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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Tendrías que estar durmiendo, no mirando cómo meo.

—No estoy interesado en cómo lo haces, Johnny... ¿cómo se las arreglará Leonilla para mear en el espacio?

—La verdad es que no lo sé. Se lo preguntaré, ¿eh?

—Sí, pregúntaselo, porque yo, desde luego, no voy a hacerlo.

—Ni yo tampoco. —Johnny abrió una válvula y la orina fue proyectada al espacio. Las gotitas heladas formaron una nube alrededor de la nave, como una nueva constelación de estrellas, y gradualmente se disiparon.

—¿Por qué diablos me has preocupado de nuevo con eso?

—¿He de ser el único que tenga problemas?

—¿Cómo te encuentras?

—Bastante bien.

Dos días después Delanty estaba mucho mejor, pero Baker no tenía la respuesta.

Acababa de volver del exterior, donde había tomado una muestra del vacío, y estaba a solas con Jakov.

—No puedo soportarlo —dijo Baker.

—¿Cómo dice? —preguntó el ruso.

—Hay algo que no deja de preocuparme. ¿Cómo mea Leonilla cuando vuela en caída libre?

—¿Eso le preocupa?

—Desde luego. Y no es simple curiosidad. Una razón por la que nunca hemos enviado mujeres al espacio es que los chicos de diseño no han podido dar con un servicio higiénico adecuado. Alguien sugirió un catéter, pero eso es doloroso. —Jakov no dijo nada—. ¿Cómo lo hace ella?

—Eso es un secreto de Estado. Lo siento —dijo Pieter Jakov. Si estaba bromeando no lo mostraba—. Ya es hora de hacer una nueva serie de observaciones solares. Ayúdeme con el telescopio, por favor.

—Claro.

Johnny pensó que se lo preguntaría a Leonilla antes de que regresaran a tierra. Miró de reojo al ruso. A lo mejor, Jakov tampoco lo sabía.

—¿Cómo estás? —preguntó Baker.

—Bien —respondió Delanty—. ¿Lo sabe Houston?

—Yo no se lo he dicho, pero tal vez les ha informado Bakunyar. No creo que Jakov oculte algo a los suyos. Pero ¿por qué tienen que decírselo a Houston?

—Es lamentable —dijo Rick.

—Sí, pero no te preocupes. Has probado todo lo que necesitabas probar. Estás aquí y hemos desplegado las alas. Si has podido hacer un trabajo así estando enfermo, deberían llamarte titán. Mañana estarás trabajando.

—Sí. ¿Has resuelto ese problema que te molestaba?

Baker se encogió de hombros.

—No. Se lo pregunté a Pieter y me dijo nada menos que es un «secreto de Estado».

—Bueno, tal vez podamos averiguarlo. Tenemos suficientes cámaras...

—Sí, eso quedaría muy bien en el informe. Dos oficiales de la Fuerza Aérea de Estados Unidos fisgando con cámaras de televisión en el tocador de la señora. Bien, tengo que ir a observar. Despertaré al camarada brigadier. Hasta luego.

Johnny Baker cruzó flotando la cápsula Apolo y el laboratorio. Todo estaba tranquilo. Leonilla dormía en el Soyuz, y Delanty, atado, estaba tendido en el Apolo, y Jakov debía estar echando unas cabezadas antes de su turno de observación.

Baker se deslizó hasta la litera del ruso. Jakov flotaba en el laberinto de telescopios, cámaras, lentes y detectores de rayos X, ligeramente retenido por una malla de nylon. Estaba sonriente, con el rostro hacia la mampara. Cuando Johnny le dio alcance, la sonrisa desapareció.

Era como si acabara de gastarle a alguien una broma y le hubieran descubierto en el acto de hacerlo.

«Secreto de Estado...», se dijo Johnny.

JUNIO: TRES

Entonces, los que estén en Judea huyan a las montañas.

Mateo, 24

La recepcionista de la antesala era nueva y no hizo pasar directamente a Harvey Randall al gran despacho en el tercer piso del Ayuntamiento de Los Angeles. A Harvey no le importó. Otras personas esperaban también, y además su equipo con las cámaras tardaría aún varios minutos en llegar. Harvey se había presentado temprano a la cita.

