El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Sus palabras fueron recibidas en silencio. Aunque tuvo la impresión de que uno o dos de los del grupo se sentían inquietos, nadie quería ser el primero en echarse atrás. Solamente Cyllan parecía imperturbable, custodiada por dos de los Iniciados de Keridil; su mirada, cuando él fijó de mala gana la suya en ella, era vacía e inexpresiva.
—Muy bien. Sólo pido que todos guardéis silencio hasta que el rito haya terminado.
Y después de inclinarse brevemente ante Fenar y ante Ilyaya, empezó a descender hacia el fondo del cráter.
Más allá de la pared del volcán, los Guardianes que escoltaron al triunvirato y a sus acompañantes permanecían aún en dos rígidas filas en el portal. Habían conducido hasta allí a las personas a su cargo, pero las leyes dictadas siglos atrás para este acontecimiento les prohibían ir más lejos. Su deber era ahora esperar, y lo cumplirían con el mismo estoicismo impasible con que iniciaban cada tarea. Si sentían curiosidad o aprensión por lo que podía ocurrir antes de que se hiciese de día, no lo delataban sus expresiones remotas.
Un ligero movimiento en la sombra, unos minutos después de que el último de la comitiva desapareciera en la oscuridad del túnel, hizo que los dos Guardianes más alejados de la puerta volviesen sorprendidos la cabeza. Ambas lunas se elevaban ahora, iluminando la titánica escalera que descendía por la falda de la montaña, y en el primer escalón percibieron una presencia alarmante. Sus compañeros sintieron la perturbación psíquica un instante más tarde, pero antes de que cualquiera de los Guardianes pudiese reaccionar o desafiar al intruso, el aire tembló delante de ellos como agitado por una mano invisible, y una figura, recortada por la luz de la luna sobre el telón de fondo de la escalera, se plantó ante ellos.
Los Guardianes se movieron al unísono para cerrarle el paso, conservando todavía su perfecta formación.
—Los que no tienen autorización no pueden poner pie en la Isla.
El tono del que habló era seco, pero había una pizca de turbación en su voz. El intruso rió por lo bajo y algo brilló súbitamente en su mano izquierda.
—Uno que no está autorizado lo ha hecho ya. Apártense los Guardianes.
Tocar sus mentes era un juego de niños, una burla del prestigio en que eran mantenidos. Siglos de aislamiento, sin disturbios en su fortaleza, hicieron que los Guardianes sobreestimasen su vulnerabilidad; las dotes ocultas que habían poseído antaño pero nunca necesitaron se atrofiaron al crecer su confianza, y para una mente como la de Tarod no representaban el menor obstáculo.
—Los Guardianes se apartarán a un lado.
Esta vez las palabras fueron una orden sibilina y las figuras vestidas de blanco retrocedieron al dar el intruso un paso adelante y después otro. Miró sucesivamente aquellos rostros pálidos y, poco a poco, como niños hipnotizados, volvieron los Guardianes a su anterior posición, formando de nuevo la doble guardia de honor sin saber por qué. El desconocido esperó hasta que la formación estuvo completa. Después pasó tranquilamente entre ellos y se adentró en el enorme peñasco en dirección al cráter.
Las palabras iniciales del ritual fueron, para Cyllan, como una sentencia de muerte. No quería escuchar, pero un terrible fatalismo hacía que se concentrase en la figura envuelta en dorados ropajes del Sumo Iniciado, que pronunciaba una solemne plegaria a los dioses, mientras, detrás de él, la Matriarca y el Alto Margrave se arrodillaban, reverentes, ante el Santuario del Cofre. Su última esperanza se había extinguido, y lamentó amargamente no haberse arrojado al vacío al llegar a lo alto de la escalera o, tal vez aún mejor, lanzarse al mar desde la cubierta de la Barca Blanca antes de que ésta llegase a su fatídico destino. Ahora era ya demasiado tarde. Debía vivir esta pesadilla y enfrentarse a su suerte lo mejor que pudiese. Tarod había fracasado en su intento de encontrarla; no podía ponerse en contacto con él; solamente podía rogar, y no a los Dioses Blancos, que de alguna manera sobreviviese él a la locura desatada en su contra.
