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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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Su Ling continuó atenta a los destinos de cada puerta de embarque.

– ¿Singapur, Manila, Hong Kong?

– No, no y no -repitió Nat mientras pasaban por las puertas once, doce y trece.

Su Ling permaneció callada. Bangkok, Zurich, París y Londres pasaron al olvido antes de que Nat se detuviera en la puerta veintiuno.

– ¿Viaja con nosotros a Roma y Venecia, señor? -le preguntó la encargada del mostrador de Pan Am.

– Sí. Somos el señor y la señora Cartwright -confirmó Nat a la empleada al tiempo que le entregaba las tarjetas de embarque. Acto seguido, miró a su esposa.

– ¿Sabes una cosa, señor Cartwright? -comentó Su Ling-. Eres un hombre muy especial.

Durante los siguientes cuatro fines de semana, Annie perdió la cuenta del número de casas en venta que habían visitado. Algunas eran demasiado grandes, otras demasiado pequeñas, las había en vecindarios que no les gustaban, y cuando estaba en el vecindario adecuado, sencillamente no podían pagar el precio que les pedían, ni siquiera con la ayuda de Alexander Dupont y Bell. Entonces, un domingo por la tarde, encontraron exactamente lo que buscaban en Ridgewood; a los diez minutos de entrar en la casa ya se habían hecho un gesto de mutuo asentimiento a escondidas del empleado de la agencia inmobiliaria. Annie telefoneó inmediatamente a su madre.

– Es una auténtica maravilla -le comentó, entusiasmada-. Está en un barrio tranquilo con más iglesias que bares y más escuelas que cines; hasta tiene un río que cruza el centro de la ciudad.

– ¿Cuánto piden por ella? -quiso saber Martha.

– Un poco más de lo que estamos dispuestos a pagar, pero el vendedor espera la llamada de mi agente Martha Gates; si tú no eres capaz de conseguir que baje el precio, mamá, no creo que nadie más pueda hacerlo.

– ¿Has seguido mis instrucciones? -le preguntó Martha.

– Al pie de la letra. Le dije al agente que ambos éramos maestros, porque tú dijiste que siempre les suben los precios a los abogados, banqueros y médicos. No pareció hacerle mucha gracia.

Fletcher y Annie dedicaron el resto de la tarde a pasear por la ciudad, mientras rezaban para que Martha pudiera conseguirles una rebaja en el precio, porque incluso la estación les quedaba muy cerca de la casa.

Después de cuatro largas semanas de negociaciones, Fletcher, Annie y Lucy Davenport pasaron su primera noche en su nueva casa en Ridgewood, New Jersey, el 1 de octubre de 1974. No habían acabado de cerrar la puerta cuando Fletcher preguntó:

– ¿Crees que podrías dejar a Lucy con tu madre durante un par de semanas?

– No me importa en absoluto tenerla mientras acabamos de poner la casa en condiciones -respondió Annie.

– No era eso precisamente lo que tenía pensado. Creo que ha llegado el momento de disfrutar de unas vacaciones, una segunda luna de miel.

– Pero…

– Nada de peros. Haremos algo que siempre has querido hacer: iremos a Escocia y buscaremos los rastros de nuestros antepasados: los Davenport y los Gates.

– ¿Para cuándo tienes pensada la partida? -le preguntó Annie.

– Nuestro avión sale mañana por la mañana a las once.

– Señor Davenport, no eres de esos que les dan mucho margen a las chicas, ¿no es así?

– ¿Se puede saber qué estás tramando? -le preguntó Su Ling, inclinada sobre su marido, que estaba concentrado en la lectura de las páginas de información financiera del Asian Business News.

– Estudio las fluctuaciones en el mercado de divisas durante el año pasado -contestó Nat.

– ¿Es ahí donde Japón encaja en la fórmula? -quiso saber Su Ling.

– Por supuesto. El yen es la única moneda importante que en los últimos diez años ha incrementado consistentemente su valor frente al dólar y varios economistas afirman que la tendencia continuará en el futuro. Sostienen que el yen sigue por debajo de su valor real. Si los expertos están en lo cierto, y tú no te equivocas en tus previsiones sobre la importancia cada vez mayor de Japón en el campo de las nuevas tecnologías, entonces creo haber dado con una buena inversión en un mundo inseguro.

