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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Sorprendente.

– Después hay, por supuesto, once clases de narices cuando las miras de frente. Regulares, o gruesas en el medio, o gruesas al comienzo, o gruesas en la punta… Pero te estoy aburriendo.

– En absoluto. ¿Qué pasa con los orificios nasales?

– ¿Forman una categoría aparte, madonna?

Me esforcé para evitar una sonrisa. Al cabo de un rato, cambié de tema para pasar a otro que me interesaba mucho más.

– Te alojas en el palacio Médicis. Debes de ser muy amigo de la familia.

– Todo lo que puede serlo alguien ajeno a ellos.

– ¿Qué tal… qué tal les va a los hijos?

Una leve arruga apareció en su entrecejo.

– Giovanni está bien, como siempre. Podría acabarse el mundo, que a él no le afectaría. Piero… creo que Piero comienza a darse cuenta de la gravedad de su situación. Todos llevan años hablándole de las responsabilidades que asumiría a la muerte de su padre. Ahora comienza a hacerse realidad.

– ¿Qué hay de Giuliano? -insistí con demasiado apresuramiento. Él se dio cuenta, bajó un poco la mirada y el asomo de una sonrisa triste apareció en su rostro.

– Giuliano sufre. Era el preferido de Lorenzo.

– Es muy buena persona.

La expresión del artista se suavizó; hizo una pausa, con el carboncillo muy cerca del papel.

– Lo es. -Su tono se aligeró-. Se mostró muy complacido al saber que estaba dispuesto a cumplir el encargo.

– ¿De veras?

Sonrió a la vista de mi muy mal disimulada satisfacción.

– Sí. Creo que aprecia mucho tu amistad.

Me ruboricé, incapaz de decir palabra.

– ¡Perfecto! -exclamó. El carboncillo voló sobre la página-. Continúa pensando en eso. Solo en eso…

Guardé un silencio agitado. Me miró y dibujó, luego me miró de nuevo durante más tiempo… Algún preocupante pensamiento hizo que se ruborizase. Miró el dibujo sin verlo.

Pero había visto algo. Algo en mí, algo que había reconocido. Lo inquietó, y optó por desviar la mirada para no traicionar su secreto. Por fin, recuperó el control de sí mismo y continuó dibujando hasta que Zalumma acabó diciendo:

– Es la hora.

Me levanté y sacudí el polvo de mis faldas.

– ¿Cuándo te veré de nuevo? -pregunté a Leonardo.

– No lo sé. Mañana debo regresar a Milán. Quizá la próxima vez que nos encontremos ya habré hecho un boceto que me satisfaga. Si es así, lo pasaré a una tabla para comenzar la pintura. -Su tono se volvió sombrío-. Con la desaparición de Lorenzo se avecinan tiempos difíciles para sus hijos. Si las cosas se deterioran, dejará de ser una ventaja la amistad de los Médicis. Si estás pensando en un casamiento… -Se avergonzó de decir tanto, y guardó silencio.

Me aparté y fruncí el entrecejo; comenzaron a arderme las mejillas. ¿Por qué lo había dicho? ¿Creía que estaba interesada en Giuliano para obtener una ganancia, por el prestigio?

– Ahora debo irme -dije, y di un paso. Un pensamiento me detuvo, y me volví para preguntarle-: ¿Por qué quieres pintarme?

– Creí que ya había respondido a esa pregunta -manifestó agitado.

– No es por el dinero. ¿Cuál es la razón?

Abrió la boca para contestarme, y la cerró de nuevo. Al final acabó por decir:

– Quizá lo hago por Giuliano. Quizá lo hago por mí.

Mi amada Lisa:

Te escribo por dos razones: primero, quiero que sepas que pienso pedirle a mi hermano Piero su permiso para pedir tu mano a tu padre. Por supuesto, acabado el período de luto.

Ahora puedo pedirte formalmente que me perdones por no haberme presentado en el lugar y la hora acordada. Sé lo mucho que debió de herirte, y quizá te llevó a pensar que ya no me interesabas. La verdad es todo lo contrario.

