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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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– Ya te dije, Publio Rutilio -contestó Mario, sonriente-, que ni el padre Neptuno osaría desbaratar los planes de Metelo. En realidad no ha sido ésa tu única suerte, pues si hubieses estado en Roma, te habría competido la ingrata tarea de ir a ver a los aliados itálicos para convencerlos de que aportaran tropas.

– Que es lo que tú has estado haciendo, ¿no?

– Desde primeros de enero, cuando a Metelo le cayó en suerte organizar la guerra en Africa contra Yugurta. Bah, no fue difícil reclutar tropas, dado que toda Italia ardía en deseos de vengar la afrenta de pasar bajo el yugo. Pero cada vez es más difícil encontrar hombres adecuados -contestó Mario.

– Entonces más vale que el futuro no depare más desastres militares a Roma -añadió Rutilio Rufo.

– Esperemos.

– ¿Cómo se ha portado Metelo contigo?

– Muy educadamente y lleno de consideración -contestó Mario-. Vino a verme al día siguiente de su nombramiento y al menos tuvo la cortesía de exponerme sinceramente sus motivos. Le pregunté qué quería de mí, y de ti por ende, que tanto le habíamos ridiculizado cuando la campaña de Numancia, y me dijo que Numancia le importaba un bledo. Que lo que le importaba era ganar la guerra de Africa y que el mejor modo de lograrlo era contar con los servicios de los dos hombres más preparados para enfrentarse a la estrategia de Yugurta.

– Muy listo -dijo Rutilio Rufo-. Así, como comandante en jefe, la gloria será para él. ¿Qué importa quién le haga ganar la guerra, si será él quien desfile en el carro triunfal y reciba todos los abrazos? El Senado no nos va a conceder a ti ni a mí el sobrenombre de Numídico, sino a él.

– Bien, a él le hace más falta que a nosotros. Metelo es un Cecilio, Publio Rutilio, lo que significa que es la cabeza la que rige su corazón, sobre todo cuando su piel está en juego.

– ¡Ah, lo has expresado muy acertadamente! -dijo Rutilio con admiración.

– Ya está presionando para que el Senado prolongue su mandato en Africa un segundo año -añadió Mario.

– Lo que demuestra que ha tomado bastante bien la medida a Yugurta todos estos años para comprender que someter a Numidia no va a ser fácil. ¿Cuántas legiones lleva?

– Cuatro. Dos romanas y dos itálicas.

– Más las tropas que ya hay estacionadas en Africa… unas dos legiones más. Sí, lo conseguiremos, Cayo Mario. Coincido contigo.

Mario se levantó del escritorio y fue a servir vino.

– ¿Qué es eso que he oído de Cneo Cornelio Escipión? -inquirió Rutilio Rufo, cogiendo a tiempo la copa que Mario le tendía, pues éste se echó a reír y derramó la suya.

– ¡Oh, Publio Rutilio, fue estupendo! De verdad, cada vez me sorprenden más las bufonadas de los viejos nobles romanos. A Escipión le habían respetablemente elegido pretor, concediéndole el gobierno de la Hispania Ulterior, cuando se echaron a suertes las provincias de los pretores. ¿Y sabes lo que hace? Ponerse en pie en el Senado y declinar solemnemente el honor de ser gobernador de la Hispania Ulterior. ¿Por qué?, pregunta atónito Escauro, que había supervisado el sorteo. Y Escipión le contesta: "Porque, sinceramente, lo encuentro muy atractivo. Arrasaría la provincia." La cámara se venía abajo de vítores, gritos de alegría, patadas y aplausos. Cuando por fin cesó el alboroto, Escauro le dice: "De acuerdo, Cneo Cornelio, arrasaríais la provincia." Así que ahora van a enviar a Quinto Servilio Cepio en su lugar.

– El también la arrasará -dijo Rutilio Rufo, sonriendo.

– ¡Claro, claro! Lo saben todos, hasta el propio Escauro. Pero Cepio al menos tiene la gracia de fingir que no, de modo que Roma cierre los ojos a lo que se hace en Hispania y la vida siga su curso -replicó Mario, volviendo a sentarse tras el escritorio-. Me encanta este sitio, Publio Rutilio, de verdad.

– Me alegro de que a Silano no le envíen fuera.

