Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
En el helipuerto, Dozer municionaba el fusil con otro cargador más. La distancia era bastante, y el costado le dolía ahora tanto que cada respiración se estaba convirtiendo en un nuevo reto, pero no se daba descanso: seguía descargando plomo sobre los espectros que se arracimaban en el portal.
En la cabina del helicóptero, Jaime se esforzó por mantenerse despierto, pero la visión se le nublaba. Escuchaba truenos a lo lejos, contundentes, rítmicos, y quiso decir algo al respecto, pero la cara de Susana se difuminaba cada vez más. Murmuró algo incomprensible mientras la realidad se diluía en un manto negro y, por fin, perdió la consciencia de nuevo .
XXIX
El cielo se había vuelto amarillo, de un color tan pálido que Jaime pensó inmediatamente en las sopas de ajo que comía su abuela. Entonces sintió un regusto metálico en la boca, como a cobre. Paseó la lengua por los dientes y la encía, y entonces lo identificó sin ningún género de dudas: era sangre.
¿Dónde estaba, exactamente? Abrió más los ojos y descubrió que el cielo era en realidad un techo. El techo de una habitación, iluminada por una pequeña lamparilla de noche. Reconoció el lugar, el armario blanco que descansaba contra una pared lleno de vendas y fármacos. Era la enfermería, la enfermería de Carranque.
Una voz familiar le habló desde su lado derecho.
– Eh, hola, chico. ¡Bienvenido!
Era una voz femenina, pero no terminaba de identificarla.
Jaime quiso girarse, pero el cuerpo le dolía bastante. Tenía, además, algo en el cuello que le impedía moverse. Quiso toser, pero descubrió que el solo hecho de prepararse para ello le traía una oleada de dolor en el pecho.
– Tranquilo…, quédate tranquilo. ¿Quieres toser? Espera, te ayudo.
Por fin, la propietaria de la voz se puso a la vista. Era Carmen, una de las mujeres que sobrevivían en el polideportivo. Había hablado varias veces con ella, aunque no la conocía demasiado bien.
Le ayudó a incorporarse un poco y le sujetó las manos para que Jaime pudiera toser un poco. Dolía como si tuviera una cristalería dentro de los pulmones, pero cuando terminó se sintió mejor.
– ¿Cómo estás? -preguntó Carmen.
Jaime, que aún no se sentía capaz de hablar, puso los ojos en blanco.
– Sí, lo sé -dijo Carmen riendo-. Pero no te preocupes, pronto te recuperarás, ya lo verás. Te hiciste polvo dentro de ese helicóptero, y la vuelta hasta Carranque tuvo que ser incluso peor que el golpe… pero los chicos hicieron lo que pudieron. Por lo que cuentan, sacaros de vuelta fue una auténtica odisea. ¿Sabías que Dozer también tiene algunas costillas rotas? Imagínate lo que debió ser cargar con ese hombretón por las alcantarillas, perseguidos por todo un ejército de esas cosas. Jesús bendito… realmente tenéis un ángel pegado a la espalda; con todo ese traqueteo lo más normal es que la costilla rota hubiera perforado algún órgano: el corazón, o los pulmones… pero no fue así, y aquí estáis -terminó con una sonrisa.
A medida que escuchaba, Jaime intentaba recordar. En su mente nadaban algunos retazos inconexos del helicóptero, cuando se precipitaba ingobernable hacia uno de los edificios. Antes del choque, se recordaba pensando que ni siquiera llevaba el cinturón puesto, aunque fue un pensamiento sereno, como si toda la escena fuera una secuencia de una película de cine y él no fuera más que un mero espectador. Pero aunque intentaba concentrarse en recuperar más fragmentos en su memoria, no conseguía invocar ninguno más.
La sorpresa inesperada de encontrarse una esponja húmeda en la frente le arrancó de esos pensamientos.
– Sí, hace un poco de calor aquí, ¿verdad?, pero el doctor Rodríguez ha dicho que el calor viene bien para tus huesos. Y el collarín en el cuello es solamente preventivo, porque no sabían si las lesiones iban más allá de las costillas. Pero si te notas mejor, si crees que puedes mover bien la cabeza, dímelo y llamaré al doctor. -Se detuvo un instante y añadió-: Pero ahora haré pasar a alguien que ha estado muy preocupado por ti. Será mejor que él te eche un vistazo. Y puede que decida que estás listo para cierta sorpresa -dijo enigmática, sonriendo con la mirada fija en sus ojos, como si esperase una respuesta. Por fin salió de la habitación con un "hasta ahora".
Jaime cerró los ojos, aún soñoliento. Un recuerdo brumoso, vago, le sobrevino. De pronto era capaz de recordar unos contundentes sonidos repetitivos que reverberaban dentro de su cabeza, como truenos pero más breves. El rostro de Susana apareció también entre las tinieblas de su memoria. Estaba muy cerca de él, y le decía algo, pero aunque el sonido no estaba ahí, no podía entenderla; su mirada no cesaba de bailar entre sus ojos, de uno a otro, una y otra vez.
Un ruido familiar le sacó de sus ensoñaciones: era la puerta de la enfermería, que volvía a abrirse.
– Hola, Jaime… -dijo una voz inconfundible.
Jaime abrió los ojos, y le gustó encontrarse con Juan Aranda en persona, mirándole con una expresión serena en su rostro sonriente.
Se sentía, sin embargo, poco merecedor de aquella sonrisa. Intentó hablar, decirle que sentía mucho haberle fallado, que sentía haberla cagado con el helicóptero, pero su garganta estaba cerrada y no consiguió articular palabra.
– No intentes hablar, si eso te supone esfuerzo -dijo Carmen, desde algún punto de la habitación que no alcanzaba a divisar.
– Jaime… -empezó Aranda-, quiero que sepas que todo el mundo te envía abrazos y deseos de recuperación. Y no sabes cuánto nos alegra tenerte de vuelta. También queremos pedirte perdón, sobre todo yo personalmente, por haberte enviado a esa locura de misión. Nunca debimos hacerlo. No se aprende a usar un helicóptero real con un simulador de un ordenador, fue un disparate y casi acaba con todos. Sin embargo, como en casi todas las cosas, siempre se puede extraer algo bueno de una mala experiencia, y ésta no es una excepción.
– ¿Les digo que entren? -preguntó Carmen.
– Sí, Carmen, por favor. Gracias.
Jaime, a quien las palabras de Aranda habían reconfortado más que un bálsamo tonificante, miró hacia la puerta, intrigado. Un hombre corpulento de tez oscura y aspecto de marroquí entró en la habitación acompañado de una chica joven, de hermosa melena negra. En su frente había un discreto vendaje. No los conocía, pensó encantado, eran gente nueva, de fuera de la Comunidad.
– Jaime… te presento a Moses, y a Isabel.
– Moses soy yo… -bromeó el marroquí, poniéndose la mano en el pecho.
Isabel sonrió; era una sonrisa radiante.
– ¿Sorprendido? -preguntó Aranda, todavía sonriendo-. Son supervivientes, Jaime, como nosotros. Los encontramos gracias al incidente del helicóptero, gracias a ti. O mejor dicho… ellos nos encontraron a nosotros.
– Eso es rigurosamente cierto -dijo Moses.