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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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Por un momento cegador, Cyllan deseó con toda el alma poder tener de nuevo en su poder la piedra del Caos. Recordó la gloria deslumbradora de su fuerza, que la invadió y se apoderó de ella; el indes criptible afán de venganza y la sed de sangre que había sentido cuando Drachea Rannak cayó delante de ella por la furia del Caos... Sobreponiéndose, respiró hondo y confinó las imágenes en el oscuro rincón de la mente que les correspondía. Sashka Veyyil no era Drachea, no era ninguna amenaza; no era más que una chiquilla celosa y resentida, y hacer caso de sus pullas sería una tontería.

Pero a despecho de lo que le dictaba la prudencia, su autodominio se negó a doblegarse ante ello. Nada de lo que pudiese decir o hacer haría daño a Sashka; la muchacha triunfaba y se regocijaba con su victoria. Sin embargo, por mor de Tarod, si no por otra razón, Cyllan no podía soportar que su rencor quedase sin respuesta.

Levantó la mirada, brillándole los ojos, y dijo con voz ronca:

— ¿Has visto alguna vez el Caos, Sashka Veyyil?

Las palabras habían acudido a sus labios sin ella proponérselo y, al pronunciarlas, experimentó una sensación extraña, como una carga psíquica que crecía dentro de ella, alimentada por su ira. Era parecido al poder incontrolable e imprevisible que a veces podía tener como adivina, pero más fuerte; mucho más fuerte. E hizo que Sashka se sintiese súbitamente inquieta.

Cyllan sonrió fríamente.

—No..., ya me lo imagino. Pero lo verás. Un día. —Sintió que la carga psíquica se apoderaba más de ella, como si algún poder indecible hablase por medio de su voz, y la suave risa que brotó de su garganta nada tenía de agradable—. Te lo prometo, Sashka... Esta será mi maldición.

Sashka palideció, y tembló la mano que sostenía la copa. Por un momento, un puro miedo se pintó en sus ojos; después, la cólera lo reemplazó, y con violento ademán arrojó el resto del agua directamente a la cara de Cyllan, dio media vuelta y se alejó.

La impresión del agua destruyó la presa de aquel poder peculiar y trajo de nuevo a Cyllan a la realidad. Pestañeó, sacudió la cabeza para aclarar sus ojos (las muñecas atadas imposibilitaban que lo hiciese de otra manera) y miró hacia el fondo del subterráneo, donde se había retirado Sashka. En la penumbra, sólo pudo ver el color del traje de la otra joven y las caras de los otros, que la estaban mirando con curiosidad. Desvió su mirada, asumiendo de nuevo su actitud deprimida. El breve acceso de furioso psiquismo hacía que ahora se sintiese desolada, y su amenaza a Sashka le parecía vana y falsa. Ella no tenía poder para maldecir, y el odio no podía por sí solo convertir sus palabras en realidad. Había tenido la momentánea satisfacción de ver terror en los ojos de Sashka, pero esto no era un consuelo.

Se preguntó si Yandros sabía lo que fue de sus planes y de la promesa que ella le hizo. Aquí, en la Isla Blanca, sede de la fuerza de Aeoris, no podía tener la menor influencia; incluso Tarod, si lo quisiera, tendría su fuerza tan reducida en este lugar que sería incapaz de llamar al Señor del Caos. Y sin ninguna ayuda de más allá de este mundo terreno, ¿qué esperanza podía haber?

Oyó que alguien arrastraba los pies cerca de ella, levantó la cabeza, y se sorprendió al ver al anciano erudito inclinado sobre ella.

El anciano torció la boca en una sonrisa.

—Parece que has disgustado mucho a la consorte de nuestro Sumo Iniciado —dijo secamente—. Y veo que no te han dado de beber, al menos en el sentido propio de la palabra. —Le ofreció una copa llena hasta el borde—. Aquí hay más que suficiente para ir tirando.

Nada en su tono indicaba burla o sarcasmo, y Cyllan le correspondió con una sonrisa vacilante. Después levantó las manos atadas.

