El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
—Te dejarán —dijo—. Es decir.., si tú lo quieres.
Ella casi le compadeció por ser tan ingenuo como para pensar que no aprovecharía la vertiginosa ocasión. Ella, Sashka Veyyil, sería testigo de la apertura del cofre, y cuando los historiadores escribiesen sus relatos de esa noche trascendental, su nombre aparecería inscrito junto al de Keridil, como consorte del Sumo Iniciado que había llamado a Aeoris al mundo.
Estrechó su mano con más fuerza entre las suyas y le dirigió una de aquellas dulces sonrisas con que se apoderaba siempre de su voluntad.
—Claro que quiero, amor mío —dijo suavemente—. ¡Nada me privaría ahora de estar a tu lado!
Cyllan subía, con un Iniciado delante de ella y otro detrás, privándola de toda posibilidad de huida, pero era incapaz de prestar atención a todo lo que no fuese la enorme e interminable escalera. Parecía que había estado subiendo durante horas, significando cada escalón una tensión que hacía protestar a sus músculos, y su mente estaba aturdida con el incesante y duro esfuerzo. Keridil iba en cabeza, flanqueado por dos de los zombies vestidos de blanco, una mini escolta, pues parecía que solamente unos pocos y cuidadosamente elegidos, fuese cual fuere su jerarquía, estaban autorizados a llegar a la cima de la montaña. Detrás de él iba el Alto Margrave y, después, la Matriarca, ahora transportada en un extraño sillón tallado por otros dos Guardianes. Las antorchas brillaban como pequeños ojos salvajes, una serpiente de luces reptando arriba y arriba en la noche, empequeñecida por aquel pico amenazador.
¿ Y qué pasaría cuando llegasen al Santuario? Había dejado de rezar para que Tarod no viniese a ella, pues el miedo que empezó a corroerla cuando salieron de la cámara se había apoderado ahora de ella con tal fuerza que no podía luchar contra él. Estaba demasiado sola, demasiado perdida y demasiado amenazada para no ansiar su presencia, pues nadie más podía ayudarla. Y si llegaba demasiado tarde (ni por un instante pensó que no vendría) ella estaría muerta, y su alma, infiel al Orden y al Caos, estaría condenada para siempre.
Tan absorta estaba en sus tristes pensamientos que no se dio cuenta de que la comitiva se había detenido hasta que chocó con el Guardián que la precedía. Cyllan pestañeó y miró hacia arriba.
El cono del volcán, que antes le pareció tan lejano que era como irreal, se alzaba ahora terriblemente próximo delante de ella. Podía ver el cráter como una boca enorme, de locura, bordeada de mellados dientes que dijérase que trataban de devorar el cielo; podía ver la fea cicatriz de una fisura donde milenios atrás la lava había surgido como un río de fuego del corazón de la tierra, y las rocas habían sido deformadas, rasgadas, retorcidas y fundidas por un calor y una presión inverosímiles. Era algo prehistórico, salvaje, una aberración, y su miedo empezó a transformarse en vértigo palpitante.
Parecía que estaban esperando alguna señal y, efectivamente, llegó al cabo de un largo rato. Un cuerno sonando en algún lugar próximo al corazón del propio cráter, amplificado por las gigantescas paredes de roca que resonaban como la llamada de algún ciudadano sobrenatural de un mundo fantasma. El sonido vibró y vibró, hasta que al fin se disipó sobre el mar y fue engullido por la noche, y al extinguirse el último eco, el grupo se puso de nuevo en movimiento, lentamente y con más resolución que antes. Adelante, arriba.., y terminó la gigantesca escalera.
La puerta estaba tallada en la cara rocosa del cráter; una puerta sencilla y cuadrada, con un macizo dintel sostenido por jambas perfectamente angulares. En el centro exacto del dintel había sido tallado un dibujo y rellenado de oro: un ojo abierto de cuyo iris emanaba un rayo. Era el signo supremo del Orden, el sello del propio Aeoris, y marcaba la entrada al corazón del cráter y al Santuario.