A pesar del frío nocturno, predominaba en el cráter una atmósfera sofocante, que se hacía más intensamente claustrofóbica a cada momento. Era como la tensión creciente que precede a las tormentas; la impresión de que algo se acerca, acechando más allá del horizonte y aproximándose, concentrando febrilmente su poder antes de que el primer estampido de un trueno estalle para romper la calma asfixiante y antinatural. Keridil habló, suplicando a Aeoris que le perdonase lo que iba a hacer, acompañado por la salmodia de Fenar Alacar y de Ilyaya Kimi, que unieron sus voces a la suya; pero sus palabras carecían de resonancia, absorbidas, o así lo parecía, por el aire denso, antes de que pudiesen tomar forma.
Cyllan miró temerosamente a los otros testigos, que formaban un semicírculo irregular a respetuosa distancia del triunvirato que oficiaba en el altar. El anciano erudito, Isyn, que estiraba la cabeza para oír las frases rituales; dos Hermanas que, cubriéndose la cara con el velo, murmuraban oraciones en voz baja, y en el lugar más apartado de ella, la graciosa figura de Sashka, cuyos ojos ardían febrilmente, resplan deciente el semblante de satisfacción y orgullo. En ella, pensó Cyllan, estaba el colmo de la traición... , el corazón voluble y codicioso cuyo egoísmo había provocado todo esto.
De pronto, se hizo un profundo silencio; Keridil había terminado su oración. Fenar e Ilyaya levantaron la cabeza, y el Sumo Iniciado se adelantó, de manera que la luz que irradiaba el sagrado cáliz cayó sobre él, haciendo que su ropaje y su diadema de oro brillasen como el fuego, proyectando un vivo halo alrededor de sus rubios cabellos. Cyllan oyó que alguien (pensó que debía ser Sashka) jadeaba con ansia mal disimulada, y entonces levantó Keridil ambas manos para empezar la Exhortación al ser Supremo, las últimas palabras que pronunciaría antes de levantar la tapa del cofre de oro. El Sumo Iniciado echo la cabeza atrás para mirar al cielo.. , y se detuvo, interrumpido su movimiento como si una daga le hubiese atravesado el corazón. Todos oyeron su brusca e involuntaria aspiración, y entonces se volvió, mirando, más allá de los reunidos, hacia la grieta de la pared rocosa.
Cyllan comprendió que hubiese debido verlo antes de leer la confirmación en el semblante de Keridil. Allí, en la cornisa que dominaba el fondo del cráter, una figura solitaria les estaba contemplando. Descalzo, vistiendo solamente camisa y pantalón negros, secados por el viento los revueltos cabellos pegados en mechones por la sal, nada tenía de la magnificencia de su enemigo, pero irradiaba un poder tranquilo y letal que hacía que el esplendor ceremonial de Keridil pareciese una ridicula parodia.
Entre un silencio de pasmo, el Sumo Iniciado dio un paso adelante. Su mano derecha buscó instintivamente una espada que no llevaba, pero fue el único que se movió mientras Tarod cruzaba la cornisa y empezaba a bajar por el sendero.
Llegó al suelo del cráter y, por un largo momento, los dos adversarios se miraron desde lejos, mientras mil emociones se pintaban en el semblante de Keridil. Después, Tarod se acercó despacio.
Cyllan sintió que los dos Iniciados que estaban a su lado la agarraban súbita y dolorosamente de los brazos y que, al acercarse él, tiraban rudamente de ella hacia atrás para apartarla. Tarod se detuvo. Por un instante, sus ojos verdes brillaron iracundos; después volvió a mirar al Sumo Iniciado.
—Di a tus Adeptos que tengan las manos quietas, Keridil. No quiero hacer daño a nadie.
—¿Cómo has podido... ? —empezó a decir Keridil, pero se interrumpió.
Los cómo y porqué había podido Tarod engañar o eludir a los Guardianes para llegar al cráter sin ser descubierto eran irrelevantes; estaba aquí, y eso era lo único que importaba. Pero, aunque planeó este momento, la manera en que Tarod llegó había trastornado la maniobra de Keridil y le había pillado desprevenido. No sabía qué hacer...