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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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Señales, había dicho mi padre. Señales y portentos.

Vestida, me tumbé en la cama pero no dormí. Apenas comenzaba a clarear cuando oí el toque de las campanas.

33

Lorenzo yacía de cuerpo presente en la iglesia donde habían enterrado a su padre. Toda Florencia había salido a la calle para llorar su muerte, incluso aquellos que estaban de acuerdo con Savonarola en que el Magnífico era un pagano y un pecador, y que Dios lo castigaría.

Hasta mi padre lloró. «Lorenzo fue violento en su juventud -dijo-. Hizo muchas cosas malas. Pero fue muy bondadoso en la vejez.»

Giovanni Pico acudió a nuestra casa para hablar de la pérdida, como si cualquier noticia que yo hubiese aportado careciese de importancia. No era la única que había visto el meteoro aquella noche; los sirvientes de Careggi también lo habían visto.

– En su lecho de muerte, ser Lorenzo recibió a Savonarola y fue para él un gran consuelo -informó Pico con lágrimas en los ojos y la lengua estropajosa después de beber las muchas copas de vino que le sirvió mi padre. Me sorprendió ver su enorme aflicción por la muerte de Lorenzo-. Creo que se arrepintió de sus pecados porque besó repetidamente el crucifijo y rezó con fray Girolamo.

Savonarola no predicó aquel día. En cambio, los ciudadanos que hasta hacía muy poco abarrotaban las escalinatas de San Lorenzo para escuchar al profeta de Florencia, esperaban ahora pacientemente para echar una última mirada al más grande de sus patrones. Ni siquiera la influencia de Pico nos evitó horas de espera con los demás.

Entramos en la iglesia pasado el mediodía. Cerca del altar yacía Lorenzo, en un sencillo ataúd de madera colocado sobre un pedestal. Lo habían vestido con una túnica de lino blanco, y sus manos -con los dedos estirados y cuidadosamente dispuestos para que no pareciesen retorcidos- estaban colocadas sobre el corazón. Tenía los ojos cerrados y en sus labios se insinuaba una sonrisa. Ya no sufría, ya no lo agobiaban las tremendas responsabilidades.

Aparté la mirada del féretro y vi a Giuliano, un poco más allá del ataúd, entre su hermano Piero y un guardaespaldas. Detrás de ellos estaban un lloroso Miguel Ángel y el artista de Vinci, con una expresión severa y solemne.

Ver a Leonardo no fue motivo de consuelo o alegría. Mis pensamientos eran única y exclusivamente para Giuliano; no dejé de mirarlo hasta que se cruzaron nuestras miradas. Se le veía agotado de tanto llorar, y ya demasiado exhausto para derramar más lágrimas. Su expresión era compuesta, pero su pena se reflejaba en su postura, incluso en la inclinación de los hombros.

Al verme, un destello de luz apareció en sus ojos. Era incorrecto que hablásemos, incluso que nos reconociéramos; pero en aquel instante supe todo lo que necesitaba saber. Era tal como había creído: no habíamos hablado de que su padre le había encomendado la tarea de escoger mi marido, pero él no lo había olvidado.

Solo tenía que ser paciente.

A la mañana siguiente fui a misa con Zalumma a Santo Spirito. Cuando acabó el oficio y salimos al exterior, donde brillaba el agradable sol de primavera, Zalumma se demoró detrás de los fieles que se marchaban.

– Me pregunto si me permitirías ir a ver a tu madre -dijo.

Tardé en responderle. Mi dolor aún era demasiado vivo para ir al lugar donde habían sepultado a mi madre.

– Como quieras -contesté-. Te esperaré aquí, en la escalinata.

– ¿No quieres venir? -preguntó Zalumma con un interés poco habitual.

Me volví para mirar con expresión decidida las ramas de los alisos recortadas contra el cielo. Solo después de oír cómo se alejaban sus pisadas, me relajé.

No llevaba más que unos momentos disfrutando del calor del sol y sin pensar en mi madre, cuando escuché unas voces graves más o menos cercanas. Una era la de Zalumma; la otra, la de un hombre, me resultó conocida.