—Temo que no podré sacar provecho de tu bondad.

—Permíteme... —El anciano le acercó la copa a los labios, esperó a que ella bebiese y sonrió de nuevo.

—Te encuentras mejor, ¿eh?

Cyllan acabó de beber.

—Sí, gracias. —Vaciló—. Espero que te hayas recobrado de la escalada.

—Sí..., aunque tú y la Hermana Malia habéis sido las únicas que habéis tenido la amabilidad de preguntármelo. —La observó durante unos momentos antes de añadir—: No eres, exactamente, como me dieron a entender.

El inicial sentimiento de gratitud de Cyllan por el viejo menguó un poco al oir esto, y su tono adquirió un matiz glacial.

—¿Y qué te dieron a entender?

—Oh, los acostumbrados productos de la superstición —dijo, imperturbable, él—. Algo menos y sin embargo más que humano. Ciertamente, no una muchacha evidentemente inteligente y, perdona que lo diga, corriente, que podría ser hija o hermana de cualquiera.

Cyllan se mordió con fuerza el labio.

—Si vas a decirme que he llegado a esta situación sin culpa por mi parte y que no es demasiado tarde para salvarme, puedes ahorrarte las palabras. —Sus ojos ambarinos centellearon al mirarle con irritación—. Tomé mis decisiones hace tiempo.

—No lo he dudado un instante. —La torcida sonrisa del viejo se pintó de nuevo brevemente en su cara—. Simplemente, me interesa tu historia. Soy un erudito, ¿sabes?, me llamo Isyn y tengo un interés particular en las numerosas variedades de la naturaleza humana. Siempre estoy tratando de extender las fronteras de mi conocimiento y de mi comprensión.

Cyllan frunció los labios.

—Entonces encontrarás aquí muy poco para tus estudios, Isyn. No tengo nada que ofrecerte. —Volvía a sentir cólera, pero en una forma más tranquila—. A menos, desde luego, que Tarod viniese aquí a buscarme. Esto podría satisfacer tus deseos de nuevos conocimientos.

Isyn rió entre dientes.

— ¡Espero que no sea así! Pero dime una cosa y solamente te lo pregunto con ánimo de comprensión, ¿no tienes miedo?

—¿Miedo? —dijo lentamente Cyllan.

El señaló la puerta del subterráneo.

—De lo que te espera. falta de una palabra mejor, de tu destino.

Cyllan comprendió de pronto que para Isyn, tal vez para todos ellos, era una curiosidad, como los desgraciados mutantes que eran a veces exhibidos en las ferias del Primer Día del Trimestre; algo a lo que atormentar, o por lo que mostrar asombro, o que discutir en lenguaje erudito, según las inclinaciones del espectador; pero no una criatura que podía pensar y sentir por derecho propio. Con frecuencia se había unido en el pasado a los mirones de plaza de mercado; ahora sabía lo que debían sentir aquellos mutantes. Y de pronto comprendió, como nunca hasta entonces, el desprecio que sentía Tarod por todos ellos: el Círculo, los Margraviatos y las Hermandades. Debía conservar esta impresión; pasara lo que pasase, debía conservarla.

—No, no tengo miedo —dijo con dignidad.

La fría indiferencia de Cyllan disuadió al fin a Tsyri, y Sashka no hizo más esfuerzos para hostigarla; la dejaron sola con sus pensamientos, mientras los otros se mantenían ostensiblemente apartados. Y Cyllan no pudo calcular el tiempo que pasó antes de que el ruido de una llave girando en la cerradura atrajese la atención de todos los que estaban en la cámara.

Dos Guardianes aparecieron en el umbral; detrás de ellos, Cyllan pudo ver al menos otros dos en el túnel. Uno de ellos habló con la monotonía que ahora les era familiar.

—El Cónclave está tocando a su fin. Se requiere la asistencia de los que han acompañado al triunvirato.

Se intercambiaron miradas; poco a poco, los ocupantes de la cámara se pusieron en pie. Solamente Cyllan no respondió, y uno de los Guardianes avanzó y se plantó delante de ella.

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