La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Bryan se alegró por el curso que estaban tomando las cosas. La confianza en que pronto podría incluir a James en los planes de fuga empezaba a crecer.
Durante la noche siguiente, los simuladores discutieron entre sí de forma controlada y vigilante. Incluso el hombre de los ojos inyectados en sangre había dado a conocer su parecer, comentando desapasionadamente la charla de los demás mientras mantenía la mirada clavada en el techo. Bryan lo interpretó como si estuviera mofándose de los demás, atribuyendo a su demencia y a su brutalidad el que los demás lo dejaran tranquilo. Cada vez que Bryan lo había mirado, le había parecido que James irradiaba desagrado.
Bryan no le dio mayor importancia.
Una de las enfermeras nuevas encendió la luz e hizo una reverencia ante los ocupantes de la habitación, que se apresuraron a dar fin al cuchicheo. Luego abrió la puerta giratoria y la sostuvo para dejar pasar a un oficial hasta entonces desconocido que, a su vez, iba acompañado por un Thieringer que sonreía ampliamente. El joven oficial dijo unas palabras dirigidas a la habitación y luego le dio la mano, tanto a la enfermera como al médico. Dio un taconazo y profirió un respetuoso «heil» y volvió a abandonar la estancia.
Los simuladores parecían afectados por el incidente y siguieron cuchicheando en la oscuridad hasta que el sonido silbante de sus voces, sorprendentemente cercanas, acabó por adormecer a Bryan.
El joven oficial había llegado al hospital al mismo tiempo que él. Así pues, se había recuperado lo suficiente para que lo devolvieran al teatro de la guerra, más vivo que muerto, más sano que enfermo. Un buen ejemplo para todos.
Los pensamientos se fueron fundiendo unos con otros, de la misma manera en que las voces fueron desapareciendo. Todos los cabos que lo mantenían con vida habían sido cortados. La cuerda sobre la cama de Bryan que estaba conectada a la campanilla había desaparecido. James no tenía. El joven oficial volvió a proferir un último «heil» en los límites del sueño.
Y entonces Bryan se durmió.
Todos los sonidos metálicos transportan su propio mensaje. Cuando es una ala de un bombardero B-17 que se desgarra suena distinto de cuando lo hace el fuselaje. Un martillo pesado que golpea un clavo pequeño suena distinto de un martillo pequeño golpeando un clavo grande. El sonido se propaga totalmente en sus elementos metálicos, dando cuenta de su viaje a través del aire. Sin embargo, aquel sonido era difícil de descifrar, metálico y sonoro, pero nuevo. Los párpados de Bryan eran tan pesados que tuvo que conformarse con dejar la pregunta sin contestar un rato más. Un resplandor blanquecino le dijo que volvía a ser de día y que había sobrevivido a la noche. La estancia parecía otra.
A medida que aquel sonido perturbador y agudo adquiría carácter, fue apareciendo la imagen de un aparato del futuro, bombeante y crepitante. Como uno de aquellos inventos de H. G. Wells, o como una diabólica máquina cósmica de aquellas que, con la curiosidad innata de la infancia, había podido contemplar en el carro de un circo o en las plazas de mercado a cambio de un mísero penique.
Bryan abrió los ojos. La estancia le era desconocida.
Pegada a la suya había otra cama. Eran las dos únicas camas en toda la habitación. En el borde de la otra cama colgaba un matraz transparente unido a un tubo. Unas pequeñas gotas de color amarillento se deslizaban constantemente por su interior. La botella estaba un cuarto de llena. Debajo de la manta respiraba una persona entrecortadamente. No conocía aquel rostro que estaba medio cubierto por una mascarilla.
Al otro lado de la cama vecina se hallaba la botella de oxígeno que estaba conectada a la mascarilla. Sobre un estante pintado de verde que había encima de la cama, una especie de ventilador despedía unos soplos rítmicos de aire tibio y húmedo. El aspa estaba torcida; era precisamente la que emitía aquel sonido metálico desconocido.
