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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—¿Eh?

Harvey se acercó de nuevo a la recepcionista.

—Dígale a Johnny Kim que Harvey Randall está aquí, por favor —dijo en tono imperativo. La nueva recepcionista le miró alarmada y luego conectó el intercomunicador.

Harvey podía oír a Mabe Bishop que farfullaba detrás de él, y aquello le produjo una gran satisfacción. Se acercó a la puerta que daba acceso al despacho y esperó. Poco después se oyó un zumbido.

—Pase, señor Randall, haga el favor —dijo la recepcionista—. Siento haberle hecho esperar.

—No importa —murmuró Harvey.

Entró en un largo corredor, con despachos a ambos lados. Un oriental de edad indeterminada, más de treinta y menos de cincuenta, salió de uno de ellos.

—Hola, Harv. ¿Te ha hecho esperar mucho esa chica?

—No tanto. ¿Cómo estás, Johnny?

—Bastante bien. El alcalde está en una reunión que se prolonga más de lo previsto. ¿Te importa esperar un segundo?

—Pues no... El equipo vendrá dentro de poco.

—Ya están subiendo —dijo John Kim. Era el secretario de prensa del alcalde Bentley Allen, el redactor de sus discursos y en ocasiones su encargado de asuntos políticos, y Harvey sabía que Kim podría estar en Washington o Sacramento si quisiera, y probablemente lo estaría si seguía al lado de Bentley Allen—. He dado instrucciones para que suban por el ascensor privado.

—Gracias —dijo Harvey—. Te lo agradecerán.

—Ah, la conferencia está terminando. Ven, te acompañaré.

El despacho del alcalde estaba formado por dos piezas. Una de ellas era grande, con muebles caros y gruesas alfombras. De las paredes colgaban banderas, y por todas partes había trofeos, placas y certificados enmarcados. La estancia interior era mucho más pequeña, y la mayor parte de su espacio estaba ocupada por una gran mesa, sobre la que se apilaban papeles, informes, libros, salidas impresas de IBM y memorándums, algunos de los cuales tenían impresas grandes estrellas rojas. Unos presentaban dos estrellas, mientras que otro tenía tres. El alcalde estaba cogiendo ese memorándum cuando entraron Kim y Harvey Randall.

Randall pensó que el alcalde tenía buen aspecto. Era el segundo alcalde de raza negra de Los Angeles. Alto y robusto, vestía como un acomodado profesional, que era lo que había sido antes de dedicarse a la política. Exhibía por igual su sangre mestiza y su educación. Bentley Allen no hablaba con altivez a la gente. No tenía necesidad de dedicarse a la política como medio de vida. Técnicamente estaba con licencia temporal de un cargo en la facultad de una importante universidad privada.

—¿Qué hay, señor Randall? ¿Viene a rodar un documental? —preguntó Bentley Allen, dejando el memorándum en una bandeja.

—No, señor —respondió Johhnny Kim—. Esta vez se trata del noticiario de la noche.

—¿Hay algo noticiable acerca de mí esta noche? —preguntó el alcalde.

—Las consecuencias de los documentales —dijo Harvey Randall—. Todas las cadenas de televisión están interesadas por las mismas noticias. ¿Qué van a hacer los funcionarios públicos el día en que el Hamner-Brown pase de largo sin chocar con la Tierra?

—¿Todas las cadenas? —preguntó Johnny Kim.

—Sí.

—¿No se habrá ejercido una cierta presión para que las noticias se ocupen de eso? —inquirió Kim—. Por ejemplo, una presión procedente de cierta casa blanca en la avenida de Pennsylvania.

—Podría ser —admitió Harvey.

—Y lo que quiere el gran hombre son unos buenos vibráfonos —dijo el alcalde—. Manteneos tranquilos, serenos y recogidos el día en que se ha calculado que podría caer el enorme helado.

—Que por cierto es el próximo martes —respondió Harvey automáticamente—. Sí, señor.

—¿Y qué pasaría si yo mostrara pánico? —preguntó el mayor Allen, con un alegre destello en la mirada—. O si dijera: «¡Esta es vuestra oportunidad, hermanos! ¡Acabad con los blancos, nunca tendréis mejor ocasión!»

