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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Me aconsejó tres o cuatro ciudades pequeñas en New Jersey que están a menos de una hora de tren de la estación Grand Central. Así que he pensado que bien podríamos dedicar un largo fin de semana a ver si hay alguna zona en particular que nos interese.

– Supongo que al principio tendremos que optar por una vivienda de alquiler -opinó Annie-, hasta haber ahorrado lo suficiente para comprarnos una casa.

– El alquiler está descartado, ya que la firma prefiere que nos compremos una casa.

– Me parece muy bien que la firma opine, pero comprarnos una casa ahora mismo es algo absolutamente fuera de nuestras posibilidades.

– Por lo visto eso tampoco es ningún problema -le informó Fletcher-. Alexander Dupont y Bell nos dará un crédito sin intereses para pagar la casa.

– Es muy generoso de su parte -replicó Annie-, pero conociendo a Bill Alexander, tiene que haber algún motivo oculto.

– Claro que lo hay, no es ningún secreto. Te liga a la firma. Alexander Dupont y Bell está muy orgullosa de ser la firma donde hay menos cambios entre sus empleados de todos los despachos de abogados en Nueva York. A mí me parece lógico que después de todo lo que invierten en la selección y luego en la formación, quieran tener la absoluta seguridad de que no te pases al enemigo.

– A mí me suena a unión forzosa -apuntó Annie. Guardó silencio un momento-. ¿Le has mencionado tus ambiciones políticas al señor Alexander?

– No, porque si lo hubiese hecho no habría pasado de la primera criba y en cualquier caso, ¿quién sabe qué pensaré al respecto dentro de dos o tres años?

– Sé exactamente cómo te sentirás -afirmó Annie- dentro de dos, diez o veinte años. Eres la mar de feliz cuando te presentas de candidato a lo que sea; nunca olvidaré que cuando a papá lo reeligieron para el Senado, tú eras el único que vivió el escrutinio con más nervios que él.

– Te ruego que nunca lo digas donde Matt Cunliffe te pueda escuchar -le dijo Fletcher con una sonrisa-, porque puedes estar segura de que Bill Alexander se enterará en menos de diez minutos; a la firma sencillamente no le interesa nadie que no esté comprometido en cuerpo y alma. Recuerda su lema: «Cada día es posible facturar veinticinco horas».

La voz de Nat, que hablaba por teléfono en la salita contigua, despertó a Su Ling. Se preguntó con quién podía estar hablando a esas horas de la mañana. Escuchó el clic cuando colgó el teléfono y un segundo más tarde su marido entró en el dormitorio.

– Quiero que te levantes y hagas las maletas, Pequeña Flor, porque nos marchamos de aquí dentro de una hora. -¿Qué…?

– Dentro de una hora.

Su Ling saltó de la cama y corrió al baño.

– Capitán Cartwright, ¿se me permite preguntar adónde me llevas? -gritó por encima del ruido de la ducha.

– Te será debidamente comunicado cuando estemos en el avión, señora Cartwright.

– ¿En qué dirección? -preguntó mientras cerraba los grifos.

– Te lo diré cuando el avión haya despegado, no antes.

– ¿Regresamos a casa?

– No -respondió Nat, sin más explicaciones.

Su Ling acabó de secarse y se concentró en el tema del vestuario. Nat se puso de nuevo al teléfono.

– Una hora no es nada para una chica -comentó Su Ling.

– Esa es precisamente la idea -contestó Nat y luego le preguntó al recepcionista si podían pedirle un taxi.

– Maldita sea -exclamó Su Ling, al ver la montaña de regalos-. No tengo dónde meter todas esas cosas.

Nat colgó el teléfono, se acercó al armario y sacó una maleta que su mujer no había visto antes.

– ¿Gucci? -exclamó, sorprendida por la inesperada extravagancia de su esposo.

– No lo creo, por los diez dólares que pagué.

Su Ling se echó a reír mientras Nat volvía al teléfono.

– Necesito que envíe un botones y que me prepare la cuenta para cuando bajemos, ya que nos marchamos enseguida. -Hizo una pausa, escuchó la respuesta y luego dijo-: Diez minutos.

