La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
A Petra aún seguía sorprendiéndole que el paciente al que habían llamado el hermano siamés hubiera conseguido simular durante tanto tiempo. Jamás había sospechado de aquel hombre, que se había pasado los días vagando por la sala como un monito cogido de la mano de su hermano siamés. Desde entonces, aquel desenmascaramiento y el episodio de las pastillas le habían hecho modificar la visión que tenía de la situación.
La sección era para pacientes con afecciones mentales y la gran mayoría estaban gravemente enfermos y, probablemente, nunca se recuperarían. Las angustiosas sesiones de electrochoque parecían administrarse al azar y eran, al menos, cuestionables. Los pocos pacientes a los que se les había dado el alta desde su llegada al hospital se enfrentaban a un futuro incierto, debilitados y de reacciones retardadas, inmaduros desde un punto de vista terapéutico. Demasiado vulnerables para recibir el alta. El médico mayor era de su misma opinión, Petra lo sabía, pero había que respetar que otros estuvieran más necesitados de aquellas camas.
Y pronto le darían el alta a más de uno en su sección.
Algunos de los pacientes no reaccionaban cuando se dirigían a ellos, estaban lingüísticamente bloqueados, como por ejemplo, Werner Fricke, que se había encerrado en sí mismo y no era capaz de abarcar nada, fuera de las fechas que iba anotando en unas hojas de papel. Ni siquiera el ilustre Amo von der Leyen parecía entender lo que le decían, mientras que Gerhart Peuckert lo captaba todo, estaba segura, aunque todavía no había logrado comunicarse con él.
Muchos de los síntomas que presentaba Gerhart Peuckert no podían explicarse por el shock que había sufrido durante un bombardeo que seguía arrasando en su mente. Un buen número de sus reacciones recordaba a las dolencias con las que había sido confrontada anteriormente en la sección de cuidados médicos. Comparado con los demás, parecía absurdamente debilitado y falto de fuerzas y presentaba ciertas reacciones irracionales que recordaban a un shock alérgico. Los médicos rechazaban esa posibilidad, lo que la llevaba a angustiarse aún más y la hacía sentirse impotente.
Era el hombre más guapo que había visto jamás. No podía creer que fuera el demonio que describía su expediente; o habían exagerado, o sus documentos habían sido cambiados erróneamente por los de otro. Hasta allí alcanzaban sus conocimientos sobre el ser humano.
Sin embargo, no llegaba a comprender lo que había llevado a Gerhart Peuckert a infligirse lesiones tan graves. Las marcas de los múltiples golpes y la enorme pérdida de sangre que había sufrido despertaron sus sospechas. Los designios del autocastigo eran, no obstante, irrefutables. El miedo estaba profundamente arraigado y proporcionaba alimento al alma cuando uno menos lo esperaba. Petra lo había visto muchas veces antes. Podía resultar incomprensible que alguien se mordiera la lengua hasta casi partírsela como había hecho Arno von der Leyen. Y, sin embargo, ocurría. Entonces, ¿porqué no Gerhart Peuckert? Al menos era un consuelo que hubiera mejorado últimamente, aunque seguía estando muy débil.
Cuando, con sus primeros intentos de formular palabras, había reaccionado al cariño que ella le había dispensado, Petra había decidido intentar eliminar el miedo que agarrotaba a Gerhart Peuckert, con el solo fin de que no corriera la misma suerte que tantos otros habían tenido que soportar.
Si de ella dependía, Gerhart Peuckert seguiría en el lazareto hasta que hubiera terminado la guerra. Munich, Karlsruhe, Mannheim y docenas de ciudades alemanas estaban siendo bombardeadas intensamente. Nancy estaba ocupada. Incluso Friburgo había sido atacada. Los norteamericanos avanzaban, los aliados se habían reunido en territorio alemán. Y cuando todo hubiera terminado, deseaba que Gerhart Peuckert siguiera con vida.
Tanto por ella como por él.
