas, sentía que había vivido allí toda mi vida.
Lady Saint Larston envejecía visiblemente; sufría de reumatismo, que la mantenía mucho tiempo en su habitación, y no había empleado otra dama de compañía en lugar de Mellyora porque ya no tenía mucha correspondencia, ni tampoco deseaba que se le leyera como antes. Quería descansar más, y ocasionalmente Mellyora y yo nos sentábamos junto a ella. A veces Mellyora le leía; cuando lo hacía yo, ella siempre me interrumpía y terminábamos conversando, principalmente sobre Carlyon.
Esto significaba que yo estaba convirtiéndome gradualmente en ama de la casa, una circunstancia que los criados advertían. Sólo de tanto en tanto veía yo pasar por sus rostros una expresión que me indicaba que estaban recordando la época en que yo había sido una de ellos.
Judith no se interponía para nada en mi camino. Algunas veces se pasaba días enteros en su habitación, sola con su criada… "esa Fanny que vino de Derrise", como la llamaban los sirvientes.
Abuelita no estaba tan bien como me habría gustado, pero no me preocupaba tanto por ella como en otra época. Mi plan era instalarla en una casita propia cerca del Abbas, con una criada que la cuidara. Era un tema que yo no había suscitado aún, pues sabía que por el momento no sería bien recibido.
Joe estaba comprometido con Essie Pollent, y el señor Pollent lo haría socio suyo el día de la boda. Me causaba enojo el júbilo de abuelita por esta situación. Decía: "Mis dos pequeños han salido adelante en la vida." Yo no entendía cómo el progreso de Joe podía compararse con el mío, y aún sentía una importuna irritación porque él no estudiaba para médico.
Mi deseo de más hijos no había sido satisfecho aún, pero abuelita me había asegurado que era bastante normal que hubiese una distancia de dos o tres años entre uno y otro, y mejor para mi salud además. Yo tenía toda mi vida por delante, de modo que estaba bastante satisfecha. Tenía un hijo perfecto; y con cada mes que pasaba me ponía cada vez más segura de que Judith jamás daría a luz un hijo. De este modo Carlyon heredaría el título y el Abbas, y yo sería algún día la augusta anciana dama del Abbas.
Tal era la situación esa mañana, cuando me reuní con Mellyora y Carlyon en el rosedal.
Me senté junto a Mellyora y durante unos segundos me dediqué a contemplar a mi hijo. Este, que había percibido de inmediato mi llegada al rosedal, se detuvo a saludarme con ademanes; luego siguió trotando en pos de su aro, lo recogió, lo lanzó a rodar y me miró, para ver si lo observaba. Este era otro de esos momentos que me habría gustado capturar y conservar para siempre; momentos de pura felicidad. Con el paso de los años, uno aprende que la felicidad —la felicidad pura y total— sólo viene por momentos, que se deben advertir y saborear en plenitud, ya que ni siquiera en la vida más feliz está presente siempre la alegría completa.
Vi entonces que Mellyora estaba inquieta, y de inmediato el momento pasó, pues la felicidad había quedado teñida de temor.
—¿Estás pensando algo? —pregunté.
Quedó pensativa; luego repuso:
—Se trata de Judith, Kerensa.
¡Judith! Por supuesto que se trataba de Judith. Judith era la nube que tapaba el sol. Judith se interponía en su senda como un coloso que le impedía cruzar el río hacia el amor y la dicha. Moví la cabeza afirmativamente.
—Sabes que está bebiendo demasiado…
—Sé que tiene afición a la botella, pero creo que Justin lo sabe y no le dejará beber en exceso.
—Bebe demasiado a pesar de… Justin.
Hasta su modo de pronunciar ese nombre era una revelación. La breve pausa; la reverencia silenciosa. "Oh, Mellyora", pensé, "te delatas de cien maneras distintas."
—¿Sí? —dije.
—Ayer pasaba yo frente a su cuarto; la puerta estaba abierta y la oí… me pareció que se quejaba. Entonces entré. Estaba tendida a través de la cama, en un estupor de ebriedad. Fue terrible, Kerensa. No me reconoció. Yacía allí, con una expresión aturdida en la mirada, quejándose y mascullando. No pude oír lo que decía. Tan preocupada quedé que fui en busca de Fanny. La encontré en su cuarto… el cuarto que antes ocupabas tú. Estaba acostada en la cama y no se levantó cuando yo entré. Le dije: "Creo que Lady Saint Larston la necesita. Parece estar enferma." Y ella se quedó mirándome con una horrenda expresión burlona. "¿De veras, señorita Martin?", me contestó. Yo proseguí: "La oí gemir y entré a ver. Por favor, vaya y ayúdela." Ella se rió. "Su señoría está muy bien, señorita Martin", dijo, y luego: "No sabía que era en su señoría en quien se interesaba usted." Fue horrible. Es lamentable que esa mujer haya venido aquí. Me puse tan furiosas, Kerensa…
Miré a Mellyora, recordando cómo había luchado por mí cuando me trajo a la parroquia desde Trelinket. Mellyora sabía luchar cuando surgía la necesidad de hacerlo. Cualquier menosprecio a la relación entre ella y Justin era un menosprecio a Justin. Así era como lo vería ella. Yo sabía que este amor entre ella y Justin no se había consumado, que nunca lo sería mientras Judith estuviese viva para interponerse entre ambos. Mellyora continuó: