Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Mi mujer está a punto de dar a luz -gritó-. ¿Cuál es el camino más corto hasta Yale-New Haven?
– Sígame -le ordenó el taxista y arrancó.
Fletcher hizo lo imposible para no separarse del taxi que se movía como una anguila entre los demás coches; el conductor hacía sonar el claxon sin cesar mientras seguía una ruta absolutamente nueva para él. Annie se sujetaba la barriga; los gemidos aumentaban de intensidad por momentos.
– No te preocupes, amor mío, ya casi hemos llegado -le dijo a Annie, mientras se saltaba otro semáforo en rojo para no perder de vista al taxi.
Cuando los dos coches llegaron finalmente al hospital, Fletcher se sorprendió al ver a un médico y una enfermera junto a una camilla en la puerta; era evidente que les estaban esperando. El taxista levantó el puño con el pulgar en alto en dirección a la enfermera y Fletcher se dijo que seguramente había llamado a su supervisor para que comunicara la emergencia al hospital; confió en llevar bastante dinero para pagarle la carrera y añadir una generosa propina.
Fletcher saltó del coche para ayudar a Annie, pero el taxista ya se le había adelantado. Entre los dos la sacaron del vehículo y la colocaron con mucho cuidado en la camilla. La enfermera comenzó a desabrocharle el vestido incluso antes de que la camilla entrara en el hospital. Fletcher sacó el billetero y se volvió hacia el taxista.
– Muchas gracias, ha sido usted muy amable. ¿Cuánto le debo?
– Ni un centavo; invita la casa -contestó el taxista.
– Pero… -comenzó Fletcher.
– Si le digo a mi esposa que le he cobrado, me matará. Buena suerte. -El taxista dio media vuelta sin decir nada más y caminó hacia su coche.
– Gracias -repitió Fletcher antes de correr hacia la entrada.
Tardó un minuto en alcanzar a su esposa y le cogió la mano.
– Todo irá a la perfección, cariño -le aseguró.
El enfermero le hizo a Annie una serie de preguntas que fueron contestadas desde la primera hasta la última con un lacónico sí. En cuanto acabó con el cuestionario, llamó al quirófano para avisar al doctor Redpath y a su equipo de que tardarían un minuto en llegar. El lento y enorme ascensor se detuvo en la quinta planta. Llevaron a Annie a tanta velocidad por el pasillo que Fletcher casi corría a su lado para no soltarle la mano. Vio a dos enfermeras que mantenían abiertas las puertas de la sala para que la camilla no tuviera que detenerse.
Annie se aferró a la mano de su marido mientras la colocaban en la mesa. Otras tres personas entraron en el quirófano, con las mascarillas puestas. La primera comprobó el instrumental, la segunda se ocupó de la máscara de oxígeno y la tercera intentó que Annie le respondiera a más preguntas, aunque ya gritaba sin cesar. Fletcher no le soltó la mano, hasta que apareció un hombre mayor. Se calzó los guantes de goma.
– ¿Estamos preparados? -preguntó sin mirar a la parturienta.
– Sí, doctor Redpath -contestó la enfermera.
– Bien. -Miró a Fletcher-. Lamento tener que pedirle que se retire, señor Davenport. Le llamaremos en cuanto haya nacido el bebé.
Fletcher besó a su mujer en la frente.
– Estoy muy orgulloso de ti -le susurró.
22
Nat se despertó a las cinco el día de las elecciones y reparó en que Su Ling ya estaba en la ducha. Releyó el horario que tenía en la mesilla de noche. Reunión con todo el equipo a las siete, seguida de una hora y media delante de las puertas del comedor para recibir y saludar a los votantes que acudían a desayunar.
– Ven y dúchate conmigo -le gritó Su Ling-, no podemos perder ni un minuto.
Tenía razón, porque llegaron a la reunión del equipo solo un minuto antes de que el reloj marcara las siete. Todos los demás ya estaban presentes y Tom, que había venido de Yale para la ocasión, les comentaba las experiencias de su reciente reelección. Su Ling y Nat ocuparon las sillas a cada lado del asesor de campaña, que continuó presidiendo la reunión como si ellos no estuviesen allí.
