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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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No dejó de trabajar a fondo durante los largos meses de invierno anteriores a la entrevista, pero así y todo tenía motivos para sentirse aprensivo cuando finalmente emprendió el viaje a Nueva York. Fletcher se apeó del tren en la estación Grand Central y de inmediato se sintió desconcertado al escuchar las voces de personas que hablaban en un centenar de idiomas, así como por la rapidez con la que caminaban todos. Era algo que no había visto en ninguna otra ciudad. Durante todo el trayecto en taxi hasta la calle Cincuenta y cuatro no hizo otra cosa que mirar a través de la ventanilla abierta y disfrutar de un olor que era atributo exclusivo de la ciudad.

El taxi se detuvo delante de un rascacielos de cristal de setenta y dos plantas, y Fletcher comprendió en aquel mismo instante que no quería trabajar en ninguna otra parte. Se entretuvo en la planta baja durante unos minutos, poco dispuesto a estar encerrado en una sala de espera con los otros aspirantes. Por fin se metió en el ascensor que lo llevó hasta el piso treinta y seis, donde la recepcionista trazó una cruz junto a su nombre en una lista. Luego le entregó una hoja de papel con el horario de las entrevistas que le ocuparían el resto del día.

La primera fue con el socio principal, Bill Alexander, y a Fletcher le pareció que había ido bien, aunque Alexander no había demostrado el mismo interés del que había hecho gala en la fiesta de Karl Abrahams. Sin embargo, le preguntó por Annie y le manifestó su sincero deseo de que se recuperara del todo de la pérdida de Harry Robert. También había quedado claro durante la entrevista que Fletcher no era el único entrevistado: en la lista que el señor Alexander tenía en la mesa había seis nombres.

Fletcher pasó otra hora con tres socios especialistas en su campo: derecho penal. Al finalizar la última entrevista, le invitaron a comer en el comedor de la firma. Fue su primer contacto con los otros cinco aspirantes y la conversación le dejó claro a lo que se enfrentaba. No pudo menos de preguntarse cuántos días había reservado la firma para entrevistar a los aspirantes.

Sin embargo, no sabía que el bufete Alexander Dupont y Bell había realizado un riguroso proceso de selección meses antes de invitar a cualquiera de los aspirantes a una entrevista y que él había acabado entre los seis finalistas, gracias a las recomendaciones y sus notas. Tampoco se dio cuenta de que solo uno, o quizá dos, recibirían una propuesta en firme. Como ocurre con los buenos vinos, había años en que no seleccionaban a nadie, sencillamente porque no había sido una buena cosecha.

Por la tarde continuó con las entrevistas; llegó un momento en que creyó haber fracasado en todo y que tendría que empezar el largo periplo de asistir a las entrevistas que le habían ofrecido en respuesta a sus cartas.

– Antes de final de mes me comunicarán si he pasado a la siguiente ronda -le dijo a Annie, que le esperaba en la estación-, pero no por eso dejaremos de enviar cartas, aunque ya no quiero trabajar en ninguna otra parte que no sea en Nueva York.

Annie continuó con el interrogatorio durante el trayecto a su hogar, porque quería enterarse de todos los detalles. Se emocionó al saber que Bill Alexander la recordaba y agradeció que hubiese tenido el detalle de averiguar el nombre de su difunto hijo.

– Quizá tendrías que habérselo dicho -comentó Annie mientras aparcaba el coche.

– ¿Decirle qué? -replicó Fletcher.

– Que vuelvo a estar embarazada.

A Nat le encantó el bullicio y la frenética actividad de Seúl, una ciudad dispuesta a dejar atrás todos los recuerdos de la guerra. Los rascacielos se levantaban en todas las esquinas, mientras lo viejo y lo nuevo intentaban vivir en armonía. Se sintió impresionado por el potencial de una fuerza de trabajo inteligente y bien preparada que sobrevivía con unos salarios que eran una cuarta parte de lo que sería aceptable en su país. Su Ling tomó buena nota del papel todavía sumiso de las mujeres dentro de la sociedad coreana y agradeció para sus adentros que su madre hubiese tenido el coraje y la previsión de emigrar a Estados Unidos.

