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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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Dozer observó cómo el helicóptero ascendía medio metro. A medida que lo hacía, se le dispararon todas las alarmas. Miró a sus compañeros, y pudo ver en la mirada de Susana que al menos ella compartía su nerviosismo. "Mala cosa", pensó.

Susana podía ver las señales; esa mujer les había salvado la vida más de una vez con su sexto sentido.

– ¡Jaime!… ¡JAIME! ¡BÁJALO!

Se le veía absorto, mirando hacia delante y a las palancas de mando al mismo tiempo.

– ¡NO TE ESCUCHA! -chilló Uriguen.

Dozer se movió un poco hacia delante, de forma que hubiera más posibilidades de que Jaime le viera con la vista periférica. Movía los brazos haciendo grandes aspavientos.

– ¡BÁJALO, JAIME! ¡YA BASTA, BÁJALO!

El helicóptero se inclinó apenas perceptiblemente y se desplazó unos centímetros hacia delante describiendo un ligerísimo vaivén. Dozer se congeló, incapaz de decidir qué hacer a continuación. José avanzó unos pasos, como si tuviese en mente sujetar las aletas. Pero en ese momento, el helicóptero empezó a girar de cola hacia la izquierda: el pequeño rotor trasero se cernía lentamente sobre el equipo de Dozer.

– ¡JAIMEEE! -chillaba éste, agitando los brazos más rápidamente a medida que la cabina desaparecía de su vista.

Susana se retiró al interior de las escaleras, pero José y Uriguen estaban más separados. José se tiró al suelo y puso sus manos sobre la nuca para dejar que el rotor pasara por encima de él, y Uriguen se apretó contra la pared, a la expectativa de lo que pasara después. La cola siguió su trayectoria cobrando cada vez más velocidad. Si seguía ese rumbo, calculó Dozer, ya no podría volver a aterrizar; las aletas pendían ya prácticamente fuera de la plataforma de aterrizaje.

Entonces el helicóptero giró con inesperada velocidad, descargando un poderoso coletazo contra Dozer, que fue arrojado al suelo con violencia y arrastrado varios metros. El aparato estaba fuera de control.

En el interior de la cabina, Jaime notó el golpe contra Dozer. No entendía qué estaba pasando, bien fuera porque los mandos eran más sensitivos que los controles que había utilizado en su simulador, o porque había algo que éste no había contemplado y de lo que nada sabía. Atenazado por el nerviosismo, comprendió que de seguir así podría provocar que el helicóptero escorase hacia cualquier lado, y entonces las aspas podrían chocar contra el edificio, o aun peor, alcanzar al resto del grupo. Así que accionó los controles y obligó al helicóptero a elevarse hacia cielo abierto; seguramente allí podría acabar de entender las sutiles pero definitivas diferencias con el control del aparato.

– Dios mío… -susurró Dozer desde el suelo, sintiendo una quemazón in crescendo que nacía de las costillas. Miraba cómo el helicóptero iniciaba el ascenso.

José llegó corriendo a su lado, seguido de Uriguen y Susana.

– ¿Estás bien? -preguntó.

– Estoy a tomar por culo de estar bien -soltó Dozer, con la mano en el costado y sin perder de vista el helicóptero. José siguió su mirada: el aparato estaba describiendo una media circunferencia en el aire y empezaba a ladearse sobre un costado a gran velocidad. Entonces se enderezó sólo para comenzar a avanzar con el morro inclinado hacia abajo, alejándose cada vez más del edificio.

– Dozer… el chico… -dijo Susana.

– Lo controlará, ya lo verás… lo conseguirá.

Pero el helicóptero volaba como una libélula en medio de una nube de humo de hachís. Por un momento cayó con brusquedad hacia la calle, una avenida ancha con una rotonda en el centro. Luego remontó, girando peligrosamente sobre sí mismo, y por fin fue a dar de costado contra el edificio que se levantaba en el extremo opuesto de la avenida. El impacto fue terrible: el sonido de las aspas se trocó en una pesadilla mecánica que por fin se detuvo con un ruido quejumbroso y metálico. Se levantó una enorme polvareda y cayeron grandes cascotes contra la calle. Susana miraba con ambas manos tapándose la boca. Cuando por fin pudieron ver algo, se encontraron con la visión espantosa del aparato incrustado contra la fachada, con la cola asomando hacia fuera. La cabina había acabado dentro de una habitación, sepultada por escombros. Allí moría el viejo sueño de Aranda de sobrevolar la ciudad, buscando otros supervivientes, de aterrizar en los tejados de los centros comerciales para conseguir abastecimiento, de mudar fácilmente el campamento a otros destinos menos inhóspitos, lejos de la ciudad.

– Dios bendito… -dijo al fin Susana.

– No… no ha explotado… -dijo José, sin perder de vista el aparato siniestrado-. ¡Jaime puede estar vivo!

– Puede estar vivo… -repitió Uriguen.

Susana se asomó al borde de la plataforma. El espectáculo era pavoroso: los zombis se movían frenéticamente, aullaban y agitaban los brazos como depredadores a punto de abalanzarse sobre sus presas. El impacto les había despertado.

– Hay muchísimos. Más de lo habitual.

– No importa, tenemos que ir a por Jaime -dijo Uriguen.

– Y lo haremos.

– Joder que sí -dijo José.

– Yo no voy a poder, chicos -dijo Dozer-. Creo que me he roto un par de costillas. Duele un huevo. Pero si me acercáis al borde os cubriré desde aquí. Aún puedo disparar.

– Vale… -dijo Susana con aire de preocupación-. Entonces mejor que nos demos prisa; si está vivo el tiempo es esencial, podría necesitar ayuda médica.

Movieron a Dozer con todo el cuidado que les fue posible hacia el borde del helipuerto y le acercaron su fusil. Era una magnífica posición; desde allí podía cubrir toda la rotonda y el camino que debían seguir sus compañeros hasta llegar al edificio de enfrente. No intercambiaron muchas palabras más: salieron corriendo hacia el piso de abajo con una sombra de preocupación velando sus rostros.

XXVII

Perdieron la cuenta de cuánto tiempo habían estado avanzando a ciegas por los túneles. Habían perdido las linternas, pero sus ojos no tardaron en acostumbrarse a las penumbras que se rompían de tanto en cuando por las ocasionales pequeñas rejillas que comunicaban con la calle. Intentaron retroceder, volviendo por el mismo camino, hasta la casa refugio de la calle Beatas, pero pronto descubrieron que se habían perdido, porque recorrían galerías abovedadas que no reconocían.

– ¿Dónde nos equivocamos? -preguntó Moses, más para sí mismo que dirigiéndose a Isabel.

– No importa… tenemos que seguir… ¡escucha!

Y Moses, con la mirada ausente, se concentró en ello. Efectivamente, aunque distantes, los inquietantes sonidos de los aullidos histéricos de los muertos les llegaban en ominosos ecos desde algún punto indeterminado detrás de ellos.

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