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Los Caminantes

Электронная книга - «Los Caminantes». Краткое содержание книги:

Los Caminantes es un desgarrador relato que recoge los últimos días de la civilización tal y como la conocemos. Tras sobrevivir a la sobrecogedora pandemia que hace que los muertos vuelvan a la vida, los supervivientes se enfrentan al reto de llegar al final de cada día. La novela narra con un lenguaje visual y directo como los destinos de estos supervivientes se entretejen en torno a un misterioso personaje: El Padre Isidro.
Los Caminantes nos sumerge en un entorno de indecible presión psicológica, explorando la oscuridad del alma humana a medida que se enfrenta a sus peores pesadillas.
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– Cambiemos de dirección… quizá eso les despiste -musitó Moses, que aún respiraba con dificultad.

Tomó de nuevo a Isabel de la mano y se deslizó por una abertura estrecha en la pared más meridional. Desde allí accedieron a un pasaje angosto, de techo bajo, donde sus jadeos reverberaban en todas direcciones, multiplicando la sensación claustrofóbica que experimentaban.

Avanzaron así durante un rato, tomando una ruta en una dirección, e inesperadamente cambiando por un nuevo ramal que se abría a izquierda o derecha hacia un destino nuevo. En cierta ocasión descendieron por unas escaleras largas y estrechas, donde el aire era cálido y sofocante, solamente para volver a subir unos metros después. Luego recorrieron un complejo laberinto de galerías estrechas donde la podredumbre llegaba a cotas insoportables. Por fin, Isabel le apretó la mano con fuerza, y cuando Moses se giró para mirarla, percibió en las penumbras que estaba total y completamente derrotada.

Se dejó caer en el suelo, a su lado. Respiraban desbocadamente, pero más allá sólo se escuchaba el rumor del agua corriendo, en alguna parte, y no había ya rastro de los aullidos de los muertos. Se sintieron a salvo, al menos por el momento.

– Dios mío… -dijo Moses de repente, al recordar la última mirada del Cojo, con el cadáver de Mary entre sus brazos.

– Cómo… -empezó Isabel, pero se detuvo por unos instantes, intentando regular su respiración-. ¿Cómo pudo pasar?

Moses también se tomó unos segundos antes de responder.

– Yo… no lo sé.

– ¿Qué vamos a hacer ahora?

– No lo sé.

En alguna parte, una cañería que goteaba marcaba un soniquete repetitivo y monocorde.

– Ese… hijo de puta… -dijo Isabel, marcando cada golpe de voz con un énfasis especial- ha matado a Mary… a Roberto… a Josué… y también a Arturo…

– Lo pagará. Te juro que lo pagará.

– ¡¿Cómo?! -explotó Isabel de repente-. ¿Cómo va a pagarlo?

– No lo sé.

Y de forma repentina, Isabel rompió a llorar; un torrente de sollozos que cogió a Moses por sorpresa. Inmediatamente, la abrazó, y la sostuvo con fuerza entre sus brazos, sus cabezas juntas, sintiendo que un vacío tan profundo como las simas abisales del océano se había instalado en sus corazones. Permanecieron así varios minutos, llorando en silencio. Moses le pasaba una mano por la cabeza, acariciándola. Deseaba tanto poder mitigar su dolor que los dientes le rechinaban. Sentía impotencia, dolor y cólera a partes iguales, y se descubría saltando de una sensación a otra en intervalos de tiempo demasiado pequeños como para ser soportable. Pero por debajo de esas sensaciones encontradas sentía un enorme vacío, como si un bulldozer de tamaño industrial hubiera socavado los cimientos más profundos de su alma.

Fue Isabel la que terminó el abrazo, separándose de Moses.

– No podemos volver a tu casa -dijo-. Él sabe dónde vivíamos. Y sabía nuestro plan. Lo preparó todo. Sólo que la explosión ocurrió un poco antes de lo previsto; si hubiera explotado al llegar a la escalera de salida…

– Sí, ya lo había pensado.

– Podríamos intentar llegar aún a Carranque.

Moses se dio cuenta de que sus opciones no iban mucho más allá, y después de considerarlo por unos segundos, asintió lentamente en la oscuridad del túnel.

