Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
Isabel pareció necesitar unos instantes para asimilar sus palabras.
– ¿Pero cómo pudimos atravesar el río? -preguntó al fin.
– No estoy seguro. Pero recuerdo que descendimos por unas escaleras estrechas… uno o dos pisos, ¿recuerdas?
– Sí… es verdad…
– Quizá pasamos por debajo.
– Entonces… -dijo Isabel, poniéndose finalmente en pie-, ¿podemos hacerlo?
– Sí, creo que sí. Podemos hacerlo -contestó Moses con una sonrisa.
Volvieron a caminar, aunque mucho más animados que la última vez y no tan rápido. Procuraban no perder el rumbo, lo que no siempre era fácil, porque de tanto en cuando una pared de cemento les cortaba el paso y tenían que desviarse temporalmente hasta volver nuevamente sobre la pista, unos metros más allá.
Mientras progresaban bajo las calles de la ciudad, Isabel, casi en susurros, se había entregado a un monólogo trivial sobre el estado de las alcantarillas, pero Moses, consciente quizá de que se trataba de una manera de aliviar tensión, perdió el interés en poco tiempo. En cambio, su mente le torturaba recreando con vividas imágenes cómo el sacerdote había arrojado a los muertos al cráter, y cómo éstos se habían subido a horcajadas sobre el Cojo y le habían desgarrado la piel, la carne y, en última instancia, la vida misma. Sentía una ira contenida, poderosa, latente, despiadada. Sabía que si volvían a encontrarse, descubriría una nueva, oscura y desconocida versión de sí mismo. Y se regocijaba pensando que, además, le importaba una mierda.
Una media hora más tarde, Moses se detuvo junto a una entrada de alcantarilla.
– ¿Vas a mirar de nuevo? -preguntó Isabel.
– Sí.
– De acuerdo… pero ten cuidado. Por favor.
Algo en la forma en la que había expresado su ruego hizo que Moses, a punto de deslizar la tapa de la alcantarilla, se detuviese. Se volvió para mirarla, y le sorprendió descubrir cuan menuda y joven la veía ahora. Fue consciente por primera vez de que ahora sólo le tenía a él. Siempre había considerado que Isabel era una mujer fuerte, pero ahora su precario mundo de supervivencia se había agrietado, los muros resquebrajados, su esperanza derruida. Estaba, o se sentía, sola.
– Todo irá bien -dijo, ofreciéndole un intento de sonrisa.
El exterior se presentaba inusualmente despoblado. Estaban, efectivamente, en la avenida principal, pero habían emergido por uno de los extremos, junto a la acera. Justo al lado se levantaba un puesto de lotería de la ONCE, y formando una hilera interminable, había coches aparcados, lo que les protegía de la vista de la calle.
Se animaron a salir para tener una visión más completa de la calle. Allí, agazapados tras uno de los coches, escudriñaron la ancha avenida. Faltaban apenas quinientos metros para llegar a la rotonda de la comisaría, pero si bien no había demasiados espectros en el centro de la calle, en la distante plaza el número era sensiblemente mayor.
– Estamos ya bastante cerca -dijo Moses en un susurro-. Si avanzamos en esa dirección y procuramos no perder el camino, llegaremos a Carranque en unos veinte minutos.
– Suena muy bien -comentó Isabel.
– Pues vamos abajo, antes de que alguno repare en nosotros.
– Espera, Mo… ¿escuchas eso? -preguntó, con la cabeza ladeada, como si quisiera concentrarse en algún sonido distante.
Moses escuchó. Había algunos muertos vivientes caminando por la calle, y el ruido de sus pasos les llegaba hasta ellos, monótono y desapacible.
– No… ¿qué?
– ¡Escucha!
Entonces le pareció oír un rumor lejano, apenas distinguible, como el de un motor evolucionando con una cadencia constante.
– Es…
– ¿Un motor? -interrumpió Isabel.
– Podría ser…
– Viene de allí, de la plaza.
Moses se concentró en el sonido, que parecía volverse más agudo y fuerte a medida que escuchaba. Y entonces lo vieron aparecer por encima de los edificios del lado izquierdo de la avenida: un precioso helicóptero blanco y azul en cuyo lateral se podía leer una palabra escrita con grandes caracteres altos y delgados:
POLICÍA
Pero antes de que pudiesen decir nada, el helicóptero describió un peligroso viraje y cayó a gran velocidad hacia el suelo. Isabel apenas pudo contener un pequeño grito. Luego el aparato giró sobre su eje varias veces y terminó avanzando de lado, en suave aceleración, hacia los edificios de la derecha.
– ¡Dios mío, se va a estrellar! -exclamó Moses, apretando las manos contra el lateral del coche donde se escondían.
El impacto, que sonó como un trueno metálico, levantó una enorme humareda. Isabel y Moses observaron la nube de polvo evolucionar lentamente, como un espíritu demoniaco que surge de la proverbial lámpara.
– No ha explotado… ¡no ha explotado!
– Oh, Dios mío… -dijo Isabel, sentándose en el suelo. Las manos le temblaban.
– ¡Isabel, no ha explotado! ¡Esa gente puede estar viva! Isabel le miró, comprendiendo lo que quería decir.
– No, Mo… yo… yo no puedo… -dijo con un hilo de voz, sintiéndose al borde de un nuevo ataque de llanto.
– No quiero que vengas, quiero que te quedes aquí. Espérame aquí, ¿me oyes? Vete abajo, cierra la tapa y espérame.
Isabel abrió mucho los ojos, como si le hubiera dicho que tenía que atarse una piedra y tirarse al mar. De repente, la sola idea de quedarse sola le aterraba, pero inmediatamente se odió por ello e intentó reponerse. Había pasado ya por demasiadas cosas como para permitirse una reacción así, de modo que, haciendo un esfuerzo, asintió con un rotundo movimiento de la cabeza y dejó que Moses se fuera, corriendo agazapado tras los coches.
Isabel volvió a la oscuridad de las alcantarillas. Su última mirada antes de zambullirse en su angosto refugio fue para la nube de humo. Tenía la forma de un cráneo deforme con grandes cuencas vacías.
XXVIII
Las diáfanas salas de la comisaría de policía recogían las reverberaciones de las fuertes pisadas del Escuadrón de la Muerte de Carranque a medida que descendían por las escaleras. Bajaban a buen ritmo, saltando los últimos peldaños de cada tramo de cuatro en cuatro. Estaban ya demasiado acostumbrados a esa clase de operaciones como para estar preocupados, pero sin embargo, un velo sombrío los cubría a todos. Jaime podría estar perdiendo sangre, podría estar a punto de morir, o aun peor, si continuaba vivo podría acabar siendo atacado por alguno de los espectros.