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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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Sashka apretó furiosamente los labios y sus mejillas enrojecieron; Tarod vio la rápida y afligida mirada que le dirigió Keridil y se dio cuenta de hasta qué punto había logrado Sashka cegar a su nuevo amante sobre su verdadera naturaleza. Pareció que el Sumo Iniciado iba a soltar un exabrupto, pero Tarod se le adelantó.

—Está bien. Mátame ahora, Keridil... o inténtalo. Pero hay una alternativa, si lo que he dicho no puede conmoverte.

Keridil le miró fijamente.

—No me conmueve. Y cualquier alternativa que puedas sugerir será en vano.

— ¿Aunque pidiese que se me permitiera exponer mi caso al propio Aeoris?

El ligero fruncimiento que apareció en el rostro del Sumo Iniciado reanimó la última esperanza que quedaba. La insensatez podía prevalecer entre sus semejantes, pero Keridil nunca se había dejado influir por el puro dogmatismo, y pudo ver que el ofrecimiento de su adversario no daba lugar a engaños. Pero antes de que pudiese hablar, la Matriarca silbó y dijo:

—El demonio tiene lengua de plata. Te aconsejo que no le hagas caso, Keridil. Debe morir. Con esto está dicho todo.

Sashka sonrió y Fenar Alacar asintió vigorosamente con la cabeza.

—Mátale.

Keridil miró a la joven de cabellos castaños que estaba a su lado y vio en sus ojos una luz maligna que contenía un claro mensaje.

—Merece más que la muerte —dijo ella—. Pero la muerte es un principio.

Y Keridil, aunque deseaba de todo corazón permanecer en la ignorancia, empezó a comprender...

Tarod les observaba a todos, paseando de uno a otro su mirada inquieta. Tenía que ejercer un gran dominio sobre sí mismo para guardar silencio pero sabía que, si hablaba ahora, podía echar a perder su última y arriesgada oportunidad. El odio que sentía Keridil por él era intenso, pero la razón luchaba por encontrar un punto de apoyo contra los prejuicios del Sumo Iniciado. Y Tarod apostaba por la renuencia del que fuese su amigo a ser forzado a tomar una decisión que sería irrevocable.

Animada por el silencio de Keridil, Sashka dijo súbitamente:

—Amor mío, si...

Pero no siguió adelante, porque, para desconcierto suyo, Keridil la miró rápidamente, con ojos recelosos y enojados.

—No —dijo, y levantó ambas manos para detener las protestas de sus compañeros—. No. Si Tarod quiere apelar al árbitro supremo, no denegaré su petición. —Les miró sucesivamente, con ojos fríos y desafiadores—. No tengo autoridad para denegarla. ¿Qué poder temporal puede negar a un hombre... —y se humedeció los labios con la lengua—, a cualquier hombre, sea cual fuere su naturaleza, el derecho a apelar directamente a los dioses que nos gobiernan a todos? — Dirigió a Tarod una mirada recelosa y afligida—. Irónicamente, parece que tú y yo estamos de acuerdo al menos en una cosa: que es mejor evitar los sufrimientos inútiles. Acepto tu petición.

—Keridil... —silbó Sashka.

Y la Matriarca enrojeció de rabia impotente.

—¡No sabes lo que dices, Keridil! Ese demonio te ha engañado antes de ahora y veo claramente que va a engañarte de nuevo. No puedes hacer eso. ¡Lo prohíbo!

El Sumo Iniciado se volvió hacia ella. Algo se convirtió en cenizas dentro de él, y su amargura, que todavía no empezaba a comprender, trajo consigo la cólera y un sentimiento de injusticia personal.

—No puedes prohibirlo, señora. —Su tono era frío, triste—. Es decir, a menos que quieras acercarte a la lámpara votiva y levantar con tus manos la tapa del cofre... ¿O querrás hacerlo tú, Alto Margrave...? No; ya me lo imaginaba. Esta responsabilidad es solamente mía, y si tengo que aceptarla, como la acepto, no admito interferencias. — Sonrió débilmente, pero sin humor—. Además, creer que cualquier engaño que intentase Tarod podría prevalecer sobre el poder de Aeoris sería una blasfemia.

