Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Eso no explica la súbita aparición de las dos urnas -declaró Tom.
– No necesitas ser un genio para resolver el misterio -intervino Chris-, porque una vez acabada la votación, todo lo que tuvieron que hacer fue retener dos urnas y llenarlas con sus votos.
– No tenemos manera de probarlo -opinó Nat.
– Las estadísticas lo prueban -señaló Su Ling-. Nunca mienten, aunque reconozco que no tenemos ninguna prueba de primera mano.
– ¿Qué podemos hacer para desenmascarar el fraude? -preguntó Joe, mientras miraba a Elliot, que mantenía la misma expresión satisfecha.
– No hay mucho que podamos hacer aparte de comunicar nuestras sospechas a Chester Davies. Después de todo, es el funcionario a cargo de la junta electoral.
– De acuerdo, Joe. Ve y díselo; después esperaremos a ver qué decide.
Joe se marchó para hablar con el decano. Vieron cómo la expresión del señor Davies se hacía cada vez más seria. En cuanto Joe acabó su exposición, el decano llamó inmediatamente al jefe de campaña de Elliot, quien no hizo más que encogerse de hombros y señalar que todos los votos eran válidos.
Nat observó con desconfianza mientras el señor Davies interrogaba a los dos jóvenes; vio cómo Joe asentía, antes de que cada jefe de campaña se dirigiera a informar a sus respectivos equipos.
– El decano convocará ahora mismo una reunión urgente de la junta electoral en su despacho; nos comunicará la decisión dentro de una media hora.
– El señor Davies es un hombre bueno y justo -dijo Su Ling, que cogió a Nat de la mano-. Puedes estar seguro de que llegará a la conclusión correcta.
– Puede que llegue a la conclusión correcta -replicó Nat-, pero al final no podrá hacer otra cosa que aplicar las normas electorales con independencia de sus opiniones personales.
– Estoy de acuerdo -afirmó una voz detrás de ellos. Nat se volvió rápidamente y se encontró con Elliot, que le sonreía-. No necesitarán mirar en el reglamento para dictaminar que la persona con más votos es el ganador -añadió Elliot, con un tono de desdén.
– A menos que revisen la norma que dice: una persona, un voto -dijo Nat.
– ¿Me estás acusando de tramposo? -le espetó Elliot, en un tono de voz que llamó de inmediato la atención de sus partidarios, los cuales se apresuraron a rodearlo.
– Digámoslo de otra manera. Si ganas estas elecciones, puedes ir a Chicago y pedir el empleo de cajero en Cook County, porque el alcalde Daly no tiene nada que enseñarte.
Elliot ya había dado un paso adelante y levantado el puño cuando el decano entró en la sala, con una hoja de papel en la mano. Subió al estrado.
– Te acabas de librar de una buena zurra -susurró Elliot.
– Pues lo mismo digo -replicó Nat.
Los dos jóvenes se volvieron hacia el estrado.
Se apagaron todas las conversaciones mientras el señor Davies ajustaba la altura del micrófono y miraba a todos aquellos que se habían dado cita para escuchar el resultado. El decano leyó con voz pausada el texto de la nota.
– Se me ha comunicado un incidente en las elecciones para representante del claustro de estudiantes. Al parecer, se encontraron dos urnas después de acabado el recuento. Cuando se procedió a la apertura de las mismas y se contaron los votos, resultó que se invirtió el resultado de la votación. Por tanto, como miembros de la junta electoral, nos correspondió consultar el reglamento de las elecciones. Por mucho que buscamos, no encontramos ninguna referencia a la aparición de urnas no contabilizadas, ni las acciones que hay que emprender en el caso de que se advirtiera un número de votos absolutamente anormal en una urna determinada.
– Porque en el pasado nunca se le ocurrió a nadie cometer un fraude -gritó Joe desde el fondo de la sala.
– Tampoco se ha hecho ahora -le respondieron de inmediato-. Lo que pasa es que no sabéis perder.
– ¿Cuántas urnas más teníais preparadas por si…?
