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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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Durante unos segundos el semielfo forcejeó, mas al fin se agotaron sus energías y emitió un trémulo suspiro.

—Es mudo —le recordó Riverwind con tono firme— Aunque quisiera responderte no puede hablar.

—Sí puedo.

Los tres se paralizaron, acertando tan sólo a mirar sobresaltados al Hombre de la Joya Verde.

—Puedo hablar —insistió éste en lengua común. Con aire ausente procedió a acariciarse el cuello, donde las marcas de los dedos de Tanis se destacaban rojizas sobre su curtida piel.

—Entonces ¿por qué finges lo contrario? —inquirió Tanis respirando hondo.

—Nadie hace preguntas a un mudo —fue la escueta respuesta de Berem, que seguía frotándose la garganta con la mirada prendida del semielfo.

Tanis hizo un esfuerzo de voluntad para no perder la calma y reflexionar sobre aquel misterio. Consultó con los ojos a la pareja de las Llanuras. Mientras Riverwind fruncía el ceño y meneaba la cabeza, Goldmoon se encogía de hombros. Tras unos instantes de vacilación, acercó otra silla de madera a fin de sentarse frente a Berem pero, descubriendo que el respaldo estaba resquebrajado, procuró no apoyarse.

—Berem —el semielfo hablaba despacio en un intento de refrenar su impaciencia—, nos has confiado tu secreto. ¿Significa eso que vas a contestarnos?

El piloto escudriñó el rostro de su oponente antes de asentir en silencio.

—¿Por qué?

—Tenéis que ayudarme a salir de aquí, no puedo quedarme en este lugar —dijo Berem humedeciendo sus labios y lanzando una nueva mirada a su alrededor.

Tanis sintió un escalofrío, pese a la tibia temperatura que reinaba en la estancia.

—¿Acaso corres algún riesgo, o son nuestras vidas las qué peligran? ¿Dónde nos encontramos?

—Lo ignoro. No sé dónde estamos, pero presiento que debo marcharme. ¡He de regresar! —Su voz era la de una criatura indefensa.

—¿Por qué motivo? Los Señores de los Dragones te persiguen. Uno de ellos —Tanis tosió, pero venció el acceso Y continuó con cierta ronquera— uno de esos Señores me confesó que tú eras la clave de la victoria de la Reina de la Oscuridad. ¿Por qué, Berem? ¿Qué tienes para que te busquen de un modo tan desesperado?

—¡No lo sé! —exclamó el piloto cerrando el puño—. Lo único que puedo afirmar es que me acechan sin tregua. ¡He huido de ellos durante años! Nunca tuve un momento de respiro.

—¿Cuánto tiempo ha durado esa pesadilla, Berem? —siguió indagando el semielfo, ya apaciguado.

—¡Lustros, decenios, siglos! —farfulló él con voz entrecortada—. No sabría contarlos. —Lanzó un suspiro, y pareció volver a sumirse en su tranquila complacencia—. Tengo trescientos veintidós años... ¿o son trescientos veinticuatro? —Se encogió de hombros—. A lo largo de todo ese tiempo la Reina ha tratado incesantemente de capturarme.

—¡Mas de tres siglos! —se asombro Goldmoon—. ¡Pero si eres humano! No es posible.

—Sí, pertenezco a la raza humana —asintió Berem centrando su mirada en la mujer de las Llanuras—. Sé que es imposible, y lo cierto es que he muerto... muchas veces.—Ahora sus azules ojos se clavaron en Tanis—. Tú me viste perecer en Pax Tharkas. Te reconocí cuando subiste a bordo del Perechon para negociar con la capitana.

—Creímos que habías sucumbido en el desprendimiento de las rocas —rememoró el semielfo—. Pero volvimos a verte vivo en el banquete nupcial. Sturm y yo mismo...

—Sí, también yo me percaté de vuestra presencia. Por eso huí, temía enfrentarme a más preguntas —Berem meneó la cabeza—. ¿Cómo podía explicaros mi supervivencia cuando incluso yo ignoraba el motivo? Lo único que sé es que muero y vuelvo a renacer —hundió el rostro entre sus manos—, sin obtener nunca la paz que anhelo.

