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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Soy como tú, padre -replicó Giuliano en un tono risueño-. Nací sin necesidad de consuelo. -Elevó un poco la voz-. Pero aquí tienes a un visitante. Es Lisa de Antonio Gherardini. Mandaste llamarla.

Me acerqué hasta que mi cadera tocó el borde de la cama.

– La dote -susurró Lorenzo; su aliento olía a muerto.

– Sí, padre. -El rostro de Giuliano estaba separado por el grosor de un dedo del rostro de su padre. Sonrió, y Lorenzo, que apenas alcanzaba a verlo, le devolvió la sonrisa.

– El único -susurró-. Como mi hermano. Tan bueno…

– No tanto como tú, padre. Nunca tanto como tú. -Giuliano hizo una pausa, luego volvió su rostro hacia mí y dijo, de nuevo con mucha claridad para que Lorenzo pudiese entenderlo-: Mi padre desea hacerte saber que ha hecho los arreglos para tu dote.

Lorenzo jadeó, en un desesperado esfuerzo por respirar; Giuliano y el médico se movieron rápidamente para inclinarlo hacia delante, cosa que pareció aliviarlo. Cuando se recuperó, llamó a su hijo con un gesto y le susurró una palabra que no conseguí entender; Giuliano soltó una carcajada.

– Príncipe -dijo, y a pesar de su fingida despreocupación, su voz sonó ahogada cuando me miró y me ofreció una explicación-. Suficiente dinero para casarte con un príncipe si lo deseas.

Sonreí por si acaso Lorenzo podía verme, pero mi mirada estaba fija en Giuliano.

– Entonces ¿no has escogido al hombre?

Lorenzo no me escuchó, pero su hijo ya tenía la respuesta.

– No ha escogido al hombre. Me ha delegado la tarea.

Me apreté contra la cama para inclinarme sobre el moribundo.

– Ser Lorenzo, ¿me escuchas? -pregunté en voz muy alta.

Parpadeó y susurró una rápida respuesta. Su lengua hinchada, que se pegaba al interior de la boca seca, hizo que no entendiese sus palabras. Giuliano me miró.

– Te escucha.

Con mucho atrevimiento busqué su mano. Flácida y siniestramente retorcida, parecía una garra; sin embargo, la apreté contra mis labios con sincero afecto y reverencia. Fue consciente del gesto; en sus ojos, inyectados en sangre, apareció un gran afecto y ternura.

– Has sido tan bueno conmigo, la hija de un comerciante de tejidos; has sido enormemente generoso con muchísimas personas. La belleza, el arte, que nos has dado a todos, ser Lorenzo, es una deuda que nunca podremos saldar.

Sus ojos se llenaron de lágrimas; un suave gemido escapó de su boca.

No sabía si era una señal de emoción o de dolor, y miré a Giuliano por si era necesario la ayuda del médico; él sacudió la cabeza.

– ¿Qué puedo hacer para mostrarte mi gratitud? -insistí-. ¿De qué modo por pequeño que sea puedo aliviar tu sufrimiento?

Lorenzo susurró de nuevo; esta vez adiviné sus palabras por el movimiento de los labios antes de que su hijo pudiese repetirlas.

– Reza…

– Lo haré. Rezaré por ti cada día mientras viva. -Hice una pausa y apreté la mano de Lorenzo antes de soltarla-. Solo dime por qué me has mostrado tanto favor.

Se esforzó mucho para decir las palabras con claridad, para que pudiese escucharlas directamente de sus labios sin necesidad de un intermediario.

– Te quiero, niña.

Aquellas palabras me sorprendieron; quizá, pensé, ser Lorenzo, a las puertas de la muerte, deliraba, se entregaba a la emoción, o no era consciente de lo que decía. Al mismo tiempo, admití su verdad. Me había sentido atraída por ser Lorenzo desde el momento en que lo conocí; al instante, había visto en él a un amigo. Así que, desde el fondo de mi corazón, le respondí:

– Yo también te quiero.

Al escucharlo, Giuliano volvió la cabeza para evitar que su padre viese sus esfuerzos por contenerse. Lorenzo, con el rostro iluminado con la más pura adoración, se movió para tocarle débilmente en el brazo.

– Consuélalo…

– Lo haré -prometí en voz alta.