—Oh, tonterías —dijo Harvey—. Creí que todo el mundo querría salir en las noticias nacionales.

—¿Usted no tiene nunca esa clase de impulsos? —preguntó Bentley Allen—. Ya sabe. Impulsos irresistibles de hacer la única cosa que te haría acceder a una nueva modalidad de trabajo. ¿Algo así como derramar un martini sobre el vestido de la mujer del decano? Lo cual, por cierto, hice una vez. Fue puramente accidental, se lo aseguro, pero mire adonde me condujo.

Ahora Harvey parecía realmente preocupado, pero el alcalde seguía sonriente.

—No se preocupe, señor Randall. Me gusta este trabajo... u otro en un despacho algo mayor allá en el este...

Bentley Allen dejó que su voz se desvaneciera. No era ningún secreto que le gustaría ser el primer presidente negro de la nación, y algunos políticos serios creían que podría llegar a conseguirlo dentro de diez o doce años.

—Seré buen chico —dijo el alcalde Allen—. Diré a la gente que esperamos una plena asistencia en todos los ayuntamientos, y yo estaré aquí, bueno, literalmente aquí, pero se lo diré ahí —señaló la otra pieza mayor y más lujosa del despacho—, y espero que todos mis funcionarios sigan el mismo ejemplo. Puedo decir o no decir que tengo el televisor encendido, porque por nada del mundo me perdería un espectáculo así.

—Se trata de que la actividad sea normal, con tiempo libre para ver un programa entretenido.

El alcalde asintió.

—Naturalmente. —Su rostro adoptó una expresión grave—. Entre nosotros, le diré que estoy un poco preocupado. Demasiada gente emprenderá el vuelo. ¿Sabe que ya han sido alquilados casi todos los remolques de la ciudad? Y para toda la semana. Y por parte de la policía y los bomberos hemos tenido una gran cantidad de solicitudes de permiso que, desde luego, no hemos concedido. Se han cancelado todos los permisos para el día en que nos visite el cometa.

—¿Le preocupa la posibilidad de saqueos? —preguntó Harvey.

—No tanto como para decirlo en público, pero sí, me preocupa —dijo el alcalde Allen—. Los saqueos y los robos en las casas que han sido y serán abandonadas. Pero dominaremos la situación. Si su equipo está preparado ahí afuera, será mejor que empecemos. Dentro de media hora tengo una reunión con el director de Defensa Civil.

El tráfico en Beverly Glen era desahogado, muy fluido para la noche de un jueves. Harvey, al volante de su coche, sonreía, pensando que tenía entre manos un relato magnífico. No sólo millones de personas creían que el mundo se iba a terminar, sino que más millones esperaban que así fuera. Se notaba en sus actitudes. Odiaban lo que estaban haciendo, y suspiraban con nostalgia por la vida «sencilla». Desde luego, no elegirían voluntariamente ser granjeros o vivir en una comuna, pero si todo el mundo tenía que hacerlo...

Aquello carecía de sentido, pero así ocurría a menudo con las actitudes de la gente. Y a Harvey Randall no le molestaba en absoluto.

Sí, era una historia jugosa, pero no la única. A ella seguiría el relato del día siguiente al del frustrado fin del mundo. Un día después de que el mundo sobreviviera. Harvey pensó que ése sería un buen título para un libro. Naturalmente, un millar de novelistas se disputarían la publicación de sus obras, libros con títulos como El día en que el mundo no terminó, que no era tan bueno como el suyo, y Roca, ¿no me ocultarás? Por cierto que algunas emisoras de radio tocaban canciones religiosas relacionadas con el desastre las veinticuatro horas del día, y los predicadores que anunciaban el fin del mundo estaban haciendo su agosto.

Había una secta al sur de California, los Guardianes del Cometa, que se ponían túnicas blancas y rezaban al cometa. Habían puesto en práctica algunos ardides publicitarios, y la mitad de sus dirigentes habían sido encarcelados y dejados en libertad bajo fianza por impedir el tráfico o irrumpir en el campo durante partidos televisados de béisbol. Pero aquello había cesado, debido a la orden de un juez de que no se permitiera más la libertad bajo fianza hasta el próximo miércoles...

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