La pareja alquiló un coche para tener la libertad de ir de pueblo en pueblo a su aire. En cuanto se alejaron unos kilómetros de la capital, lo primero que les llamó la atención fue el rápido cambio en el estilo de vida. Después de recorrer doscientos kilómetros, habían viajado cien años en el pasado. Los modernos rascacielos habían sido reemplazados por sencillas casas de madera y los habitantes se movían con una calma que nada tenía que ver con el bullicio y la frenética actividad de Seúl.

La madre de Su Ling le había hablado muy poco de su infancia en Corea, pero así y todo la muchacha sabía cuál era el pueblo donde había nacido y el nombre de su familia. También sabía que dos de sus tíos habían muerto durante la guerra y por tanto cuando llegaron a Kaping, que según la guía tenía una población de 7.303 habitantes, Su Ling no se hacía muchas ilusiones de encontrar a alguien que recordara a su madre.

Su Ling Cartwright comenzó la búsqueda en el ayuntamiento, donde llevaban un registro de los ciudadanos. Tampoco era una ayuda que de los 7.303 habitantes, más de mil se apellidaran Peng, el apellido de soltera de su madre. Sin embargo, la empleada de la recepción, que también se llamaba Peng, informó a Su Ling de que su tía abuela, que tenía más de noventa años, proclamaba conocer todas las ramas familiares y que si ella quería conocerla no tendría ningún inconveniente en concertar una cita. Su Ling le agradeció el ofrecimiento y quedó en volver más tarde.

Volvió por la tarde y le dijeron que Ku Sei Peng estaría encantada de tomar el té con ella al día siguiente. La recepcionista se disculpó antes de explicarle cortésmente que el marido norteamericano de Su Ling no estaba incluido en la invitación.

A la noche siguiente, Su Ling regresó al hotelito donde estaban alojados con una hoja de papel y una sonrisa feliz.

– Hemos viajado hasta aquí solo para que nos digan que debemos volver a Seúl -comentó.

– ¿Cómo es eso? -le preguntó Nat.

– Pues muy sencillo. Ku Sei Peng recuerda que mi madre se marchó del pueblo para ir a buscar trabajo en la capital y no regresó aquí nunca más. Pero su hermana menor, Kai Pai Peng, todavía vive en Seúl y Ku Sei me ha facilitado las señas.

– Así que de vuelta a la capital -dijo Nat.

El joven llamó a recepción para comunicar que se marchaban de inmediato. Llegaron a Seúl poco antes de la medianoche.

– Creo que lo más prudente es que vaya a verla sola -opinó Su Ling a la mañana siguiente mientras desayunaban-. Quizá no quiera decir gran cosa si se entera de que me he casado con un norteamericano.

– Por mí no hay ningún inconveniente -replicó Nat-. Confiaba en poder ir al mercado que hay al otro lado de la ciudad; estoy buscando una cosa en particular.

– ¿De qué se trata? -preguntó Su Ling.

– Espera y lo sabrás.

Nat cogió un taxi para ir al barrio de Kiray y dedicó el día a recorrer uno de los mercados más grandes del mundo; había centenares de tenderetes que ofrecían toda clase de productos: relojes Rolex, perlas cultivadas, bolsos Gucci, perfumes de Chanel, pulseras de Cartier y joyas de Tiffany. No hizo el menor caso de los vendedores que intentaban atraer su atención para ofrecerle sus artículos con la promesa de que sus precios eran los más baratos, porque no tenía manera de saber si el producto que le ofrecían era una imitación o no.

Regresó al hotel cuando anochecía, agotado de tanto caminar y cargado con seis bolsas llenas de regalos para su esposa. Subió en el ascensor hasta el tercer piso y cuando entró en la habitación, rogó para que Su Ling ya hubiese regresado de visitar a su tía abuela. En el momento de cerrar la puerta, le pareció escuchar un llanto. Se quedó inmóvil. El inconfundible sonido provenía del dormitorio.

Nat dejó caer las bolsas al suelo, cruzó la habitación en un par de zancadas y abrió la puerta del dormitorio. Su Ling estaba hecha un ovillo en la cama y lloraba desconsoladamente. El joven se quitó la chaqueta y los zapatos, se acostó junto a Su Ling y la abrazó.

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