– Corremos un riesgo altísimo… ¿Estás dispuesta a intentarlo? -dijo.

– Ahora más que nunca -soltó Isabel. Su voz sonaba firme y segura.

– Me pregunto cuánto tiempo estuvo observándonos ese mal nacido hijo de mil padres… -dijo Moses, con un más que evidente deje de desprecio en su voz.

– ¿Y si sabe lo de Carranque? A lo mejor tiene una radio y escuchó el mensaje.

– Lo dudo. ¿Viste su cara? Ese tipo está chiflado. Cree que es el Juicio Final y se ha erigido emperador de los Justos. No creo que se le haya ocurrido nada remotamente parecido a escuchar una radio, como no sea la sintonía lunática que se repite en esa asquerosa chirimoya que tiene por cabeza.

– ¿Y si… vuelve a tu casa? A esperarnos… o a buscar pistas sobre lo que podemos estar haciendo ahora.

Moses recibió la imagen mental de aquel ser despreciable en su propio salón, buscando entre sus cosas, sujetando con la mano las provisiones con mermelada que tanto le gustaban al Cojo, y sintió un nuevo torrente de furia recorriendo sus venas.

– Quizá deberíamos ir allí a esperarlo a él -dijo entre dientes.

– Eso es una locura, Mo… Él puede moverse entre los zombis como si fuera uno de ellos. Puede andar libremente por todas partes. Imagina lo fácil que le resultó encontrar explosivos, colocarlos, preparar la trampa. Imagina lo que podría tener preparado para nosotros si volvemos allí. Joder… apuesto a que hasta podría dispararnos con un lanzacohetes desde el piso de enfrente o volar el puto edificio mientras dormimos.

– Sí. Lo sé. Pero… ¿cómo coño lo hace? Dios… una sola persona con el poder de ser ignorado por los muertos podría limpiar zonas enteras en pocos días… ¿Por qué él?, ¿por qué tiene ese poder? ¿Qué clase de broma macabra es ésa?

– He tenido tiempo para pensar en eso durante todas estas semanas -dijo Isabel, reflexiva-. Y nunca he llegado a una conclusión. Salvo que él tenga razón y el Juicio Final no sea una parábola, como tú decías.

Moses agradeció la ligerísima inflexión de humor que Isabel había puesto en la última frase.

– Pues desde luego sé por qué me persiguen a mí -dijo.

– Y a mí. Todos tenemos nuestros pecados.

Después de un pequeño silencio, Moses se levantó del suelo. Las rodillas protestaron, pero desde luego se encontraba mucho mejor ahora que habían descansado un rato. Escudriñó el túnel en ambas direcciones y le alivió comprobar que estaban tan tranquilas como era deseable.

– ¿Dónde crees que estamos? -preguntó Isabel.

– Averigüémoslo.

Se ayudó de una gruesa cañería que cruzaba el pasaje perpendicularmente para encaramarse a un saliente de la pared, y desde allí se asomó a una entrada de aguas. Aunque conocía Málaga como la palma de su mano, con la excepción quizá de los nuevos barrios de la periferia, tardó un rato en distinguir lo que estaba mirando.

Resultó que habían avanzado hacia el sur, pero también hacia el oeste, cruzando de algún modo el río Guadalmedina sin salir a la superficie. Estaban más allá, a medio camino de la Avenida de Andalucía.

– ¡Hemos pasado el río! -anunció Moses. Su voz estaba cargada de nuevo de la vieja emoción con la que solía manejarse.

– ¿Cómo…? -preguntó Isabel, sin comprender.

– Estamos al otro lado… estamos en la Avenida de Andalucía…

– ¿Eso dónde es? -preguntó Isabel, confusa.

– Vale… tampoco importa… pero escucha: nos hemos desviado bastante al sur, pero si avanzamos hacia el oeste a lo largo de esta calle durante unos dos kilómetros más, llegaremos a la Plaza de Manuel Azaña… ¿Eso está a cuánto?… Diría que un kilómetro o kilómetro y medio del polideportivo, en dirección norte.

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