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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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– Oh, Dios… -musitó Moses.

Haciendo acopio de fuerzas e ignorando el dolor lacerante de sus castigados músculos, consiguió incorporarse y ponerse detrás de Isabel. Lo hizo despacio, para no atraer la atención de los espectros, pero su mirada bailaba continuamente entre ellos y el Cojo.

– Josué… -llamó.

"¿Estoy gritando en voz baja?", se descubrió pensando.

– Vamos… -le dijo a Isabel-, tenemos que irnos.

Puso sus manos debajo de las axilas de ella y tiró hacia arriba. Le sorprendió constatar lo poco que pesaba, pero aun así sus brazos protestaron por el inesperado esfuerzo.

– Está muerta… -dijo el Cojo, volviendo su rostro hacia ellos-. Mary está muerta.

Los muertos vivientes se habían arremolinado alrededor del agujero. Había un salto de unos dos metros hasta abajo, y se debatían cerca del borde. Moses sabía que en el momento en que sólo uno de ellos se decidiera a lanzarse, o cayera por accidente, todos los demás se precipitarían hacia ellos como un solo cuerpo.

– Josué… los zombis, por el amor de Dios, hay que volver por el túnel…

Isabel se había acercado a Roberto. Su brazo estaba laxo, inútil. Le pasaba una mano por la cara y le llamaba, pero Roberto tampoco contestaba. Entonces, como atendiendo a un instinto básico, Moses miró hacia arriba y le vio.

Era un hombre alto, de tez cadavérica y grandes globos oculares a los que la extrema delgadez de su rostro le conferían un aspecto pavoroso. Estaba de pie entre los zombis, en primera fila, y sonreía mostrando una dentadura grande y perfecta. Unos pocos cabellos blancos caían lacios a ambos lados de su cabeza. Vestía una raída sotana de sacerdote.

El sacerdote le señaló con el dedo.

– Y Jesús se acercó a los impíos y les dijo: regocijaos, porque la Hora es la señalada, y es Hora en verdad de purgar vuestros pecados con la sangre que derramaréis en nombre de la Expiación.

Isabel se giró con la rapidez de una gacela que, pastando en el prado, percibe el olor de un depredador a escasos metros. Moses vio la expresión de terror que se había apoderado de ella. El blanco de sus ojos contrastaba vivamente con la abundante sangre que teñía su semblante. Y lo entendió. Era aquel tipo, el cura que los había perseguido en la Plaza de la Merced. El jodido cabrón que había hecho volar el túnel por los aires.

Sin pensárselo dos veces, Moses tomó un cascote de cemento y ladrillo y lo arrojó con furia contra el cura. El impacto fue certero, el proyectil desgranó un ruido seco al acertar al sacerdote en plena frente. El cura trastabilló, aullando como una hiena herida y moviendo los brazos como si fuera a perder el equilibrio. Los zombis parecían a punto de reventar de pura excitación, revolviéndose como una jauría de perros esperando la orden de su amo para hincar el diente a su presa.

– ¡JOSUÉ! -gritó al fin-. ¡TENEMOS QUE IRNOS!

El Cojo miró hacia arriba, con los ojos anegados en lágrimas. Su cara era la máscara griega de la tragedia.

Moses se acercó a Isabel y buscó el pulso en el cuerpo inerte de Roberto. No obstante, ni en la muñeca ni en el cuello percibió el ritmo de su corazón. Miró a Isabel, y ésta le pareció una extraña: tanto había cambiado su expresión por mor del pánico que la contaminaba.

– Vámonos… vámonos… -dijo tironeando de ella. Su propia voz le pareció distinta, irreal-. Está muerto, Isabel, está muerto…

– ¡TÚ! -bramó el Padre Isidro desde lo alto del cráter. Sus ojos estaban henchidos de odio.

Moses lo miró, desafiante. El sacerdote cogió del brazo al muerto viviente que tenía al lado, y con un rápido movimiento, lo arrojó al interior del agujero. El espectro cayó de bruces; una visión extraña, porque no intentó poner las manos para frenar la caída, como haría instintivamente cualquier ser vivo. Estaba a apenas cuatro metros del Cojo.

– ¡JOSUÉEEEEE! -gritó Moses. Las sienes le palpitaban con tanta intensidad que su visión se nubló por unos instantes.

El Cojo se volvió hacia él, y algo en sus ojos le provocó una nueva oleada de pánico, si cabe, mayor que las anteriores. Algo en sus ojos le estaba diciendo: "Ha muerto, tío. Ha muerto y me rindo. Me rindo. Me rindo, hermano".

El zombi se incorporaba torpemente, pero con la vista fija en ellos. Al momento, otro de los muertos vivientes caía pesadamente al túnel, al lado del anterior. Llevaba camisa azul de manga corta y corbata, y Moses, bloqueado y fascinado por un momento, pensó en cuánto se parecía al gilipollas del BBVA que le rechazó un crédito personal hacía unos años. Esa vez fue Isabel quien tiró de él. Movía la boca pero no entendía lo que le decía, como si alguien hubiera desconectado el sonido. Por fin, sacudió la cabeza y miró en la dirección que Isabel le señalaba, el túnel a sus espaldas, la boca aciaga y húmeda por la que habían venido, llenos de confianza.

Un tercer zombi llegó al pie del cráter, resbalando por la pared de cemento, y cayendo prácticamente de pie. El Padre Isidro continuaba empujándolos, con un ojo cerrado a causa de la sangre que brotaba de la herida. Se había limpiado con una manga y había dejado unas marcas horizontales que a Moses le parecieron pintura de guerra. Y a aquél le siguieron rápidamente un cuarto, y un quinto… empezaron a llegar en proporción geométrica; una cascada de cuerpos que, al aterrizar, despedían sonidos acuosos, como frutas maduras estrellándose contra el suelo.

En ese momento, uno de los espectros se abalanzó sobre el Cojo y lo derribó hacia atrás, seguido inmediatamente por un segundo espectro. Moses hizo un intento de llegar hasta él, pero tres espectros se interpusieron en su camino, amenazantes. Moses miró más allá de ellos: no había ya señales de lucha; el Cojo simplemente había desaparecido tras las figuras de los atacantes que se sacudían violentamente a medida que golpeaban, cortaban y desgarraban la carne que había sido Josué. Su hermano Josué. Moses chilló, impotente, pero Isabel lo retuvo con fuerza, esforzándose por tirar de él en sentido contrario.

Por fin, ignorando la proximidad de los espectros, la chica le cogió la cara con ambas manos, se la puso delante y le gritó con todas sus fuerzas:

– ¡QUIERO VIVIR! ¡VIVIR!… ¡SÁCAME DE AQUÍ, MO, SÁCAME DE AQUÍ!

Moses la miró, perplejo. Le temblaban las manos, y la parte inferior de su mandíbula se movía como si tuviera vida propia. Pero los ojos de Isabel expresaban tanto súplica como mandato, y Moses sintió un renovado impulso que le hizo reaccionar. Cogió la mano de Isabel y trotó torpemente hacia el túnel que se alejaba, oscuro, de aquel cráter.

– ¡NO PODÉIS ESCAPAR! ¡NADIE PUEDE ESCAPAR DE LA IRA DE DIOS! -chilló la voz aguda del sacerdote.

Moses se sintió aliviado cuando, a medida que corrían en medio de la oscuridad del túnel, se dio cuenta de que la verborrea del sacerdote desaparecía poco a poco, haciéndose cada vez más y más lejana.

Los muertos les perseguían.

XXVI

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