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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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CAPÍTULO 11

Lo más fantástico de todo, pensó Cyllan, era el profundo silencio con que la Barca Blanca entró lentamente en el puerto. No hubo gritos ni voces de la extraña tripulación, ni chasquidos y estrépito al ser plegadas las enormes velas y tensadas las cuerdas; casi parecía que la nave tenía vida y voluntad propias, por la facilidad con que maniobró hacia su lugar de amarre y se detuvo al fin junto al muelle.

Un Guardián demacrado, indiferente, aflojó los nudos de las cuerdas que sujetaban los tobillos de Cyllan y, aunque sus muñecas siguieron atadas, pudo arrodillarse sobre la cubierta y observar cómo se acercaba la isla sagrada a las primeras luces frías de la aurora. La niebla la envolvió hasta que el barco estuvo casi llegando a su abrigo; entonces los débiles rayos del sol que llegaban oblicuos desde el este habían rasgado la niebla, y la Isla se había elevado ante ellos con impresionante claridad. Rocas amenazadoras que al parecer no ofrecían posibilidad de desembarcar en ellas surgían del mar, dominadas por un solo y titánico risco en el centro de la isla; era la enorme concha de un volcán largo tiempo dormido, una negra silueta contra el pálido cielo. Cyllan había sentido el aura que irradiaba del lugar y volvió la cabeza con un estremecimiento de terror.

La Barca siguió navegando, indiferente su tripulación a los traidores arrecifes que acechaban debajo de la superficie del océano y mostraban a veces unos dientes salvajes sobre el agua espumosa. Entonces, sin previo aviso, viró hacia tierra, en dirección a la cara del acantilado, haciendo que Cyllan cerrase los ojos y murmurase una imprecación en voz baja. Pero no se produjo ningún chirrido, ningún choque violento, y cuando se atrevió a mirar de nuevo, vio que la enorme roca delante de ella se había partido hacía innumerables siglos para crear un estrecho canal a través del cual pasaba el oleaje, y que la Barca iba a meterse en sus fauces. Se deslizaron entre gigantescos cantiles mojados por la espuma y que Cyllan creyó que casi podía tocar con alargar la mano; entonces, el oleaje se calmó gradualmente, hasta que la Barca navegó en aguas profundas y tranquilas, silenciosa como un fantasma blanco.

Y ante ellos estaba su punto de destino.

En lo alto se alzaban los cantiles y casi se tocaban, y el cielo era un fino y cruel puñal resplandeciente. Las sombras eran tan profundas que el muelle junto al que se había detenido la Barca quedaba medio oculto en la penumbra; pero Cyllan pudo ver que, en aquel puerto, todo había sido tallado a una escala que no guardaba relación con las dimensiones humanas. Las piedras del muelle eran bloques monstruosos que un ejército de obreros se habría visto en dificultades para mover una pulgada, y ahora unos hombres, pálidos como fantasmas, estaban saliendo de algún lugar invisible para amarrar la embarcación a un gigantesco noray que empequeñecía sus figuras. Detrás de ellos, un tramo de escalones había sido cortado en la cara de la roca, una escalera tan enorme que tenía que haber sido obra de gigantes; y Cyllan se estremeció al imaginar la naturaleza de los pies inhumanos que pisaron aquellos escalones un milenio atrás.

Hubo movimiento sobre la cubierta y, al volver la cabeza, vio que los otros pasajeros de la Barca salían de las habitaciones, fuesen cuales fueren, que ocupaban abajo. Al principio no reconoció a Keridil Toln; éste había cambiado su ropa por un atuendo más formal y se cubría los hombros con una gruesa capa de ceremonia cuyo tejido era invisible bajo el peso de sus bordados con hilo de oro. El cuello alto de la capa ocultaba su cara, pero ella pudo ver la diadema de oro que ceñía los rubios cabellos, así como el bastón de mando de Sumo Iniciado que llevaba en la mano. Caminó despacio hacia el lado de la Barca, escoltado por dos Guardianes, y Cyllan sintió que se le encogía la garganta; por mucho que le odiase, por muy enemigo que fuese, no podía dejar de sentirse impresionada por aquella figura majestuosa.

