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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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Llegó a la puerta, una enorme losa que giraba por algún oculto e inconcebiblemente antiguo mecanismo, y levantó la mano derecha para dar un golpe sobre un rombo de cristal engastado en la por demás lisa superficie de la piedra. Un ruido fuerte y chirriante sonó debajo de sus pies, y la puerta empezó a abrirse lentamente. Una corriente de aire fresco y limpio penetró en la cámara (oyó que Ilyaya lanzaba un profundo y agradecido suspiro) y salieron para encontrarse con una delegación de los Guardianes que estuvo de vigilancia durante las largas horas del Cónclave. Cada par de ojos pálidos e inexpresivos se fijó en Keridil, y los Guardianes leyeron claramente en su semblante el resultado del Cónclave, sin que hubiese necesidad de pronunciar una sola palabra. Su portavoz inclinó la cabeza y dijo con voz monótona y lejana:

—El triunvirato será conducido inmediatamente al Santuario. Los que estuvieron esperando se hallan ahora reunidos en el exterior y podrán ser testigos del ritual, si el triunvirato así lo desea.

Fenar carraspeó de nuevo y miró a Keridil con aquella extraña mezcla de respeto y resentimiento que siempre había parecido sentir por él.

—Prometí a mi consejero, Isyn, que podría acompañarme si eso estaba permitido...

En otras palabras, su confianza estaba vacilando y necesitaba el apoyo de su viejo preceptor. Difícilmente habría podido Keridil censurarle. Estuvo a punto de sonreirle a Fenar, pero lo pensó mejor; en el estado en que se hallaban sus nervios, el joven habría probablemente interpretado la sonrisa como señal de protección.

—Esto depende enteramente de vuestra voluntad, Alto Margrave —dijo.

—Sí... —La cara de Fenar se serenó—. Sí, desde luego.

—Yo necesitaré a dos de mis Hermanas a mi lado —declaró quejumbrosa Ilyaya Kimi—. Si tengo que soportar otro largo ritual, necesitaré su apoyo, en el sentido literal de la palabra. Nunca había pensado que tendría que someterme a tan duras pruebas a mis años.

De los tres, pensó Keridil, la Matriarca era la única que parecía capaz de aceptar con tranquilidad esta extraordinaria y terrible situación. Estaba haciendo historia, pero se comportaba como si estuviese cumpliendo meramente uno más de los tediosos deberes cotidianos de su cargo. Keridil la envidió; tanto si su sereno pragmatismo se debía a confianza en sí misma como si era fruto de la senilidad, era un sentimiento que le habría gustado compartir.

Guardándose sus pensamientos, asintió con la cabeza.

—Dos de mis Iniciados custodiarán a nuestra prisionera; pero aparte de ellos, solamente a mi consorte pediré que me acompañe.

Ilyaya se estaba ajustando el velo con breves e impacientes movimientos de las manos.

—¿Y qué dices de esa muchacha, Sumo Iniciado? ¿De nuestra prisionera? —Frunció los labios—. Parece que ninguna presa ha caído en nuestra trampa. Empiezo a preguntarme si el demonio del Caos no habrá decidido que la prudencia es la parte mejor del valor, y ha abandonado a la joven.

Estaban caminando a lo largo de un estrecho túnel sin el menor adorno, excavado en un lado del volcán. Eran precedidos y seguidos por Guardianes con antorchas y flotaba un débil olor a azufre en el aire viciado. Keridil pensó unos momentos antes de responder a la punzante pregunta de la Matriarca.

—No, señora. Vendrá, estoy seguro de ello.

Conocía lo bastante a Tarod para no haber vacilado en su convicción de que la trampa funcionaría. Antes de que empezase el Cónclave, pidió que le dejasen solo unos minutos y, escoltado a otra de las al parecer innumerables habitaciones y cámaras vacías que eran como celdas de colmena en la montaña (y cuya función no podía siquiera imaginar), borró de su mente todo pensamiento extraño y, después de una breve Oración y Exhortación, empleó la técnica de escrutar la mente que había aprendido hacía tiempo como nuevo Iniciado, en un intento de descubrir el paradero de Tarod. No encontró nada, pero el hecho de que fuese imposible descubrir a su enemigo era, pensó, un augurio favorable. Si Tarod trataba de llegar a la Isla Blanca y rescatar a Cyllan, el secreto sería su arma mejor; y aunque no podía localizarle por medios mágicos, Keridil sentía en lo más hondo de su ser que estaba cerca.