La estancia parecía estar apartada de la realidad del resto del hospital, sin hedores, escenas de locura y sin la habitual falta clínica de decoración.
Bryan echó un vistazo a su alrededor. Estaban solos en la habitación. Había una alfombra en el suelo. Las paredes estaban revestidas de cuadros; grabados con motivos religiosos, fotografías enmarcadas de gran contraste retratando a afectados mozos y mozas del Tercer Reich en posturas fantasiosas y engreídas.
El traslado nocturno era un misterio para Bryan. Probablemente le habían adjudicado la cama que había quedado libre tras la marcha del joven oficial. ¿Pero por qué a él? ¿Acaso habían sospechado algo y lo habían separado de sus torturadores? ¿O es que pretendían tenerlo en observación?
La habitación se encontraba enfrente de la que había abandonado. El personal médico le era de sobras conocido.
El rostro de la hermana Petra no desveló nada que pudiera inquietarlo. Estaba alegre y servicial como de costumbre y no dejaba de sonreír y de acariciarle la mejilla mientras parloteaba en un tono cordial y reverente que parecía dar a entender que el proceso de recuperación iba viento en popa. Bryan tomó una decisión. La enfermera sería testigo de sus progresos. Eso le concedería mayor movilidad.
Sin embargo, esa mejoría no debería ser demasiado precipitada.
Durante una de sus visitas al baño se abrió ante sus ojos un nuevo mundo. El pasillo, que también conectaba con la habitación que ocupaba James, tenía tres metros de ancho. La distancia entre las puertas no era muy grande y parecía indicar que las habitaciones sólo podían albergar un número reducido de camas. A su lado del pasillo, la habitación que ocupaban era la que se encontraba más cerca del frontis del ala. Al otro lado había una habitación más pequeña y, luego, otra habitación de dos camas. Más abajo, se hallaban el consultorio, los lavabos y las duchas. Y hasta ahí se extendía su nuevo mundo. Nunca había llegado hasta el final del pasillo. Al otro lado había otra habitación del tamaño de la de James.
Por lo visto, en su antigua habitación estaba teniendo lugar un reparto de papeles. Kröner había vuelto a ocupar el puesto de ayudante solícito, algo que a nadie parecía molestarle. Gracias a ello podía moverse libremente entre las habitaciones, como si lo hubieran contratado para ello.
Bryan habría preferido que hubiera sido otro.
CAPÍTULO 24
Petra Wagner era pariente lejana del gaukiter Wagner de Badén, un hecho que nunca se había visto obligada a desvelar, gracias al apellido tan común que tenía.
Desde que había sido destinada al lugar, había aprendido a apreciar sus alrededores y la Selva Negra. En la clínica había encontrado su puesto, a pesar de que el tono áspero y autoritario le seguía pareciendo extraño. Las pocas amigas que su duro trabajo le permitía tener se encontraban todas en e) hospital y los momentos plácidos en el bloque del personal, que solían transcurrir entre labores y charlas entre amigas, le resultaban tan hogareños que apenas se daba cuenta de la guerra que los tenía sitiados.
Al contrario de Petra, casi todas sus amigas sufrían por algún novio que estaba en la guerra, por algún ser querido muerto, desaparecido o herido. Convivían con el odio y con el consiguiente miedo. Pero aunque Petra no soportaba el dolor sobre sus espaldas, su vida no estaba vacía; simplemente, era distinta.
En el hospital tenían lugar muchos abusos que no eran del agrado de Petra: experimentos con medicamentos nuevos, decisiones precipitadas, extraños diagnósticos y evidentes tratos preferenciales… Un hospital militar sólo sabía de un orden y ése era el que estipulaban la jerarquía y el código militares. Y por mucho que le pesara, al igual que los esporádicos ajusticiamientos piadosos, las ejecuciones de desertores y simuladores estaban a la orden del día y formaban parte indisoluble de aquel orden. Una realidad con la que, hasta entonces, había evitado enfrentarse, incluso a pesar de que, en un momento dado, se había visto obligada a cuidar a uno de aquellos desgraciados que habían sufrido sus consecuencias.