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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Bueno, al menos podemos estar tranquilos de que ya no podrá hacernos ninguna jugarreta -declaró Nat.

– Yo no pondría las manos en el fuego -opinó Su Ling en el mismo momento en que Joe Stein entraba en el local.

– ¿Qué querrá Joe? -preguntó Tom que se levantó para llamar al colaborador.

Nat le sonrió a su director de campaña cuando este se acercó a la mesa, pero Joe no le devolvió la sonrisa.

– Tenemos un problema -les informó Joe-. Será mejor que vayamos inmediatamente a la sala donde están haciendo el recuento.

Fletcher caminó de un extremo al otro del pasillo, de la misma manera que había hecho su padre veinte años antes, durante una tarde que la señorita Nichol le había descrito en muchas ocasiones. Era como ver una vieja película en blanco y negro, siempre con el mismo final feliz. Fletcher se dio cuenta de que siempre acababa a unos pasos de la puerta del quirófano, como si esperara que alguien -cualquiera- hiciera su aparición.

Por fin se abrieron las puertas y salió una enfermera, pero pasó a la carrera junto a Fletcher sin decir palabra. Pasaron unos minutos más antes de que saliera el doctor Redpath. Se quitó la mascarilla y su expresión era grave.

– Acaban de trasladar a su esposa a su habitación -dijo-. Está bien, cansada, pero bien. Podrá verla dentro de unos minutos.

– ¿Cómo está el bebé?

– Han llevado a su hijo a la incubadora. Permítame que le acompañe.

El médico guió a Fletcher a lo largo del pasillo y se detuvo delante de un gran ventanal. Al otro lado había tres incubadoras. Dos estaban ocupadas. Vio cómo acomodaban suavemente a su hijo en la tercera. Su cuerpo diminuto se veía rojo y arrugado como una pasa. La enfermera le colocó un tubo de goma en la nariz. Luego le fijó un sensor en el pecho y lo conectó a un monitor. Su última tarea fue colocarle una pequeña pulsera en la muñeca izquierda con el nombre de Davenport. La pantalla del monitor entró en funcionamiento e incluso Fletcher, a pesar de sus muy rudimentarios conocimientos de medicina, se dio cuenta de que el corazón de su hijo latía muy débilmente. Miró preocupado al doctor Redpath.

– ¿Qué posibilidades tiene?

– Se ha adelantado diez semanas, pero si conseguimos que supere la noche, entonces es muy probable que sobreviva.

– ¿Qué posibilidades tiene? -insistió Fletcher.

– No hay reglas, ni porcentajes, ninguna ley que nos dé una garantía. Cada bebé es único, incluido el suyo -declaró el médico.

Se les acercó una enfermera.

– Ya puede ver a su esposa, señor Davenport. Si quiere acompañarme, por favor.

Fletcher le dio las gracias al doctor Redpath y siguió a la enfermera por las escaleras hasta la siguiente planta, donde estaba la habitación de su esposa. Annie estaba reclinada en la cama, contra varias almohadas.

– ¿Cómo está nuestro hijo? -le preguntó nada más verlo entrar.

– Muy bien. Es precioso, señora Davenport, y es muy afortunado al tener una madre absolutamente maravillosa.

– No me dejan verlo -protestó Annie en voz baja-, y deseo tanto tenerlo en mis brazos…

– Por el momento está en la incubadora -le explicó Fletcher-; hay una enfermera que lo vigila constantemente.

– Tengo la sensación de que hubiese pasado un siglo desde la cena con el profesor Abrahams.

– Sí, vaya noche -comentó Fletcher-. Un doble triunfo para ti. Has hechizado al socio principal de la firma donde quiero trabajar y luego has dado a luz a nuestro hijo. ¿Qué más quieres?

– Todo eso me parece sin importancia ahora que tenemos que ocuparnos de nuestro hijo. -Se calló un momento-. Harry Robert Davenport.

– Suena de maravilla -afirmó Fletcher-, nuestros padres estarán encantados.

– ¿Cómo lo llamaremos? -preguntó Annie-. ¿Harry o Robert?

– Yo sé cómo voy a llamarlo -contestó Fletcher en el momento en que la enfermera entraba en la habitación.