Tanis estaba completamente desconcertado. Mientras se rascaba la barba contemplaba con fijeza a aquel hombre, diciéndose que había mentido. No en la historia que acababa de relatarles sobre el continuo resurgir de sus propias cenizas, ese fenómeno lo había presenciado el semielfo, pero si la Reina Oscura había movilizado a todas las fuerzas de las que podía prescindir en la guerra para dar con él, se antojaba inverosímil que desconociera sus motivos.

—Berem, ¿cómo se incrustó la joya verde en tu carne?

—No lo sé —respondió el interpelado con voz tan queda que apenas lo oyeron. Consciente de la singularidad de esta circunstancia, apretó la mano contra su pecho como si le oyera la gema—. Forma parte de mi cuerpo, al igual que los huesos y la sangre. Creo que es la causante de que vuelva a la vida una y otra vez.

—¿Podrías arrancártela? —preguntó Goldmoon, sentándose en un cojín junto al piloto y posando suavemente la mano en su brazo.

Berem agitó la cabeza con tal violencia que su cano cabello le cubrió los ojos.

—Lo he intentado—farfulló— en numerosas ocasiones pero sería más fácil desprender el corazón de las arterias.

Tanis se estremeció, presa de una creciente impaciencia. ¡No les prestaba la menor ayuda! Ignoraba dónde habían ido a parar después del naufragio, y esperaba que Berem se lo revelase. De nuevo examinó su entorno. Se hallaban en una estancia de algún antiguo edificio, iluminada por una luz misteriosa que parecía provenir del musgo que cubría los muros cual un inmenso tapiz. Los muebles, tan añejos como la sala, estaban en condición ruinosa pese a que en su época debieron poseer una gran riqueza. No había ventanas, ni se oía ruido en el exterior. Ni siquiera acertaba a calcular cuánto tiempo habían permanecido en aquel lugar cerrado, pues sólo rompían la monotonía los inquietos intervalos de sueño y sus frugales comidas a base de unas extrañas plantas.

Tanis y Riverwind exploraron el edificio, mas no descubrieron salida alguna ni indicios de vida. El semielfo incluso se preguntaba si una criatura invisible les había envuelto en un hechizo para impedir su huida, pues cada vez que se aventuraban por los sombríos pasillos trazaban una elipse inexplicable que los conducía, de nuevo, al punto de partida.

Tampoco recordaban con exactitud lo ocurrido después de que la nave se zambullera en el remolino. Tanis tenía grabado en su memoria el estrépito de las planchas de madera, la visión de un mástil que se rompía mientras las velas se rasgaban a su alrededor. Había oído gritos y contemplando cómo el cuerpo de Caramon era arrastrado por una ola gigantesca junto a Tika, cuyos rojizos tirabuzones se agitaron en las aguas antes de desaparecer. Kitiara y su montura se perfilaban también en su mente, las huellas de los arañazos del dragón trazaban aún surcos en la piel de su brazo. De pronto, otra ola se abalanzó sobre ellos... el semielfo contuvo la respiración hasta creerse a punto de estallar a causa del punzante dolor de sus pulmones pensó en ese instante que la muerte sería la solución más fácil, si bien luchó para asirse a un listón de madera. Logró salir a la superficie en el embravecido mar, pero fue succionado de nuevo en el torbellino y supo que había llegado su fin...

Sin embargo, despertó en esa extraña sala, empapada su ropa de agua salada, y no tardó en comprobar que Riverwind, Goldmoon y Berem estaban a su lado.

Al principio el piloto parecía sentir pánico de la presencia de los compañeros. Se agazapó en un rincón y rechazó sus intentos de aproximársele. Con su proverbial paciencia la mujer de las Llanuras le habló y le proporcionó alimento, hasta que sus atenciones se ganaron la voluntad de aquel singular humano. Tanis comprendió que también su anhelo de salir de aquel lugar había contribuido a hacerle cambiar de actitud.

Cuando empezó a interrogar a Berem, el semielfo estaba persuadido de que éste había conducido deliberadamente la nave hacia el remolino porque conocía la existencia del edificio donde ahora se encontraban.

Su expresión entre perpleja y asustada, no obstante, ponía de manifiesto que tampoco Berem tenía la menor idea de su actual paradero. El mero hecho de que hubiera accedido a hablar con ellos constituía una innegable evidencia de que sus revelaciones eran ciertas. Se hallaba sumido en la desesperación, quería huir a cualquier precio... ¿por qué?

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