– No necesitamos más.
– Silencio -ordenó el decano-. Estos comentarios no favorecen a ninguna de las partes. -Esperó a que se hiciera silencio antes de proseguir con la lectura de la nota-. Así y todo, conscientes de nuestra responsabilidad como miembros de la junta electoral, hemos llegado a la conclusión de dar por válido el resultado.
Los partidarios de Elliot estallaron en una estruendosa ovación.
Elliot miró a Nat.
– Creo que acabas de saber quién ha recibido una paliza.
– Esto aún no se ha acabado -le advirtió Nat, sin desviar la mirada del señor Davies.
Pasaron unos minutos antes de que el decano pudiera continuar, porque la mayoría había supuesto que había acabado su intervención.
– Como se han cometido varias irregularidades en el proceso electoral, una de las cuales en nuestra opinión sigue sin aclararse, he decidido que de acuerdo con el artículo siete b del reglamento del claustro de estudiantes, el candidato derrotado tiene la oportunidad de apelar. Si lo hace, el comité podrá optar entre tres decisiones. -Abrió el libro del reglamento y leyó-: a) confirmar el resultado original; b) no dar por válido el resultado original, y c) convocar nuevas elecciones que se celebrarán durante la primera semana del próximo semestre. Por tanto, damos al señor Cartwright un plazo de veinticuatro horas para presentar su apelación.
– No necesitamos veinticuatro horas -gritó Joe-. Apelamos.
– Es preciso que el candidato presente la apelación por escrito -aclaró el decano.
Tom miró a Nat, que solo tenía ojos para Su Ling.
– ¿Recuerdas lo que acordamos en el caso de que no ganara?
Libro tercero
Crónicas
23
Nat se volvió para mirar a Su Ling, que caminaba lentamente hacia él, y recordó el día que se conocieron. Él la persiguió colina abajo y cuando ella se dio la vuelta, Nat se quedó sin respiración.
– ¿Tienes idea de lo afortunado que eres? -le susurró Tom.
– ¿Podrías hacer el favor de concentrarte en tu trabajo? A ver, ¿dónde está el anillo?
– ¿El anillo? ¿Qué anillo? -Nat miró a su padrino-. Diablos, sabía que tenía que traer algo conmigo -susurró Tom con verdadera desesperación-. ¿Podríais entretenerlos un poco mientras voy a casa a buscarlo?
– ¿Quieres que te estrangule aquí mismo? -replicó Nat, con una amplia sonrisa.
– Sí, por favor -respondió Tom, con la mirada puesta en Su Ling, que seguía su marcha-. Que la visión de ella sea mi último recuerdo de este mundo.
Nat volvió su atención a la novia y ella le dedicó la sonrisa que él recordaba claramente del día en que la muchacha entró en el restaurante para su primera cita. Su Ling se colocó a su lado, con la cabeza ligeramente inclinada, y ambos esperaron a que el sacerdote comenzara la ceremonia. Nat pensó en la decisión que habían tomado al día siguiente de las elecciones, comprendió que nunca la lamentaría. ¿Qué razón tenía para postergar la carrera de Su Ling solo por tener otra opción para conseguir ser el representante del claustro de estudiantes? La idea de repetir las elecciones durante la primera semana del siguiente semestre, de tener que pedirle a Su Ling que esperara otro año si él fracasaba, le había señalado claramente el camino que debía seguir. El sacerdote miró a los reunidos.
– Queridos hermanos…
Cuando Su Ling le había explicado al profesor Mullden que se iba a casar y que su futuro marido estudiaba en la Universidad de Connecticut, las autoridades universitarias no vacilaron en ofrecerle a Nat la oportunidad de seguir adelante con sus estudios en Harvard. Ya estaban al corriente de la hoja de servicios de Nat en Vietnam y de sus éxitos en el equipo de corredores, pero fueron sus notas las que inclinaron la balanza. No acababan de entender por qué no se había matriculado en Yale, ya que según la oficina de admisiones no había presentado la solicitud.