Segundo, quiero darte las gracias. Tus palabras a mi padre -sobre todo acerca de lo bueno que había hecho por Florencia y su gente- fueron compasivas y sensatas, y lo conmovieron profundamente. Ninguna hija podría haber sido más dulce y ofrecerle mayor consuelo.

Muy pocos han tomado en consideración los verdaderos sentimientos de mi padre, a pesar de que él, en sus momentos finales, solo pensó en los demás. En el momento en que supo que moriría, llamó a sus más queridos amigos e hizo todo lo posible por consolarlos, en vez de permitir que los demás lo consolasen a él.

Tuvo incluso la gentileza de permitir que Giovanni Pico entrase con fray Savonarola en su dormitorio. Dios me perdone, pero no puedo menos que odiar al fraile, que reprochó a mi padre por sus buenas obras. Ser mecenas de tantos artistas, sostener la Academia Platónica, entretener a los pobres con el circo y los desfiles, dijo Savonarola, eran cosas paganas, y por eso, mi padre ardería en el infierno a menos que se arrepintiese. De haber sabido que diría tales cosas, nunca hubiese permitido la audiencia.

El horrible monje repitió sus terribles acusaciones, y le exigió: «¡Arrepiéntete por toda la sangre que has derramado!».

La respuesta de mi padre fue volver el rostro hacia la pared. Solo gracias a mi insistencia y con la ayuda de varios guardias conseguimos llevarnos al fraile. ¿Cómo pudo ser tan cruel para llamar a mi padre asesino; a mi padre, que nunca empuñó un arma a no ser en defensa propia?

Luego, fray Girolamo se volvió hacia mí y dijo: «Harías bien en arrepentirte y caer de rodillas, por tu arrogancia, y la de tus hermanos, porque muy pronto te llevarán también allí».

Entonces mi padre me llamó, así que corrí a su lado. Había empezado a delirar. Hacía la misma pregunta una y otra vez: «Por favor -decía-, por favor, por favor, ¿dónde está él?». Le dije que no comprendía de qué me hablaba, pero que si me decía a quién se refería se lo llevaría inmediatamente. Pero él solo gimió y dijo: «¡Ah, Giuliano, después de todos estos años, te he fallado!».

Poco después empeoró, y los médicos intentaron darle otra pócima, que fue incapaz de tragar. Se durmió inquieto, y se despertó desorientado y mucho más débil. Me llamó muchas veces, aunque mi presencia no le sirvió de consuelo ni tampoco que le sujetase la mano mientras intentaba calmarlo. Luego se quedó muy quieto, hasta que en la habitación solo se oyó el laborioso jadeo de su respiración; parecía estar esperando escuchar alguna cosa.

Al cabo de un rato, debió de escucharla, porque sonrió y susurró con gran alegría: «Giuliano… eres tú. Gracias a Dios, has llegado a la orilla».

Falleció a los pocos minutos.

Ahora estoy preocupado por una sospecha que no me deja descansar. He llegado a creer que las pócimas recetadas por el médico durante los últimos meses de la vida de mi padre lo hicieron empeorar.

No creas que mis pensamientos solo se alimentan por mi dolor. Sospecho de una conspiración para apresurar la muerte de mi padre; quizá incluso inducirla. Esta sospecha se ve reforzada porque al médico personal de mi padre, Piero Leone, lo encontraron ahogado en un pozo dos días después de que muriese mi padre. Un suicidio, dijeron, motivado por su pesar ante el fallecimiento de su paciente.

La Signoria, en una votación especial, ha permitido que mi hermano Piero ocupe la posición de nuestro padre pese a que solo tiene veinte años. Se siente terriblemente preocupado e inseguro en estos momentos, por eso no puedo distraerlo con asuntos de matrimonio. Ahora debo darle todo mi apoyo, no distraerlo.

Mi dolor aumenta porque no pude hablar contigo en el funeral de mi padre, ni pude verte aquella tarde en San Lorenzo.

Sería prudente destruir esta carta; si tenemos enemigos, no querría que tú pudieras convertirte en su objetivo.

Quiero que sepas que te querré siempre, y que abordaré a Piero a la primera oportunidad.

Tuyo siempre,

Giuliano

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