– ¡Por suerte, alguien tiene que gobernar Roma! Qué excusa! Está claro que en el Senado hubo sus más y sus menos por prorrogar el cargo de gobernador de Macedonia a Minucio Rufo. Y una vez cubierto eso, a Silano no le quedaba más que Roma, en donde las cosas más o menos siguen como siempre. Silano a la cabeza de un ejército es una perspectiva capaz de espantar al propio Marte.

– ¡Desde luego!

– Hasta ahora ha sido un buen año -añadió Mario-. No sólo se salvó Hispania de la suave mano de Escipión, y Macedonia de la de Silano, sino que en la propia Roma han disminuido notablemente los villanos, si se me perdona que califique de villanos a algunos de nuestros consulares.

– ¿Te refieres a la Comisión Mamilia?

– Exactamente. Bestia, Galba, Qpimio, Cayo Catón y Espurio Albino han sido condenados, y aún quedan más procesos, y no es de extrañar… Cayo Memio ha asistido a ellos con gran asiduidad. Mamilio obtuvo pruebas de connivencia con Yugurta, y Escauro es un presidente de tribunal implacable, pues, aunque intervino en defensa de Bestia, luego cambió y votó su condena.

– Un hombre debe ser flexible -dijo Rutilio Rufo sonriendo-. Escauro tiene que ganarse su candidatura al consulado mostrando independencia, pero sin eludir su obligación para con el tribunal. Escauro menos que nadie.

– El menos que nadie.

– ¿Y adónde han ido los condenados? -inquirió Rutilio Rufo.

– Unos cuantos han elegido Massilia como lugar de exilio, pero Lucio Opimio optó por la Macedonia occidental.

– Y Aulo Albino se salvó.

– Sí; Espurio Albino asumió toda la culpabilidad y el Senado votó para permitírselo -contestó Mario con un suspiro-. Fue un buen razonamiento legal.

Julia entró en parto en los idus de marzo, y cuando las comadronas comunicaron a Mario que no iba a ser nada fácil, él avisó inmediatamente a los padres de su esposa.

– Nuestra sangre es demasiado antigua y gastada -dijo preocupado César a Mario en el despacho de éste, a donde esposo y padre se habían retirado unidos por un mutuo cariño y temor.

– ¡La mía no! -replicó Mario.

– ¡Pero eso a ella no la servirá de nada! Quizá ayude a su hija, si es que la tiene, y debemos dar gracias por ello. Yo esperaba que al casarme con Marcia mi linaje recibiese un refuerzo de sangre plebeya, pero, por lo que se ve, Marcia es aún demasiado noble. Su madre era patricia, una Sulpicia. Ya sé que hay quien dice que la sangre debe mantenerse pura, pero yo cada vez me doy más cuenta de que las mujeres de las antiguas familias muestran tendencia a sufrir hemorragia en el parto. ¿Por qué, si no, es mucho más alta la proporción de mortalidad femenina entre las familias antiguas que entre las demás? -dijo César, pasándose la mano por su plateado cabello.

Mario no podía estarse sentado; se puso en pie y comenzó a pasear de arriba abajo.

– Al menos cuenta con todos los cuidados necesarios -dijo, haciendo un ademán en dirección a la habitación del parto, de la que aún no había salido ningún vagido.

– El otoño pasado no pudieron salvar al sobrino de Clitumna -dijo César, cediendo al pesimismo.

– ¿Quién? ¿Os referís a esa deleznable vecina vuestra?

– Sí, a esa Clitumna. Su sobrino murió en septiembre, tras una grave enfermedad. Parece que era joven y estaba sano. Los médicos hicieron cuanto estuvo en su mano, pero no pudieron evitar que muriese. Lo tengo grabado en la memoria.

– ¿Y por qué habríais de tenerlo grabado en la memoria? -replicó Mario, mirando de hito en hito a su suegro-. ¿Qué relación existe?

– Las cosas siempre suceden en trío -contestó César mordiéndose el labio-. La muerte del sobrino de Clitumna se ha producido muy cerca de vos y de mí. Tiene que haber más muertes.

– Pues si así ha de ser, se producirán en esa familia.

– No necesariamente. Tiene que haber tres muertes, relacionadas de alguna manera. Pero hasta que no se produzca la segunda, reto a cualquier adivino a que diga cuál es la relación.

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