– Creo que es hora de que duerma, señora Davenport. Ha sido una jornada agotadora.

– Estoy de acuerdo -manifestó Fletcher.

Retiró las almohadas para que Annie no hiciera ningún esfuerzo y la ayudó a acomodarse. Annie le dedicó una sonrisa mientras apoyaba la cabeza en la almohada y su marido le dio un beso en la frente. La enfermera apagó la luz en cuanto Fletcher salió de la habitación.

Fletcher corrió escaleras arriba para ir a comprobar si los latidos del corazón de su hijo eran más fuertes. Miró la pantalla del monitor a través de la ventana; era tanta su desesperación por ver que marcaba una mayor intensidad, que se convenció a sí mismo de que así era. Mantuvo la nariz pegada al cristal.

– Sigue luchando, Harry -dijo y comenzó a contar los latidos por minuto. De pronto, le dominó el cansancio-. Aguanta, chico, lo conseguirás.

Se apartó de la ventana y fue a sentarse en una silla al otro lado del pasillo. En cuestión de minutos, dormía profundamente.

Se despertó sobresaltado cuando una mano le tocó suavemente en el hombro. Abrió los ojos con un gran esfuerzo; no tenía idea de cuánto tiempo había estado durmiendo. Primero vio a la enfermera, en cuyo rostro se reflejaba una expresión solemne. El doctor Redpath se encontraba a un paso más atrás de ella. No fue necesario que le dijeran que Harry Robert Davenport no lo había conseguido.

– Veamos, ¿cuál es el problema? -preguntó Nat mientras corrían hacia la sala donde se realizaba el escrutinio.

– Llevábamos una amplia ventaja hasta hace solo unos minutos -le explicó Joe, que jadeaba visiblemente después del esfuerzo de ir hasta el restaurante y en ese momento procurar seguir a la par de Nat a un ritmo que el candidato hubiese dicho que era un trote. Agotado, acortó el paso-. Entonces, aparecieron dos urnas llenas a rebosar y casi el noventa por ciento de los votos son para Elliot -añadió cuando llegaron a las escalinatas del edificio.

Nat y Tom no esperaron a Joe mientras subían los escalones de dos en dos y entraban en la sala. Al primero que vieron fue a Ralph Elliot, que parecía muy complacido consigo mismo. Nat volvió su atención hacia Tom, quien ya estaba atendiendo las explicaciones de Sue y Chris. Se apresuró a reunirse con ellos.

– Íbamos ganando por unos cuatrocientos votos -dijo Chris-; supusimos que ya estaba definido el resultado, cuando aparecieron dos urnas como surgidas de la nada.

– ¿Qué quieres decir con surgidas de la nada? -le preguntó Tom.

– Verás, las descubrieron debajo de una mesa, pero no estaban incluidas en el recuento original. En una de las urnas -añadió Chris, después de consultar la planilla- había trescientos diecinueve votos para Elliot contra cuarenta y ocho de Nat y en la otra, trescientos veintidós y cuarenta y uno respectivamente, cosa que le dio la vuelta al resultado y lo situó como ganador por un puñado de votos.

– Dime los resultados de las otras urnas -le pidió Su Ling.

– En general respondían a las estimaciones -respondió Chris, que consultó de nuevo la planilla-. En la que obtuvimos más votos, había doscientos nueve para Nat, frente a ciento setenta y seis para Elliot. De hecho, Elliot solo nos superó en una urna: doscientos uno a ciento noventa y seis.

– Los votos de las dos últimas urnas son estadísticamente imposibles -afirmó Su Ling- si los comparas con las diez que ya han contabilizado. Alguien ha tenido que llenarlas con las papeletas de Elliot para conseguir cambiar el resultado.

– ¿Cómo pudieron hacer tal cosa? -preguntó Tom.

– Es algo muy sencillo si consigues hacerte con las papeletas en blanco -dijo Su Ling.

– Cosa que seguramente no les planteó ningún problema -señaló Joe.

– ¿Cómo puedes estar seguro de que fue así? -le preguntó Nat.

– Porque cuando voté en mi residencia durante la hora de la comida, solo había una persona para controlar la votación y estaba redactando un trabajo de clase. Podría haberme llevado un puñado de papeletas sin que se diera cuenta.

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