Los Caminantes
- Автор: Сиси Карлос
- Год: 2009
- Язык: испанский
- Жанр: Ужасы
Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
– Esto no es bueno -dijo el Cojo, asomado tras el cristal de la ventana.
– Teníamos que haberlo hecho antes. ¡Estábamos preparados! -protestó Roberto.
– Si el agua inunda las alcantarillas, se acabó nuestro plan -continuó el Cojo.
En el cielo, el finísimo trazado de un relámpago quebró momentáneamente la oscuridad de la noche.
– Estáis llorando la muerte del pollo antes de que salga siquiera del huevo -dijo Moses, con las palmas de ambas manos apoyadas contra el cristal. Estaba frío, pero el tacto era agradable-. Mañana bajaremos ahí abajo y echaremos un vistazo. Si se puede hacer, se hará. Y si no se puede, esperaremos unos días. Llevamos semanas aquí, un poco más no va a hacernos daño. La gente de Carranque no va a desaparecer.
– ¿Y si sí desaparecen? -preguntó Isabel.
– Si desaparecen, dejarán una nota. Y si desaparecen -dijo en tono lúgubre-, nos alegraremos de no haber podido llegar antes. Vamos a dormir.
Al día siguiente todo el mundo se levantó mucho antes del amanecer. El cielo parecía encapotado, pero la lluvia había cesado y el olor de la noche era embriagador, húmedo y limpio. Sólo entonces se dieron cuenta de lo mal que había olido toda la ciudad hasta ese momento.
Desayunaron poco y se enfundaron en el equipo que habían ido consiguiendo poco a poco: botas de agua, guantes, y hasta unos improvisados protectores que les cubrían la boca y la nariz, en previsión del olor. Comprobaron las linternas, cargadas con pilas nuevas, y se ajustaron las pequeñas mochilas a las espaldas.
En un momento dado, mientras los demás echaban un ya rutinario vistazo a la calle para ver el número de zombis y su ubicación respecto al portal y la entrada de la alcantarilla, Moses se acercó a Isabel y le habló en un tono discreto.
– Quiero que eches un ojo a Mary. Estoy preocupado por si vuelve a… desconectarse. Las cosas pueden ponerse muy feas. Yo iré detrás vuestra todo el tiempo, si notas algo extraño, házmelo saber inmediatamente. Lo último que quiero es que se ponga a chillar ahí abajo, o que suelte su linterna y salga corriendo por algún túnel.
– Estará bien -contestó Isabel, moviendo la cabeza afirmativamente-. De verdad. Estuvimos hablando de esto la otra noche. Ha superado todo aquello.
– Me alegro.
Isabel sonrió, aunque tímidamente.
Unos minutos más tarde, el equipo bajaba por las escaleras hacia el portal. Ninguno decía gran cosa, lo que confería a la escena un tinte dramático que, en realidad, nadie deseaba. Moses se quedó rezagado unos instantes, echando un último vistazo a aquellas cuatro paredes que habían sido su refugio durante tanto tiempo. Le parecía que había sido ayer cuando el Cojo le dijo que los muertos estaban volviendo a la vida, pero aunque se esforzó, no encontró muchos recuerdos de la vida antes de la Infección. Se despidió en silencio, cerró la puerta y se reunió con el resto.
– Todos sabemos lo que hay que hacer -dijo Moses una vez que estuvieron reunidos en el portal-. Pero me gustaría que lo repasemos una vez más.
Miró a los ojos de todos, pero no obtuvo respuesta, así que continuó hablando:
– Vamos a retirar ese mueble para salir. Tan pronto la abertura lo permita, salimos todos juntos, en hilera. Josué irá primero, y Roberto en segundo lugar. -Iba señalando a todos uno por uno mientras los mencionaba-. Luego Mary, Isabel, y yo iré el último, cubriendo la retaguardia. La entrada a la alcantarilla que vamos a usar está a cien metros hacia la derecha. La tapa ya tiene un gancho puesto, así que retirarla es cosa de un segundo. Josué baja primero, por si hubiera sorpresas abajo, y nos avisa una vez que ha comprobado que todo está tranquilo. Mary salta en segundo lugar, y después Isabel. Isabel, no saltes inmediatamente… dale unos segundos para que le dé tiempo a retirarse.