– ¿Este será el tema de tu tesis de final de carrera?

– No, aunque no es mala idea -respondió Nat-. Ahora lo que me interesa es hacer una pequeña inversión y si resulta que estoy en lo cierto, me embolsaré unos dólares todos los meses.

– Es un poco arriesgado, ¿no crees?

– Si esperas conseguir beneficios, siempre hay que contar con una parte de riesgo. El secreto está en eliminar todos los elementos que puedan contribuir a que el riesgo sea mayor. -Su Ling no pareció muy convencida-. Te diré lo que pienso. En la actualidad cobro cuatrocientos dólares todos los meses como capitán del ejército. Si yo los invierto y compro yenes a la cotización de hoy, podré venderlos dentro de doce meses, y si la cotización dólar-yen continúa con la misma tendencia alcista de los últimos siete años, obtendré una ganancia que oscilará entre los cuatrocientos y los quinientos dólares.

– ¿Qué pasa si se invierte la tendencia? -preguntó Su Ling.

– Es algo que no ha ocurrido en los últimos siete años.

– Pero ¿y si ocurre?

– Habré perdido un mes de sueldo, o sea, cuatrocientos dólares.

– Prefiero tener un cheque garantizado todos los meses.

– No se puede crear capital con los ingresos que se cobran -la contradijo Nat-. La mayoría de las personas viven muy por encima de sus posibilidades y el ahorro único que hacen es en forma de seguros de vida o en bonos, dos cosas que pueden acabar desvalorizadas por la inflación. Pregúntaselo a mi padre.

– ¿Para qué necesitas todo ese dinero? -preguntó la muchacha.

– Para mis amantes -contestó Nat.

– ¿Se puede saber dónde están todas esas amantes?

– La mayoría de ellas están en Italia, pero otras me esperan en las grandes capitales del mundo.

– En ese caso, ¿por qué vamos a Venecia?

– También vamos a Florencia, Milán y Roma. Cuando las dejé, muchas estaban desnudas; una de las cosas que más me gusta de ellas es que no envejecen, si bien se agrietan un poco si están demasiado tiempo al sol.

– Son muy afortunadas -opinó Su Ling-. ¿Tienes alguna que sea tu favorita?

– No, la verdad es que soy bastante promiscuo, aunque si me viera forzado a nombrar una, confieso que hay una dama en Florencia que vive en un pequeño palacio a la que adoro, y que no veo la hora de reencontrarme con ella.

– Por una de esas casualidades, ¿no será una virgen? -inquirió Su Ling.

– Eres muy lista.

– ¿Se llama María?

– Me has pillado, aunque hay muchas otras Marías en Italia.

– La adoración de los Reyes Magos, Tintoretto.

– No.

– ¿Bellini, Madre e hijo?

– No, todavía viven en el Vaticano.

Su Ling guardó silencio durante unos momentos, cuando la azafata les avisó que se abrocharan los cinturones.

– ¿Caravaggio?

– ¡Muy bien! La dejé en el palacio Pitti, en la pared derecha de la galería del tercer piso. Prometió que me sería fiel hasta mi regreso.

– Pues allí se quedará, porque una amante de su calibre te costaría mucho más de cuatrocientos dólares mensuales; además, si todavía mantienes la ilusión de meterte en política, no te podrás permitir ni el lujo de pagar el marco.

– No me meteré en política hasta que no pueda permitirme comprar toda la galería -le aseguró Nat.

Annie comenzó a entender por qué los británicos se mostraban tan despectivos con los turistas norteamericanos que pretendían visitar Londres, Oxford, Blenheim y Stratford en tres días. No le ayudó a mostrarse más comprensiva con sus compatriotas cuando vio a las manadas de turistas que bajaban de los autocares en Stratford, ocupaban sus asientos en el Royal Shakespeare Theatre y luego se marchaban en el entreacto, para ser reemplazados por otra oleada de turistas de la misma nacionalidad. Annie no lo hubiese creído posible de no haber sido que al volver a su asiento después del entreacto se dio cuenta de que las dos filas que tenía delante estaban ocupadas por personas distintas, aunque eso sí, el acento era el mismo. Se preguntó si los que asistían al segundo acto informarían a los espectadores del primero qué les había sucedido a Rosencrantz y Guildenstern, o si el autocar ya se los había llevado de regreso a Londres.

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