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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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—Se requiere la asistencia de todos. No hay excepción.

Miró a la pared mientras hablaba, y Cyllan sintió el impulso de darle una patada, solamente para ver si era posible provocar una reacción en uno de aquellos zombies sin sangre. Lo resistió, así como la tentación de hacer caso omiso de él y seguir sentada, negándose a colaborar. Si no iba con el grupo voluntariamente, sin duda la obligarían a hacerlo por la fuerza, y no valía la pena perder su dignidad por una vana satisfacción de resistir.

Se puso en pie con dificultad, estorbada por la ligadura de sus muñecas, y siguió al resto del grupo a través de la puerta y por el largo túnel oscuro.

Al salir de la boca de éste, fueron bañados por la pálida y engañosa luz que precede al crepúsculo. Todo el día había transcurrido mientras esperaban en la penumbra del subterráneo y el sol era una furiosa esfera carmesí contra el lóbrego telón de fondo del cielo.

El Guardián que les conducía miró directamente aquel rojo infierno durante unos instantes; después se volvió a las personas que estaban a su cargo y señaló la gigantesca escalera que seguía subiendo y subiendo. Cyllan contempló el tramo que se extendía delante y encima de ella, remontando la espalda encorvada de la Isla, y vio que parecía terminar en un risco afilado como una navaja, apenas discernible bajo la luz menguante. Más allá del risco, una pared de roca gris pardusca se erguía hacia el cielo, perdiéndose su cima en la cada vez más oscura niebla. Era el cráter de un antiguo y largo tiempo extinguido volcán... , y sabía que allí estaba el sacrosanto santuario y el cofre que había permanecido cerrado desde que los siete Señores del Orden libraron la última batalla contra el Caos.

El Cónclave había terminado y se había tomado la decisión. Se haría de noche mucho antes de que el grupo llegase a la dormida cima, pero entonces sabría lo que habían decidido y, también, el destino que le esperaba a ella... y a Tarod si caía en la trampa que habían montado para él.

Hasta ahora se había aferrado a un fiero orgullo y a la resolución de no desfallecer, y éstos le sostuvieron durante todo el largo viaje a la Isla y la prolongada espera en la cámara. Pero ahora, al contemplar la implacable y muerta falda del volcán, y sabiendo lo que había más allá, sintió que el miedo la roía en lo más hondo de su alma.

Los fanaani le abandonaron cuando las cumbres de la Isla aparecieron en la oscuridad y las olas chocaban con blanco resplandor contra las abruptas vertientes. Había sentido que sus resbaladizos cuerpos se deslizaban debajo de sus manos y oyó una estremecedora cascada de notas sobre el rugido del mar. Después nadó hacia las imponentes rocas por sus propios medios. Una fuerte corriente lo atrapó y lo llevó a tremenda velocidad hacia la amenazadora abertura en el acantilado, donde unas piedras titánicas rompían su simetría en un derrumbamiento acaecido milenios atrás. Vio la boca abierta de una cueva medio sumergida en la marea y, entonces, surgieron rocas aguzadas de la oscuridad y tuvo que ejercer toda su fuerza física para no ser lanzado contra ellas. Viendo momentáneamente agua clara delante de él, nadó hacia la fisura del acantilado; otra ola, al romper, le empujó hacia tierra, y retorciéndose en el último momento, sintió que sus manos rozaban una roca al apartarse del acantilado. La roca era áspera y lo bastante quebrada para que pudiese agarrarse a ella; resistió como pudo al absorberle la fuerte resaca y, antes de que pudiese romper la ola siguiente, logró salir del mar con gran esfuerzo.

Estaba sobre una abrupta e inclinada cornisa y, afirmando el pie, trepó más arriba hasta alcanzar un punto en que el oleaje ya no podía alcanzarle y tirar de él. Chorreaba agua salada de sus cabellos; la ropa se pegaba a su cuerpo y estaba contuso y dolorido por el impacto; durante algunos minutos se quedó agachado en la precaria cornisa, luchando por respirar.