– Ok -dijo Isabel.
– Es un salto pequeño pero siguen siendo dos metros, así que preparaos para la caída. Roberto y yo nos encargamos de daros cobertura mientras bajáis. Y por fin, Roberto salta… y yo le sigo. Y aunque nunca lo han hecho, confiemos que esas cosas no nos sigan esta vez. ¿Todo entendido?
Asintieron con enérgicos movimientos de la cabeza. Isabel expulsaba aire por la boca y cambiaba el peso de su cuerpo de una pierna a la otra.
– Vamos allá.
Roberto y el Cojo se pusieron a un lado del pesado mueble de cocina y lo empujaron, no sin esfuerzo. Las patas de metal arrancaron groseros chirridos de las pétreas losas del suelo. Aunque era un sonido que todos habían oído muchas veces antes, en aquella ocasión consiguió despertar viejos temores que creían tener olvidados. Inconscientemente, Mary retrocedió dos pasos.
Por fin, cuando la luz clara y limpia de las primeras horas del día llenó la habitación, el Cojo les dedicó una rápida mirada y salió fuera.
Tal y como se había previsto, abandonaron el portal en fila y a buena velocidad, dirigiéndose siempre derechos hacia la entrada a las cloacas. Los espectros se volvían a medida que ellos pasaban corriendo a su lado, levantando las manos. A juzgar por sus movimientos erráticos, parecían sorprendidos, como si hubieran montado guardia durante largo tiempo sólo para descubrir que el enemigo no llegaba de ninguna parte; estaba ya entre ellos.
Tras derribar de un fuerte empujón a un espectro que se interponía en su camino, el grupo llegó finalmente a la entrada. El Cojo se agachó y tiró del gancho, retirando la tapa con facilidad. Uno a uno fueron deslizándose por el agujero mientras Roberto y Moses mantenían un ojo en los espectros, que se acercaban cada vez más.
– Ya casi están aquí… -dijo Roberto, pendiente de un muerto viviente que se acercaba dando tumbos como si estuviese a punto de caerse a cada paso.
– Ya están… -dijo Moses mirando por encima del hombro cómo Isabel desaparecía por el hueco-. ¡Ya están! ¡Adentro, vamos!
Roberto se agachó y se perdió por fin en la oscuridad del pozo. Pero inesperadamente, el espectro acortó los cuatro últimos pasos lanzándose hacia delante con un rápido movimiento y agarrando a Moses de la manga, haciéndole encorvarse. El zombi quedó medio tendido en el suelo.
Moses tiró varias veces con toda la fuerza de la que fue capaz, pero no fue suficiente: la zarpa que le sujetaba se cerraba como una tenaza prodigiosa. El espectro le miraba desde el suelo, iracundo, abriendo y cerrando sus mandíbulas en rítmicos y frenéticos movimientos, como si fuera un muñeco mecánico al que hubieran dado cuerda.
– ¡MO! -llamó la angustiada voz del Cojo desde el agujero. Moses miró alrededor. Había cinco o seis zombis que no tardarían en llegar hasta él. Avanzaban deprisa, trotando como posesos, con sus miradas vacías puestas en él. Tan deprisa, de hecho, que en unos pocos segundos los tendría encima. Sin dejar de intentar librarse de la garra del espectro, enumeró sus posibilidades y tomó una repentina decisión: apretó el brazo contra su cuerpo y se lanzó por el hueco de la alcantarilla.
El espectro fue arrastrado medio metro a medida que Moses se precipitaba por el agujero; su brazo hizo un ruido monstruoso al quebrarse al menos por tres sitios diferentes. Sin embargo, la tenaza no se soltó, y Moses se balanceó fuera de control, golpeándose la cabeza con el borde del asfalto. El brazo quedó doblado en un ángulo de 90 grados perfecto, y la posición de la muñeca también resultaba irreal comparada con el resto del cuerpo, como un muñeco mal ensamblado. Nada de ello parecía afectar al muerto viviente.