Ilyaya se quedó boquiabierta y el Alto Margrave palideció. Sashka se acercó a Keridil y alargó una mano como para tocarle el brazo, pero se contuvo. Keridil se enfrentó a Tarod una vez más.

—Te doy esta única oportunidad, Tarod. No por ti, sino porque he visto lo que ocurre en la Tierra y quiero que termine. Espero... — Vaciló y sacudió la cabeza —. No importa. Adelante.

Había estado a punto de decir: Espero que Aeoris te haga pagar tres veces el mal que has hecho, pero las palabras parecieron de pronto vacías, carentes de significado, y Keridil ya no estuvo seguro de su validez. No era el momento de examinar sus motivaciones subconscientes; lo único que sabía era que un objetivo que le parecía brillante se había empañado y que, en el fondo, esto se debía a la duda. En los ojos de Sashka, al mirar a Tarod, había una mezcla de odio y de deseo que confirmaba las más recónditas sospechas del Sumo Iniciado; y la determinación de sus semejantes de vengarse a cualquier precio y sin pensar en las consecuencias... Aprendió mucho durante el largo viaje hacia el sur, cruzando pueblos desolados, ciudades aterrorizadas y cultivos arruinados, y la lección más dura era la falibilidad del criterio humano y del suyo propio. Si no era demasiado tarde para restablecer el equilibrio, la historia le atribuiría al menos este mérito.

Dijo:

—Os pido silencio a todos, si alguien no está todavía preparado, en su mente y en su corazón, para lo que se avecina, le exhorto a que se prepare ahora.

Nadie dijo nada. Los dos Iniciados habían soltado a Cyllan, pero ésta no se movió. Tarod permaneció inmóvil, con el anillo de plata y su piedra letal brillando sobre las palmas de sus manos juntas, y Keridil volvió la espalda a la asamblea y caminó, con la lenta deliberación del que duda de sus propias fuerzas, en dirección al altar votivo en el centro del gran cráter. La luz del cáliz que ardía eternamente se derramó sobre él y a su alrededor proyectando una sombra grotesca. Durante dos o tres minutos, permaneció Keridil con la cabeza inclinada. La llegada de Tarod interrumpió la Exhortación al Ser Supremo, último rito que, según la tradición, debía cumplir antes de tocar el cofre. Keridil había aprendido de memoria las palabras ceremoniales, las largas y complicadas frases... y de pronto pensó:

¡Al diablo con la tradición! Brevemente y en silencio, sus labios formaron las palabras de una oración muy íntima. Después extendió ambas manos y apoyó los dedos sobre el resplandeciente cofre.

Estaba frío y al mismo tiempo caliente; una sensación que su tacto no podía asimilar y que desafiaba toda descripción. Ninguna mano humana lo había tocado desde el día en que el propio Aeoris lo había puesto bajo la custodia del primer Sumo Iniciado.

Apretó los dedos sobre la superficie de oro y levantó la tapa.

CAPÍTULO 13

En lo alto, en el círculo de cielo visible, se apagaron las estrellas.

Las imponentes paredes del cráter del volcán perdieron su color y su aspecto, pasando del castaño de sangre largo tiempo seca al gris y a una total ausencia de matiz, como si algo las privase de sus pigmentos, de su solidez, de su propia existencia. Las figuras agrupadas alrededor del altar parecieron perder su realidad, convirtiéndose en fantásticas imágenes bidimensionales sin la menor apariencia de vida. Solamente Keridil, ahora envuelto en un halo brillante, era real; Keridil y la cegadora radiación que había empezado a brotar del cofre abierto, una luz que lo eclipsaba todo a su paso, cobrando fuerza, intensidad, y tomando lentamente forma.

Un sonido como de alas gigantescas al cerrarse, un ruido más allá del trueno, más allá de cuanto podía concebir la imaginación, retumbó en los oídos de los hipnotizados observadores, y después se oyeron unas pisadas lentas que resonaron terriblemente acompasadas, como si un monstruoso caballo sobrenatural trajese hacia ellos un jinete innominable, galopando entre dimensiones y amenazando con irrumpir en un mundo demasiado pequeño para él. Las dos Hermanas que habían acompañado a Ilyaya Kimi cayeron de rodillas sobre el polvo del cráter; una de ellas gritó, pero su voz no fue más que un débil gemido en aquel enorme estruendo.

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