Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
– ¡Tirad de él! -dijo el Cojo desde la alcantarilla.
Moses sintió cómo tironeaban de sus piernas, así que se aferró con ambas manos al brazo descoyuntado e hizo un esfuerzo por trepar, para oponer más fuerza hacia abajo. Por fin, entre crujidos, la mano del zombi cedió y Moses cayó pesadamente entre el resto del grupo.
– ¡¿Estás bien?! -preguntó el Cojo, chillando a escasos centímetros de su cara.
– S… Sí, sí -dijo Moses, con el brazo aún dolorido. Miró arriba, y en el agujero de la alcantarilla vio muertos vivientes asomando, con los ojos abiertos de par en par, frenéticos. Se daban empujones y codazos para poder mirar por la abertura.
– Vámonos… ¡vámonos ya! -espetó Roberto-. Terminarán por colarse por el hueco… ¡vámonos!
Contra todo pronóstico, se sintieron más aliviados a medida que avanzaban por los túneles, alejándose de las inquietantes y estridentes voces de los espectros. No fue hasta un rato después, cuando el silencio cayó sobre ellos, que Moses comprobó que Mary sollozaba.
Resultó que el agua no era un problema, como habían temido. Chapoteaban continuamente en una suerte de limo denso y oscuro, pero el nivel apenas pasaba de la pantorrilla. Los haces de luz barrían las paredes en todas direcciones. A veces, las mortecinas luces blancas sorprendían una cucaracha que huía pared arriba a gran velocidad, o una montaña de porquería arrumbada contra una esquina. Pero nadie decía nada.
Un rato después, el grupo se detuvo.
– Es aquí. Hemos llegado -anunció el Cojo.
Moses se acercó a la pared que les separaba del río y pasó la mano por ella. El tacto era frío y rugoso.
– Tenemos que pensar mejor cómo vamos a hacerlo cuando lleguemos a la siguiente alcantarilla -exclamó-. La última vez no nos fue demasiado bien.
– Funcionaba bien cuando iba yo solo… -se apresuró a decir el Cojo, y algo en su tono de voz llevaba implícita una disculpa.
– Ahora somos cinco. Ése es el problema. Es demasiado tiempo. Esas cosas tienen tiempo más que suficiente para echársenos encima.
– Podemos hacerlo más rápido… -dijo Isabel, más para sí misma que para los demás.
– No habrá más remedio que confiar en eso -dijo Moses, pasándose una mano por la cara como si quisiese apartar el recuerdo de la escena que había vivido no muchos minutos atrás.
– De acuerdo… -dijo el Cojo despacio, iluminando con la linterna la tapa de la alcantarilla que se encontraba a apenas veinte metros-. Pues vamos allá.
Entonces el túnel explotó.
Un fulgurante y cegador resplandor blanco lo llenó todo. Tuvieron la sensación de ser transportados, arrebatados del lugar donde habían estado como si hubieran salido despedidos de una montaña rusa tipo cohete. El calor intenso les abrasó la piel, y cayeron desmadejados varios metros más allá, envueltos en polvo y cascotes. El túnel se llenó de humo, que olía a cenizas y a pólvora gastada, pero el techo se había colapsado y se escapaba hacia la luz del día.
Aturdido y magullado, Moses abrió los ojos. Descubrió que le costaba moverse y que respiraba con dificultad, jadeante, como si acabara de correr los cien metros lisos. Sentía en el pecho una fuerte presión, y al intentar incorporarse, notó que algunos pedazos de escombros resbalaban de su cuerpo; estaba prácticamente enterrado entre los restos del túnel. Le pareció que el aire encerraba una especie de pitido constante y molesto, pero al mover los cascotes, que cayeron silenciosos a un lado, descubrió que eran sus oídos, embotados por la explosión.
Moses llamó a sus amigos por sus nombres, uno a uno, y descubrió que empezaba a recuperar audición. Aun así tuvo la angustiosa sensación de estar hablando debajo del agua.
Intentó ver algo a través de la polvareda. Cerca suya había al menos dos cuerpos, medio enterrados entre los cascotes. Se arrastró como pudo hacia el más próximo, cogió su mano y la sacudió, pero estaba inerte, totalmente lacia. Su brazo presentaba una herida longitudinal, como si se hubiera raspado con algo.
"No, por favor, no…".
Sacudió el cuerpo, intentando obtener respuesta, y al hacerlo reparó en el viejo jersey gris que conocía tan bien. Era Isabel. Isabel enterrada en escombros.
– ¡Isabel! -gritó, sacudiéndola con más fuerza-. ¡Isabel! Notaba cómo el pánico nacía de su pecho y germinaba por todo su cuerpo, cálido y paralizador. Luchaba por arrastrase un poco más; tenía que llegar hasta su cara, ver cómo estaba y si podía respirar o estaba enterrada.
A pocos metros, alguien más se movía. Escuchó toses entre la polvareda. Las lágrimas dejaban surcos de piel limpia en sus mejillas manchadas de tierra.
Por fin, inesperadamente, Isabel se sacudió con un violento espasmo. Arrancó a toser con gran fuerza, haciendo caer los escombros a ambos lados. Moses se sintió invadido por una enorme sensación de gratitud, y se arrastró hasta recorrer el tramo que le separaba de ella.
– Ya está… sssh… ya está… -decía, sujetándole la mano con fuerza.
Alguien más estaba llamando a Mary, no mucho más lejos.
– ¿Puedes… puedes levantarte? -preguntó.
Isabel se llevó una mano temblorosa a la frente. Había sangre allí, manando abundante.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó con un hilo de voz.
– No lo sé. Una explosión. Pero no sé…
El grito desgarrador del Cojo les interrumpió. Gritaba el nombre de Mary, una y otra vez. Moses miró en su dirección, y allí, bañados por la luz del día que entraba por el techo, estaba el Cojo con el cuerpo desmadejado de Mary entre sus brazos. Su cabeza estaba hundida en el hueco de su cuello; el rostro de ella estaba vuelto hacia atrás, con los ojos cerrados y su cabello rubio convertido en una maraña de pelos y sangre. Moses ahogó un grito.
– ¿Roberto? -sollozó Isabel, con ambas manos cubriéndose la boca.
Pero Roberto no se movía, continuaba allí donde había sido lanzado por la explosión. Su brazo estaba torcido sobre la espalda, en un ángulo que hubiese sido difícil de realizar sin años de adiestramiento gimnástico.
Y entonces, emergiendo paulatinamente como el rumor del agua de un río que llega, los lamentos de los muertos llegaron a sus oídos. Primero uno, luego otro, los zombis comenzaban a asomarse por el borde de la grieta que había dejado la explosión. Parecían indecisos y hasta atemorizados, a juzgar por sus ojos abiertos de par en par y la forma de sus bocas formando círculos perfectos. Pero luego divisaron al Cojo, llorando con el cuerpo de Mary contra su pecho, y sus ojos volvieron a reflejar el tremendo ansia que les caracterizaba.