Los dos Guardianes que iban en cabeza con Keridil se apartaron a un lado y tomaron nuevas posiciones, uno a cada lado de la enorme puerta. Sus compañeros se reunieron con ellos y las figuras vestidas de blanco formaron una rígida guardia de honor en la entrada.
Keridil se dio cuenta de que aquellos hombres extraños no seguirían adelante. Desde ahora, él y sus compañeros estarían solos. Miró al frente y vio un túnel que era como un abismo, extendiéndose a lo lejos, iluminado por un débil y mate resplandor que parecía brotar de la roca misma. Entonces oyó movimiento a su lado: el Alto Margrave y la Matriarca, que se había apeado de la improvisada litera, avanzaron hasta su altura. Keridil tragó saliva, respiró hondo y miró al más próximo de los tiesos Guardianes; y con lo que podía ser (a menos que le engañase su imaginación) la sombra de una sonrisa, el hombre alzó la mano derecha e hizo la Señal de Aeoris.
Era la señal para emprender la última etapa de su viaje ritual, y Keridil sabía que no podía demorarse por más tiempo. Cruzó el portal abierto como unas fauces, oyó a Fenar e Ilyaya a un paso detrás de él y reprimió el súbito miedo que amenazaba con apoderarse de él. Había que hacerlo, se haría. Apretando el paso al dominar su resolución a su miedo, Keridil se adentró en la sima.
La grieta que hacía milenios se abrió en el lado del volcán por una erupción de lava, y que ahora formaba la única entrada al antiguo cráter, no era un pasadizo largo. Atravesaba directamente el cono, siguiendo un camino extrañamente recto, y al cabo de sólo unos minutos, vio Keridil un punto de luz al frente. No pudo identificar su origen, aunque el instinto y el conocimiento de las tradiciones populares le impulsaron a adivinarlo, y la aprensión le hizo un nudo en la garganta. Un breve trecho más y...
El abismo se abrió bruscamente y salieron a una ancha cornisa que dominaba una vista impresionante por su misma sencillez.
A su alrededor, se elevaban las paredes del cráter en grandes mi-rallas, llenas de hoyos y melladuras y creando una terrible sensación de vértigo. Tal vez a doscientos o trescientos pies, el fondo de piedra pómez y basalto se confundía en increíbles dibujos y era iluminado por la débil radiación nocturna que descendía del despejado cielo. En el centro de la taza había un solo y gigantesco bloque de piedra volcánica que alguna mano muerta hacía tiempo talló en un cubo perfecto, para formar un altar, y allí, el punto de luz que observó Keridil desde el túnel se manifestaba como un cáliz de oro en el que ardía una llama blanca, eterna y nunca vacilante. Sabía que esta lámpara votiva brillaba desde que Aeoris y sus hermanos habían dejado su impresionante regalo al mundo; era misión de los Guardianes mantenerla viva, y nunca dejaron de hacerlo. Y delante del cáliz, resplandeciendo de un modo cegador bajo su luz, había un sencillo cofre, no mayor que el puño de un hombre, hecho también de oro macizo. El cofre de Aeoris..
Fenar Alacar hizo la señal con atemorizada y torpe precipitación, mientras la Matriarca se llevaba un borde del velo a los labios y lo besaba, murmurando una oración. Keridil no podría expresar los sentimientos que le producía su primera visión del Santuario: temor, sí, y miedo y reverencia, pero también un sentido del destino que era imposible traducir en palabras, pero que le hacía olvidar todo lo que no fuese el breve ritual, y su culminación, que había que practicar.
Desde la cornisa, un sendero empinado pero practicable serpenteaba hasta el fondo del cráter, y el Sumo Iniciado se volvió a sus acompañantes.
—Los que quieran presenciar de cerca el ritual pueden venir conmigo al Santuario —dijo pausadamente—. Pero si alguno de vosotros prefiere quedarse aquí y observarlo desde lejos, está en perfecta libertad de hacerlo.