Se volvió justo en el momento en que Su Ling acababa de abotonarse la blusa. Recordó lo mucho que le había costado dormirse y su decisión de marcharse de Corea cuanto antes. Cada momento pasado en la ciudad solo serviría para recordarle…

En el aeropuerto, Nat aguardó pacientemente en la cola para recoger los billetes y le dio las gracias a la empleada por haber atendido su solicitud con rapidez y eficiencia. Su Ling había ido a pedir el desayuno mientras él facturaba el equipaje. Subió al restaurante en la primera planta, donde se encontró a su esposa sentada a una mesa en un rincón, muy entretenida en una charla con la camarera.

– No te he pedido nada -dijo en cuanto Nat se sentó-, porque como le comentaba a la camarera, después de una semana de matrimonio no tenía muy claro que fueras a aparecer.

Nat miró a la camarera.

– ¿Diga, señor?

– Dos huevos fritos, beicon, patatas y café solo.

La camarera consultó la nota.

– Su esposa ya se lo ha pedido.

Nat se volvió para mirar a Su Ling.

– ¿Adónde vamos? -le preguntó ella.

– Te enterarás cuando estemos en la puerta de embarque; si continúas incordiándome, no lo sabrás hasta que aterricemos.

– Pero… -comenzó a decir Su Ling.

– Si es necesario te vendaré los ojos -declaró Nat en el momento en que la camarera llegaba con la cafetera-. Ahora necesito hacerte algunas preguntas. -Vio cómo Su Ling se ponía tensa. Fingió no haberse dado cuenta. Durante algunos días tendría que evitar cierto tipo de comentarios porque era evidente que ella seguía preocupada por lo que había descubierto-. Recuerdo que le dijiste a mi madre que en cuanto Japón entrara en la revolución informática, se aceleraría notablemente todo el proceso tecnológico.

– ¿Vamos a Japón?

– No, no vamos a Japón. -Esperó a que la camarera le sirviera el desayuno antes de añadir-: Ahora concéntrate, porque quizá tenga que confiar en tus conocimientos.

– Toda la industria está lanzada -opinó Su Ling-. Canon, Sony, Fujitsu ya han superado a los norteamericanos. ¿Por qué? ¿Te interesan las empresas de las nuevas tecnologías? En ese caso, tendrías que tener en cuenta…

– Ya veremos.

Nat escuchó atentamente un aviso que sonaba en los altavoces. Miró el importe del desayuno, lo pagó con el puñado de billetes coreanos que le quedaban y se levantó.

– Vamos a alguna parte, ¿no es así, capitán Cartwright? -preguntó Su Ling.

– Pues ahora que lo dices, yo sí. Acaban de dar el último aviso; por cierto, si tienes otros planes, te comunico que obran en mi poder los pasajes y los cheques de viaje.

– Vaya, ¿así que tengo que apechugar contigo? -Su Ling se bebió el café de un trago y miró los tableros electrónicos para saber cuáles eran las puertas de embarque correspondientes a las últimas llamadas. Había por lo menos una docena-. ¿Honolulú? -preguntó mientras alcanzaba a su marido.

– ¿Para qué iba a querer yo llevarte a Honolulú? -replicó Nat.

– Para que nos tumbemos en la playa y hagamos el amor todo el día.

– No, vamos a un lugar donde durante el día podamos estar con mis viejas amantes y tú y yo hacer el amor por la noche.

– ¿Saigón? -preguntó Su Ling, al ver que se iluminaba el nombre de otra ciudad en el tablero de salidas-. ¿Vamos a visitar los escenarios de los antiguos triunfos del capitán Cartwright?

– Dirección errónea -respondió Nat sin interrumpir su marcha hacia la puerta de salidas internacionales.

Después de presentar los billetes y los pasaportes, Nat no se detuvo en las tiendas libres de impuestos y se dirigió directamente hacia las puertas de embarque.

– ¿Bombay? -aventuró Su Ling al ver que llegaban a la puerta de embarque número uno.

– No creo que encuentre a muchas de mis viejas amantes en la India -le aseguró Nat cuando dejaron atrás las puertas dos, tres y cuatro.

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