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Un Puente Sobre El Drina

Электронная книга - «Un Puente Sobre El Drina». Краткое содержание книги:

Ivo Andric, connotado escritor de origen bosnio (1892-1975), cre? en los a?os de la Segunda Guerra Mundial una trilog?a novel?stica denominada ‘de los Balcanes’. Del primero de sus t?tulos, ‘Cr?nica de Travnik’, ya hay gran rese?a en Hislibris. Esta es la presentaci?n del segundo: ‘Un puente sobre el Drina’.
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– ¡Oh! ¡Muchacha, ooooooh!

Grande es el desorden. Pero aún más -grande es la efervescencia creada por las mujeres, madres, hermanas y parientes de aquellos muchachos, las cuales acudieron de pueblos distantes para acompañarlos, para contemplarlos otra vez, para llorar y dar rienda suelta a toda su amargura, para ofrecerles durante el camino una última golosina o una última prueba de ternura. La plaza del mercado estaba llena de mujeres. Se hallaban sentadas, petrificadas, como si esperasen una condena; hablaban entre ellas y, de vez en cuando, enjugaban sus lágrimas con la punta de los pañolones.

En vano había sido anunciado públicamente en los pueblos que los muchachos no iban a ir a la guerra ni a trabajos forzados, sino a Viena para servir al emperador, y que estarían bien alimentados, vestidos y calzados, y que, después de dos años de servicio, volverían a casa, y que además los jóvenes de todas las otras regiones del Imperio también hacían el servicio militar que duraba tres años. Todas aquellas explicaciones pasaban junto a ellas como el viento, como algo extraño y totalmente incomprensible.

Sólo escuchaban sus instintos y sólo por ellos se dejaban dirigir. Ahora bien, aquellos instintos seculares y hereditarios las hacían llorar y gemir, las empujaban a acompañar obstinadamente, mientras tuviesen fuerzas, y a seguir con una última mirada al ser que más querían en la vida y que un emperador extranjero se llevaba a un país desconocido, camino de pruebas y de tareas ignoradas. Los guardias y los funcionarios del cuartel general circulaban inútilmente entre ellas, asegurándoles que no había motivo para una tristeza tan exagerada, aconsejándoles que no entorpeciesen el paso, que no corriesen por la carretera tras los reclutas, que no creasen desorden ni confusión, puesto que todos regresarían sanos y salvos.

Era en vano. Las mujeres los escuchaban, aprobaban con aire obtuso y servil, pero inmediatamente después, se deshacían en lágrimas, sin dejar de lanzar gritos desgarradores. Parecía que amaban tanto sus lágrimas y sus gemidos como aquel a quien lloraban.

Llegado el momento de ponerse en camino, cuando los muchachos se dispusieron, según es costumbre, en filas de a cuatro y atravesaron el puente, se produjo una bulla y una carrera tales que los guardias más tranquilos tuvieron dificultad en mantener su presencia de ánimo. Las mujeres corrían y, librándose de las manos de los guardias para acudir cada una junto a su ser querido, se empujaban y se hacían caer. Sus clamores se mezclaban con las llamadas, con las súplicas y los últimos consejos. Algunas corrían hasta ponerse delante del convoy de reclutas que era conducido por cuatro guardias, y caían a sus pies, se golpeaban el pecho y gritaban:

– ¡Por encima de mi cuerpo! ¡Tendrá que pasar por encima de mi cuerpo!

Los hombres las levantaban, no sin dificultad, separando con precaución sus botas y sus espuelas de aquellas cabelleras despeinadas y de aquellas faldas en desorden.

Algunos de los muchachos, avergonzados, conminaban ellos mismos, en movimientos irritados, a las mujeres para que volviesen a casa. Pero la mayoría de los reclutas cantaban o lanzaban gritos, lo que aumentaba aún más el bullicio. Ciertos habitantes de la ciudad, pálidos de emoción, cantaban al unísono, a la usanza del lugar:

En Sarajevo y en Bosnia

Están afligidas las madres

Que mandan a sus hijos

Como reclutas al emperador.

La canción aumentaba los llantos.

Cuando, a duras penas, lograron cruzar por fin el puente sobre el cual el convoy estaba estancado, y tomaron la carretera de Sarajevo, a ambos lados se encontraban esperándoles filas de gentes de la ciudad que habían salido para despedir a los reclutas y para compadecerlos como si fuesen a fusilarlos. Y había muchas mujeres que lloraban aunque no hubiese ninguno de los suyos entre los que se marchaban. Porque la mujer siempre tiene una ocasión para llorar, aunque, desde luego, sea más dulce llorar con motivo de las tristezas del prójimo.

Pero, poco a poco, aquellas filas de los lados se fueron haciendo más claras. Unas tras otras, las campesinas se iban marchando. Las más obstinadas eran las madres, que corrían alrededor del convoy como si tuviesen quince años, y saltaban la cuneta, tratando de engañar a los guardianes y de permanecer lo más cerca posible de sus hijos. Viendo aquello, los mismos muchachos, pálidos de emoción y de una especie de enfado, se volvían y gritaban:

– ¡Te digo que vuelvas a casa!

Pero las madres continuaban largo rato, ciegas a todo, salvo a aquellos hijos que eran llevados lejos, no escuchando otra cosa que sus propios lamentos.