Un sonido, débil pero claro, se mezcló con el trueno del mar; era el canto tembloroso de despedida de los fanaani que se alejaban de la Isla, en dirección a las extrañas profundidades o costas que eran para ellos un hogar. Tarod levantó una mano en saludo de gracias, aunque sabía que ya no podían verle, y entonces se extinguieron poco a poco sus voces agridulces.

Ambas lunas salieron; una de ellas como un fino y frío arco; la otra, más grande, como una esfera más oscura y plena. La rapidez con que las criaturas marinas le habían traído aquí fue asombrosa; faltaban todavía horas para que empezase a amanecer, y levantó la cabeza, contemplando las murallas de piedra que se elevaban detrás de él. El volcán inactivo del centro de la Isla era invisible, oculto por la noche y los cantiles, pero éstos podían ser escalados, y sabía que podría alcanzar su destino final antes de que el sol asomase en el este y delatase su presencia.

Sintió un hormigueo de poder en la mano izquierda al resplandecer con súbito brillo la piedra de su anillo. Sí... aquí podía confiar en emplear la fuerza del Caos, sabiendo que no podría alcanzarle ni desviarle de su meta. Dobló los dedos y sintió una energía nueva e inhumana en la sangre, que le salvaba del cansancio y del agotamiento. Sonrió y, poniéndose en pie, avanzó sin ruido por la cornisa hacia el lugar donde la fisura del acantilado se abría tentadora.

CAPÍTULO 12

El Alto Margrave Fenar Alacar se levantó del sillón de en medio de los tres tallados en piedra. La luz peculiar que iluminaba la cámara sin ventanas y que olía a moho proyectaba líneas de sombra sobre su cara joven, haciendo que pareciese más viejo de lo que correspondía a sus años; pero no podía disimular la incertidumbre de su mirada al carraspear y después, nerviosamente y con frecuentes vacilaciones, pronunciar las palabras rituales que ponían fin al Cónclave:

—Yo, Penar Alacar, elevado por la gracia de nuestro señor Aeoris a la dignidad de Alto Margrave, declaro que el triunvirato se ha pronunciado unánimemente y que todos hemos sellado esta resolución. El Cónclave ha decidido que sea abierto el cofre de Aeoris. Y encargo y ruego al Sumo Iniciado, Keridil Toln, que sea el instrumento a través del cual será realizada esta sagrada tarea.

Su mirada se posó vacilante en el rostro impasible de Keridil y se pasó nerviosamente la lengua por los labios, seguro de que había pronunciado correctamente las palabras, pero todavía inseguro de sí mismo en presencia de sus más viejos y más experimentados semejantes.

Keridil le devolvió un momento la mirada y después se levantó también de su sillón y avanzó hasta colocarse delante del joven Mar-grave. Lenta y rígidamente, hizo una profunda reverencia a Fenar.

—Soy consciente del honor que se me hace y de la grave responsabilidad que asumo. —Ahora se volvió de cara al tercer y último miembro del triunvirato, que se levantó también de su sillón, aunque con alguna dificultad, y se inclinó a su vez ante ella—. Pido la bendición de la señora Matriarca, madre y protectora de todos nosotros, para que me ayude en este momento trascendental.

Ilyaya Kimi, majestuosa en su velo de plata, levantó una mano artrítica para tocar la frente de Keridil, que se había arrodillado ante ella.

—Que la luz clara de Aeoris brille sobre ti, hijo y sacerdote mío. Que no te apartes de su camino de sabiduría.

Keridil se levantó y tanto él como la Matriarca se volvieron de nuevo de cara a Fenar. El Alto Margrave asintió con la cabeza.

—Hágase según lo acordado —dijo—. Que se abra la puerta y se dé a conocer la decisión de este Cónclave.

Formaban un extraño trío, pensó Keridil con una parte curiosamente aislada de su mente, mientras precedía a los otros sobre el débilmente brillante suelo de piedra: una mujer anciana, que apenas podía andar, un muchacho inexperto y un hombre que, aun presentando un rostro confiado al mundo, se sentía asaltado por dudas y temores que ni siquiera podía nombrar. Pero eran lo mejor que el mundo podía ofrecer a sus dioses. Les fue otorgado el poder temporal supremo y, fuesen cuales fueren sus aprensiones, debían esforzarse por ser dignos de él.

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