Después dijo algo que no tenía sentido:

– Pregúntale a Leonardo…

Soltó un suave jadeo y bajó la mano, como si el esfuerzo lo hubiese agotado. Miró más allá de mí, a alguien o algo invisible para el resto de nosotros; cerró los ojos con una mueca de dolor. Su voz continuaba siendo un susurro, pero la agitación le dio suficiente vigor para que pudiese comprender cada palabra.

– El tercer hombre. Te he fallado… ¿Cómo puedo irme? Leonardo ahora… él y la muchacha…

Los delirios de un moribundo, pensé, pero Giuliano se volvió de inmediato hacia su padre, con la mirada atenta. Comprendía bien el significado de las palabras de Lorenzo, y le preocupaba. Apoyó una mano en el hombro de su padre para consolarlo.

– No te preocupes por eso, padre. -Escogió las palabras con mucho cuidado-. No te preocupes. Yo me encargaré de todo.

Lorenzo murmuró una respuesta prácticamente inaudible. Me pareció que había dicho: «¿Cómo puedo ir a él cuando he fallado?». Sus miembros se movieron débilmente debajo de las mantas.

Giuliano me miró.

– Es mejor que ahora descanse unos momentos.

– Adiós, ser Lorenzo -dije bien alto.

No pareció oírme. Su cabeza se hundió en la almohada; su mirada continuó fija en el pasado.

Me erguí y me aparté de la cama. Giuliano me acompañó y fuimos juntos hacia la puerta que daba a la pequeña antecámara, que nos ofrecía cierta intimidad.

No sabía cuál era la manera apropiada de despedirme. Quería decirle que hasta ese momento había sido una jovencita tonta deslumbrada por sus encantos y sus cartas; una jovencita que había creído estar enamorada porque anhelaba una vida llena de belleza y arte, libre de la tristeza de su casa.

Quería decirle que ahora era mi verdadero amor; un amor verdadero como si él fuese mi hermano. Estaba asombrada y me sentía muy humilde porque alguien tan bondadoso y fuerte hubiese escogido a alguien como yo.

No le dije ninguna de estas cosas por miedo a que llorase. Pero no podía resistir el impulso de abrazarlo antes de marcharme. Nos abrazamos fuertemente con el más sincero afecto y pesar sin decir palabra.

Él abrió la puerta y me dejó a cargo de Marsilio Ficino. Me escoltaron hasta el carruaje. La noche era clara y fría. Me asomé por la ventanilla para contemplar las estrellas, demasiado triste para llorar.

Cuando llegué a casa, mi padre se encontraba sentado en la gran sala con la mirada fija en el fuego de la chimenea; su atormentada expresión quedaba resaltada por las llamas, que daban a su rostro un color coralino. Al pasar a su lado, se levantó de un salto y se acercó; todo su rostro era como una pregunta.

– Me ha dado una gran dote -le informé escuetamente.

Me observó con mirada penetrante.

– ¿Qué más te dijo?

Titubeé un momento, pero decidí contarle la verdad.

– Que me quería, y que Giuliano era bueno. Tenía la mente nublada, y añadió algunas cosas sin sentido. Eso es todo.

Su mirada no podía ser más triste. Agachó la cabeza. «Su tristeza es verdadera -pensé-. Sufre…» Entonces levantó la cabeza bruscamente.

– ¿Quiénes estaban presentes? ¿Alguien te vio?

– Estaban Lorenzo, por supuesto. Giuliano. Piero, su esposa, Giovanni… y Miguel Ángel. -Me aparté. No estaba de humor para relatarle los acontecimientos de la noche. Aun así, añadí-: Pico trajo a Savonarola. La familia se alteró mucho.

– ¡Pico! -exclamó, y sin poder contenerse preguntó-: ¿Lo acompañaba Domenico?

– No. Por favor, hablaremos de esto en otro momento. -Me sentía absolutamente agotada. Me recogí las faldas y subí la escalera, sin preocuparme de que él estuviese detrás y observase cada uno de mis pasos.

En mi habitación, Zalumma dormía tranquilamente. No quise despertarla. Sin desvestirme, me asomé a la ventana para contemplar las estrellas. Sabía que también brillaban en la villa, en Careggi, y sentí que al mirarlas continuaba vinculada a aquellos que mantenían la vigilia.

Llevaría allí alrededor de una hora cuando una luz brilló en las alturas; atravesó la negra cúpula del firmamento seguida por una refulgente estela que se esfumó rápidamente.

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