«Nuevas directrices de Berlín. El cuartel general de la asistencia sanitaria de la Wehrmacht ha llegado finalmente a una conclusión con respecto a la conferencia celebrada en el mes de agosto. -Las mangas de la bata de Manfried Thieringer se doblaron y dejaron al descubierto sus delgadas muñecas-. Se exigirá la máxima atención ante posibles casos de simulación. El lazareto de Ensen ya ha tomado medidas al dar de alta a todos los casos discutibles, destinándolos inmediatamente al frente.» El médico paseó la mirada por la pequeña estancia. Él había decidido personalmente desalojar la antigua sala de conferencias y convertirla en una sala hospitalaria cuando la presión sobre las secciones se hizo insostenible. La construcción de nuevos barracones no bastaba para satisfacer las necesidades. Las luchas en el frente oriental y, recientemente, la batalla de Aquisgrán les había dado demasiado trabajo. Hasta entonces no les habían brindado la oportunidad de volver a la situación normal.
Las directrices de Berlín les proporcionarían más espacio.
Los ojos del doctor Holst se empequeñecieron detrás de los gruesos cristales de sus gafas.
– El lazareto de Ensen apenas trata a pacientes que no padezcan neurosis provocadas por la guerra. ¿Oué tiene eso que ver con nosotros?
– Tiene que ver, doctor Holst, que si no hacemos lo que han hecho ellos, nuestros resultados parecerán demasiado pobres. Y entonces nos exigirán que les demos la última inyección a los restantes, o que les aumentemos la dosis de sus queridos clorales, trionales y veronales, doctor Holst. Y luego, siempre podemos ofrecernos para servir en el frente, ¿no le parece? -El doctor Thieringer miró fijamente a su adjunto-. ¿Es consciente de lo privilegiados que somos, doctor Holst? De no haber sido porque la esposa de Goebbels apeló a su marido para que exigiera que los lazaretos, en general, dispensaran un trato más favorable a sus pacientes, nuestra labor primordial ahora mismo consistiría en liquidar a dementes. Más ajusticiamientos piadosos, ¿no es así? Causa de la muerte: gripe. ¿Se lo imagina? Al menos ahora sólo son los pocos chillones que acaban en el sótano los que nos dan problemas.
El doctor Thieringer sacudió la cabeza y prosiguió:
– No, señor mío, haremos lo que esperan de nosotros. Empezaremos a dar de alta a algunos de nuestros pacientes. En caso contrario, se habrán terminado los experimentos en la Casa del Alfabeto, doctor Holst. Se acabaron sus problemáticos experimentos con preparados de cloro y todo ese tipo de remedios. Se acabó el evaluar los efectos de los diferentes tipos de tratamiento de choque. Adiós a la vida relativamente placentera que vivimos aquí. -El doctor Holst bajó la mirada-. Nada, ¡que estuvimos de suerte cuando la esposa de Goebbels logró que su marido diera protección a nuestros soldados de élite! Nos concedió material para nuestro trabajo, ¿no es así? ¡Para que pudiéramos contribuir a mantener la confianza que el pueblo alemán ha depositado en la infalibilidad del bravo cuerpo de las SS!
Manfried Thieringer miró a Petra y a las demás enfermeras de la sección. Hasta entonces no se había dignado siquiera dispensarles una mirada. Sin embargo, aquella mirada los instaba a que desoyeran los últimos comentarios que había hecho. Agarró un montón de expedientes.
– Lo que significa que vamos a tener que reducir las dosis en la sección IX. A partir de hoy mismo, cesarán todas las terapias de insulina. A Wilfried Kröner y a Dieter Schmidt se los apartará de la quimiopsicoterapia antes del mes de diciembre. Creo que a Werner Fricke pronto tendremos que darlo por perdido. Mucho me temo que no podemos esperar demasiada sensatez por su parte. Es de una familia acaudalada, ¿verdad? -Nadie contestó. El médico mayor siguió hojeando los expedientes-. A Gerhart Peuckert lo mantendremos en observación durante un poco más de tiempo, pero parece que se está recuperando.