Ilyaya Kimi sorbió por la nariz.

—¿Y si no viene?

—Si no viene, su destino, todos nuestros destinos, dejarán de estar en nuestras manos.

El Alto Margrave se estremeció y se esforzó inútilmente en disimularlo.

—Sigo diciendo que esa muchacha habría tenido que ser ejecutada sin tantos subterfugios —dijo—. Podía hacerse en unos minutos y ahora tendríamos un motivo menos de preocupación. Pero no se me hizo caso.

Esta vez, la furiosa mirada que dirigió a Keridil tenía, además del antiguo resentimiento, una nueva y más personal expresión de antipatía, y Keridil tuvo que resistir la tentación de sugerir que, si el Alto Margrave insistía tanto en ello, tal vez querría empuñar un cuchillo o una espada y mostrar el valor de sus convicciones cortando él mismo el cuello a Cyllan. Ahora les resultaba fácil a sus compañeros lamentarse y criticar, pensó irritado; Ilyaya Kimi dudaba de su buen criterio en el asunto de la captura de Tarod, y Fenar, de su prudencia al permitir que Cyllan viviese para servir de cebo contra su adversario. Pero había tomado su decisión y no se dejaría influir por argumentos formulados desde la relativa comodidad de las posiciones de los otros. No eran las manos de ellos las que tenían que abrir el cofre y levantar la caja; no eran los hombros de ellos los que tenían que cargar con toda la responsabilidad de llamar a los Señores Blancos al mundo. Si se negaba a seguirles la corriente, esta autonomía era lo menos que podían otorgarle a cambio de llevar aquella carga.

Un rectángulo más claro apareció delante de ellos, indicando que se acercaban al final del túnel. Al salir al flanco gigantesco del volcán, Keridil vio que el sol se había puesto, dejando solamente un último y pálido resplandor en el cielo. El crepúsculo borró todo color de las caras desnudas de las rocas, y los Guardianes, con sus pieles y sus vestiduras blancas, parecían grandes mariposas fantásticas en la penumbra. El velo de Ilyaya brillaba con una misteriosa radiación interior propia; la diadema de Fenar tenía un brillo nacarado, y por un instante, percibió Keridil algo malsano en aquella escena, casi como de podredumbre. Expulsó rápidamente el pensamiento de su mente, consciente de que era poco menos que blasfemo.

Fueron conducidos a largo del estrecho sendero por el que habían venido desde la gran escalera a la cámara del Cónclave, y el resto del grupo les esperaba al final del parapeto. Sashka vio a Keridil y no pidió permiso a nadie para correr a abrazarle. No dijo nada (algo en la cara de él le decía que era mejor guardar silencio), pero le asió con firmeza la mano y ambos caminaron juntos hacia la escalera. Los otros saludaron a sus compañeros con entusiasmo; todos menos Cyllan, que permanecía detrás del grupo entre dos altos y delgados Guardianes. Sólo una vez captó Keridil su mirada, y palideció ante el odio frío y controlado que ardía en sus ojos ambarinos.

Sashka le estrechó los dedos.

— ¿Se ha terminado? —murmuró. El asintió con la cabeza.

—Se ha terminado.

No necesitó decirle cuál había sido la decisión, y oyó que ella respiraba hondo. Entonces dijo Sashka:

—¿Y ahora? ¿Me dejarán ir contigo?

Keridil estuvo mirando al frente, hacia el lugar donde la monstruosa escalera seguía subiendo por el flanco de la montaña. El cielo era casi negro, pero todavía podía distinguir el amenazador pico truncado del antiguo cráter en la cima del volcán. Subirían aquellos terribles escalones, seguirían subiendo, y cuando al fin llegasen a lo más alto, sólo el propio Santuario se levantaría ante ellos. Ahora miró a Sashka, buscando en su cara señales de miedo y no encontró ninguna. Con ella a su lado, no se sentiría tan espantosamente solo.

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