Me volví. Entre las criptas, las lápidas, las estatuas y los rosales, Zalumma conversaba con Leonardo. Él estaba de perfil, con una pequeña tabla en la mano. Llevaba un casquete rojo y los ondulados cabellos le caían apenas por debajo de los hombros; se había cortado la barba. Pareció intuir que lo miraba, porque se volvió para dedicarme una amplia sonrisa y una reverencia.

Le respondí con una inclinación; permanecí inmóvil mientras él se acercaba, con una expresión seria, dado que Florencia aún continuaba de duelo.

– Perdona que interrumpa tu intimidad -dijo.

– No es ninguna interrupción -contesté-. Me alegra verte.

– Lo mismo digo. Salí de Milán en cuanto me enteré del empeoramiento de Lorenzo, pero lamentablemente llegué tarde. Me alojo en el palacio Médicis. Me dijeron que hoy estarías aquí. Espero que no lo consideres una descortesía de mi parte, dadas las desafortunadas circunstancias… Me pregunto si podría convencerte de que posases para mí.

Hablé sin pensarlo.

– Ser Lorenzo ya no está, así que tampoco existe el encargo.

– Ya me han pagado -respondió él con la misma rapidez y firmeza.

– No creo que mi padre lo permita -señalé con pesar-. Considera que el arte es algo pecaminoso. Es un seguidor de Savonarola.

– ¿Está aquí? -quiso saber.

Miré la tabla en su mano. Tenía sujeta una hoja en blanco; de su cinturón colgaba una bolsa muy grande. Me llevé una mano a los cabellos, a las faldas.

– ¿Quieres dibujarme ahora?

La expresión risueña que apareció en su rostro resaltó las arrugas en las comisuras de los ojos.

– Tal como estás ahora, eres la perfección.

Por un momento tuve miedo.

– No puedo quedarme mucho. Solo se me permite que asista a misa y después debo regresar a casa. Si llego tarde, los sirvientes se preguntarán dónde he estado y quizá se lo comenten a mi padre a la hora de la cena.

– Diremos que estuvimos rezando junto a la tumba de tu madre -propuso Zalumma. La hice callar con la mirada.

Leonardo, para ese momento, ya había sacado algo de la bolsa: un carboncillo atado a un palito lijado.

– Te envié una copia, basada en el boceto que hice aquella noche en el patio de los Médicis. Pero no estoy satisfecho.

– ¿No estás satisfecho?

– Se parece a ti, pero quiero… algo más. No soy muy bueno expresándome con palabras, pero si confías en mí y posas unos minutos…, solo eso. No es mi deseo causarte ningún problema con tu padre. Tu criada estará aquí todo el tiempo para vigilarte.

Accedí. Me llevó un poco más allá del cementerio, donde había un peñasco a la sombra de un roble. Me senté en la piedra; y él me indicó que me volviese un poco para mirarlo por encima del hombro, de forma que mi rostro quedaba en tres cuartos de perfil.

Sujetó el carboncillo -hecho, me explicó, con un trozo de una rama de sauce que había sido quemada en un horno hasta quedar totalmente negra- y comenzó a dibujar a una velocidad impresionante. Los trazos principales fueron los más rápidos.

Tras un par de minutos de silencio, le pregunté:

– ¿Cómo es que recuerdas todas mis facciones con tanta facilidad, a pesar de haberme visto una sola vez? La caricatura que hiciste de mí era muy burda. Sin embargo, el dibujo que me enviaste… Recordabas todos los detalles.

Mantuvo la atención en el trabajo y me respondió abstraído:

– La memoria se puede educar. Si quiero recordar un rostro, lo estudio muy atentamente. Luego, por la noche, mientras estoy despierto, recuerdo cada rasgo, uno a uno.

– ¡Yo nunca podría recordarlos con tanta claridad!

– En realidad, es muy sencillo. Piensa en las narices: solo hay diez tipos de perfiles.

– ¡Diez tipos! -Solté una carcajada. Él enarcó una ceja, y yo reprimí una sonrisa; relajé el rostro y recuperé la pose anterior.

– Diez tipos de perfiles: recto, afilado, aquilino, chato, redondo, abultado. Algunos con una joroba o curva por encima de la mitad, algunos con lo mismo por debajo. Si guardas estos tipos en tu memoria, tendrás una referencia que te ayudará a recordar.

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