Aquellos días agitados pasaron. La gente se dispersó por los pueblos y se hizo la paz en la ciudad. Y cuando empezaron a llegar de Viena las cartas y las primeras fotografías de los reclutas, todo resultó más fácil y más soportable. Las mujeres también lloraron ante aquellas cartas y aquellas fotografías, pero era el suyo un llanto más dulce y más tranquilo.

El Streifkorps fue disuelto y abandonó la ciudad. Ya hace tiempo que en la kapia no se monta guardia y todo el mundo vuelve a sentarse en ella como antaño.

Han pasado rápidamente dos años. Y con el otoño, vuelven los primeros soldados, limpios, con el pelo al cero y bien alimentados. La gente se reúne alrededor de ellos; escucha la narración de su vida militar y la grandeza de las ciudades que han visto; en sus palabras se mezclan nombres insólitos y expresiones extranjeras. Cuando se marcha el siguiente contingente de hombres, son menores los llantos y las alarmas.

En general, todo se hace más sencillo y más corriente. Surge una generación que no tiene demasiados recuerdos claros y vivos del tiempo de los turcos y que, en muchos aspectos, ha adoptado los nuevos modos de vida. Pero, en la kapia, se respetan las antiguas costumbres de la ciudad. Sin tener en cuenta la nueva manera de vestir, las profesiones y los negocios del momento, vuelven a ser los mismos ciudadanos de otros tiempos, respetando las charlas que habían sido y que continuaban siendo para ellos una verdadera necesidad del corazón y de la mente.

Los reclutas parten sin revuelos y sin agitación. Sólo en los relatos de los ancianos se menciona a los haiduks. La guardia del Stretfkorps ha sido olvidada, como también lo fue la antigua guardia turca de la época en que hubo un reducto en la kapia.

CAPITULO XIV

La vida en la ciudad se animaba cada vez más, parecía más ordenada y más rica, adquiría una marcha armoniosa y ofrecía un equilibrio desconocido hasta entonces, ese equilibrio al que aspiran todos los seres en cualquier parte y en cualquier época, y que alcanzan muy raramente, de modo parcial y sólo por algún tiempo.

En las ciudades lejanas y desconocidas para nosotros, desde las que se gobernaba nuestro país, se había establecido por aquel entonces -en el último cuarto de siglo XIX- uno de esos escasos y breves períodos tranquilos que surgen en las relaciones humanas y en los acontecimientos sociales. Llegaba un poco de esta tranquilidad a nuestras regiones perdidas, de igual modo que el gran silencio del mar se hace sentir en las bahías más distantes.

Fueron las tres décadas de relativa prosperidad y de paz aparente -al estilo Francisco José-, durante las cuales muchos europeos creyeron haber encontrado la fórmula infalible para la realización del sueño secular del desenvolvimiento completo y feliz de la persona humana dentro de la libertad universal y del progreso. El siglo XIX ofrecía a los ojos de millones de hombres sus múltiples e ilusorios beneficios y creaba un espejismo de confort, de seguridad y ventura para todos, por medio de precios asequibles y de ventas a plazos. Pero a aquella ciudad perdida de Bosnia no llegaban, de toda la vida del siglo XIX, más que unos ecos apagados, y aun éstos, en la medida y bajo la forma en que un medio oriental atrasado podía recibirlos, comprendiéndolos y aplicándolos a su manera.

Después que hubieron pasado los primeros anos de desconfianza, de incertidumbre, de duda y de inseguridad, la ciudad empezó a encontrar su sitio en el nuevo orden de cosas. El pueblo hallaba en él paz, beneficios y seguridad. Y eso bastaba para que la vida, la vida exterior, empezase también a marchar por la vía del perfeccionamiento y del progreso. Todo lo demás quedaba relegado a ese segundo plano oscuro del conocimiento, en el que habitan y bullen los sentimientos elementales, las creencias imprescindibles de las diversas razas, religiones y castas, creencias que, aun pareciendo muertas y enterradas, preparan para épocas ulteriores y lejanas cambios y catástrofes inesperados, de los cuales, según parece, no pueden prescindir los pueblos y, sobre todo, el pueblo de este país.

Tras los primeros errores y los primeros conflictos, el nuevo gobierno produjo en las gentes una impresión neta de firmeza y de continuidad. (El mismo estaba impregnado por esa ilusión sin la cual no existe un poder permanente y fuerte.) Era impersonal, ejercía su poder de un modo indirecto y, en consecuencia, resultaba más fácilmente soportable que el antiguo régimen turco. Todo lo que en él había de crueldad y de rapacidad, estaba cubierto por una capa de decoro, por el esplendor y por las formas tradicionales. La gente temía a las autoridades, pero del mismo modo que se teme a la muerte o a la enfermedad, y no como se tiembla ante la maldad, la desgracia y la violencia. Los representantes del nuevo gobierno, tanto militares como civiles, eran en su mayoría extranjeros y no conocían al pueblo de nuestro país. Resultaban insignificantes, pero se veía que eran los minúsculos engranajes de un gran mecanismo, y que cada uno tenía tras de sí, formando largas filas constituidas por innumerables escalones, una serie de hombres más poderosos y de instituciones más altas. Aquello les daba un carácter que excedía en mucho a su personalidad, y una influencia mágica a la cual todos se sometían fácilmente. A causa de sus títulos, que en la ciudad parecían importantes, de su impasibilidad y de sus costumbres europeas, inspiraban a aquel pueblo, del que eran tan diferentes, confianza y respeto, y no provocaban ni envidia ni críticas, aunque, en el fondo, no resultasen simpáticos ni se los quisiese.

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