Tomó asiento y se dedicó a su pasatiempo favorito: observar a la gente. A la mayor parte de los visitantes se les notaba su condición. Eran vendedores y tipos relacionados con la política, y todos ellos estaban allí para ver a uno de los tenientes de alcalde o a un ayudante ejecutivo. Entre ellos destacaba una mujer, de edad indefinida entre los veinte y los treinta. Llevaba pantalones téjanos y una blusa estampada, pero se notaba que eran prendas caras. Miraba directamente a Harvey, y cuando éste sostuvo su mirada ella no se azoró lo más mínimo. Harvey se encogió de hombros y cruzó la estancia para sentarse a su lado.

—Dígame, ¿qué tengo yo que le interesa tanto?

—Le he reconocido. Usted hace documentales para la televisión. Recordaré su nombre en seguida.

—Muy bien —dijo Harvey.

Ella apartó un momento la vista, pero en seguida se volvió a él, con una leve sonrisa.

—Está bien. ¿Cómo se llama?

—Usted primero.

—Mabe Bishop —dijo ella con un inequívoco acento californiano.

Harvey trató de recordar.

—Aja. Pertenece usted a la Tribuna del Pueblo.

—Exacto —confirmó ella, sin cambiar de expresión, lo cual era curioso. A la mayoría de la gente le complacería que un reportero de documentales que tenían alcance nacional reconociera su nombre. Harvey seguía considerándolo sorprendente cuando ella añadió—: Todavía no me lo ha dicho.

—Harvey Randall.

—Ahora me toca a mí decir «aja». Usted realiza los programas sobre el cometa.

—Correcto. ¿Le han gustado?

—Creo que son terribles, peligrosos y estúpidos.

—Vaya, no tiene pelos en la lengua. ¿Le importaría decirme por qué?

—En absoluto. En primer lugar, ha puesto usted los pelos de punta a cincuenta millones de imbéciles...

—Yo no...

—¡Y deberían estar asustados, pero no por un condenado cometa! ¡Signos en los cielos! ¡Portentos malignos! Basura medieval, cuando hay tanto de qué preocuparse aquí en la Tierra.

El tono de su voz era enérgico y amargo.

—¿Y de qué deberían tener miedo? —preguntó Harvey. La verdad es que no lo quería saber, y se arrepintió en el mismo momento en que formuló la pregunta. Era una pregunta automática de reportero, pero el problema consistía en que ella iba a responderle sin duda alguna.

—De esos sprays que arruinan la atmósfera, destruyen el ozono y causan cáncer. ¡De una nueva central nuclear en el valle de San Joaquín, cuyos residuos radiactivos durarán medio millón de años! De los grandes Cadillacs y Lincolns que consumen innumerables toneladas de gasolina. Esas son las cosas que asustan, las cosas contra las que tendríamos que hacer algo, y en cambio todo el mundo se oculta en el sótano temeroso de un cometa.

—Es una opinión —dijo Randall—, aunque creo que no tiene razón en todo...

—¿Ah, no? ¿En qué no tengo razón? —preguntó ella en tono desafiante, con un dejo de odio, dispuesta al ataque.

A Harvey no le gustaba el sesgo que estaba tomando aquella conversación. Había ocasiones en que deseaba coger su objetividad periodística, enrollarla fuertemente e introducirla en un lugar anatómicamente incómodo de la persona de un pomposo profesor de periodismo.

—Se lo diré —dijo al fin—. La razón por la que la gente todavía quema gasolina en esos grandes y cómodos coches es que no pueden disponer de electricidad suficiente para utilizar coches eléctricos. No pueden conseguir electricidad porque el aire ya está lleno de porquería procedente de las fábricas de energía fósil, se nos están terminando los combustibles fósiles y unos condenados estúpidos se empeñan en retrasar el funcionamiento de las centrales nucleares que podrían sacarnos del atolladero. —Harvey se levantó—. Y si vuelvo a escuchar las palabras «spray» y «ozono», la buscaré dondequiera que se encuentre y vomitaré en su falda.

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