– Nadie se detiene, ni siquiera para respirar, hasta las seis en punto, cuando se haya depositado el último voto. Ahora propongo que el candidato y Su Ling se instalen a la entrada del comedor y permanezcan allí entre las siete y media y las ocho y media mientras el resto va a desayunar.
– ¿Tendremos que comer toda esa basura durante una hora? -preguntó Joe.
– No, no quiero que comas nada, Joe. Necesito que vayáis de mesa en mesa, nunca dos de vosotros a la misma mesa; recordad que el equipo de Elliot probablemente estará haciendo la misma operación, así que no perdáis el tiempo pidiéndoles el voto. Muy bien, vamos allá.
Los catorce salieron de la habitación y corrieron a través del prado para desaparecer en el interior del comedor. Nat y Su Ling se quedaron junto a la entrada.
– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del consejo de estudiantes. Espero contar con tu voto en las elecciones de hoy.
– Vale, tío, ya tienes el voto gay -le respondieron al unísono dos estudiantes con expresiones somnolientas.
– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del consejo de…
– Sí, sé quién eres, pero ¿cómo puedes entender los problemas que se tienen para sobrevivir con una miserable beca, cuando a ti te pagan cuatrocientos dólares todos los meses? -fue la réplica mordaz del estudiante.
– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a representante del…
– No pienso votar a nadie -afirmó otro estudiante, y siguió su camino.
– Hola, soy Nat Cartwright. Me presento como candidato a…
– Lo siento mucho. Solo estoy de visita, así que no puedo votar.
– Hola, soy Nat Cartwright y…
– Te deseo buena suerte, pero te votaré solo porque tu novia es una preciosidad.
– Hola, soy Nat Cartwright…
– Pues yo soy del equipo de Ralph Elliot; os vamos a dar una paliza.
– Hola, soy Nat…
Nueve horas más tarde, Nat había perdido la cuenta de las veces que había repetido las mismas palabras y las manos que había estrechado. Solo sabía a ciencia cierta que se había quedado ronco y que en cualquier momento perdería los dedos. A las seis y un minuto, se volvió hacia Tom y dijo:
– Hola, soy Nat Cartwright y…
– Olvídalo -replicó Tom y se echó a reír-. Soy el representante de Yale y todo lo que sé es que si no fuese por Ralph Elliot tú tendrías mi puesto.
– ¿Qué me tienes reservado ahora? Mi programa de actividades termina a las seis y no tengo idea de lo que debo hacer -le comentó Nat.
– Muy típico de todos los candidatos. Creo que lo más conveniente es que nos vayamos a cenar tranquilamente a Mario’s.
– ¿Qué pasa con el resto del equipo? -quiso saber Su Ling.
– Joe, Chris, Sue y Tim asistirán al recuento de votos, mientras los demás se toman un bien merecido descanso. Como el recuento comienza a las siete y tardarán como mínimo un par de horas, propongo que todos estéis presentes en la sala a las ocho y media.
– Por mí de acuerdo -dijo Nat-. Podría comerme un caballo.
Mario los acompañó hasta la mesa en el rincón y no dejó de tratar a Nat como señor representante. Mientras los tres disfrutaban de sus bebidas e intentaban relajarse, Mario reapareció con una gran fuente de espaguetis a la boloñesa y los espolvoreó con una generosa ración de queso parmesano. Pese a los esfuerzos de Nat la cantidad de espaguetis no parecía disminuir. Tom advirtió que el nerviosismo de su amigo iba en aumento y comía cada vez menos.
– Me pregunto qué estará haciendo Elliot en estos momentos -comentó Su Ling.
– Estará en el McDonald’s junto con todos esos tipejos de su equipo, comiendo hamburguesas y patatas fritas a cuatro carrillos y haciendo ver que todo va sobre ruedas -replicó Tom y bebió un trago de vino de la casa.