Detrás de Keridil venía Fenar Alacar, pálido el semblante y pareciendo demasiado joven en su atuendo de ceremonia, con la espléndida capa de piel blanca sobre carmesí y él gran rubí solitario, insignia del Alto Margrave, resplandeciendo sobre el hombro derecho. Y por último, con el paso cauteloso de la vejez y la enfermedad, la Matriarca Ilyaya Kimi. Como siempre, vestía el hábito blanco de la Hermandad, pero el cinturón que acostumbraba portar había sido sustituido por una faja de plata, y llevaba en la cabeza una diadema de filigrana de plata de la que pendía, casi hasta los pies, un velo de tisú de plata.

Cyllan permaneció rígida mientras la pequeña procesión pasaba a sólo tres pasos de ella. Por un breve instante, su mirada se cruzó con la de Keridil; vio tensión en su semblante y le pareció que la miraba con una mezcla de compasión y desdén. Pasó y ella se volvió para librarse del escrutinio de sus acompañantes.

La pared maciza del muelle estaba al mismo nivel que la cubierta de la Barca Blanca y, cuando desembarcaron los miembros del triunvirato, los Guardianes que esperaban formaron una apretada escolta a su alrededor cuando pisaron tierra firme. Cyllan siguió con la mirada las formas que se alejaban, hasta que solamente una confusa mancha blanca en la penumbra marcó el lugar donde se hallaban, y entonces su pulso se aceleró al sentir que una mano, fría y ligera como una tela de araña, le tocaba un hombro.

El tripulante de ojos pálidos no la miró ni le habló. Señaló simplemente hacia la pasarela con cuerdas a modo de barandillas que separaba el barco del muelle, y antes de darse cuenta de lo que hacía, Cyllan se encontró caminando insegura en aquella dirección. Oyó movimiento a su espalda, pero no se atrevió a volverse; después cruzó el estrecho puente sobre el agua negra y tranquila y, temerosa y pasma da, puso pie en la Isla Blanca.

Otra mano la tocó en el hombro (se estremeció por aquel contacto que encontraba repulsivo) y fue guiada hasta el pie de la monstruosa escalera que ascendía hasta perderse de vista. Keridil y sus compañeros no se veían en ninguna parte, y se preguntó si habrían sido llevados por este camino; era difícil creer que la anciana Matriarca tuviese la energía necesaria para una subida semejante. La escalera, temible y amenazadora, atrajo su mirada, y de nuevo sintió el toque escalofriante del aura de la Isla, y se estremeció.

Otras personas estaban ahora siendo escoltadas desde el barco: dos hombres a los que nunca había visto y que llevaban insignias de Adeptos; otro, más viejo, cuyo atuendo indicaba que era un erudito; dos Hermanas de Aeoris, y (Cyllan sintió que se cerraban sus mandíbulas) una joven alta y de noble aspecto, de cabellos castaños que le caían sobre los hombros. Sashka Veyyil, la antigua amante de Tarod que le había traicionado, entregándolo al Círculo y que disfrutaba ahora de su triunfo como nueva consorte del Sumo Iniciado. Se habían visto una vez, en el Castillo, y aquel encuentro era una espina clavada en la memoria de Cyllan.

Sashka vio que la muchacha rubia la estaba mirando, y una ligera sonrisa despectiva se pintó en su hermoso semblante. Entonces, un Guardián vestido de blanco se interpuso entre ellas y señaló en silencio la gigantesca escalera.

Cyllan se había preparado para una agotadora subida hacia sabían los dioses qué destino en la cima de la terrible escalera; pero no fue así. En vez de esto, cuando el pequeño grupo hubo subido menos de cien escalones, su escolta les guió hacia la negra boca de un túnel abierto en la roca oscura. Durante un rato, caminaron en la oscuridad, roto solamente el silencio por la respiración estertorosa del viejo erudito que trataba de recobrar su aliento; después el túnel se abrió en una alta pero estrecha cámara, iluminada desde arriba no se veía cómo y amueblada solamente con una mesa de madera y varios bancos. Entraron en la cámara, sin saber de cierto lo que se quería de ellos, y uno de los impertérritos Guardianes que habían conducido a la comitiva hasta allí se volvió hacia ellos y habló.

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