Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
La cabeza de su madre se desplomó hacia un lado y murió. No hubo últimas palabras. Era el mes de julio, uno de esos días sofocantes de verano. Pero aquella noche llovía y se formaron unos charcos que atraían a las ranas. El agua caía ruidosamente desde el tejado de paja mucho después de que hubiera dejado de llover. Pasado el amanecer, rebuscó por toda la casa hasta que encontró una manta raída con la que envolver a su madre. Luego la colocó sobre su hombro, cogió una pala y salió de la aldea. Había tomado la decisión de no enterrarla en el cementerio local, ya que allí era donde terminaban los campesinos de clase media y baja -no podía enterrarla entre gente como ésa, por temor a que sus fantasmas pudieran hostigarla-, y no podía permitirse llevarla al crematorio del Condado.
Siguió caminando, con su difunta madre sobre los hombros, hasta que alcanzó una parcela de tierra entre los condados Paraíso y Caballo Pálido que no pertenecía a nadie que él supiera. Las malas hierbas y todo tipo de vegetación salvaje eran los únicos indicios de vida. Después de vadear la Corriente Siguiente, cuyas aguas rápidas y profundas casi les arrastran a él y a su madre, depositó la manta enrollada que contenía su cuerpo en el otro lado de la corriente. La cabeza de su madre asomaba a través de la manta. Las ligeras gotas de lluvia salpicaban en los ojos y en la boca abierta de la difunta, rozando su rostro tenso y brillante. Los pies le sobresalían por el otro lado. Uno de sus zapatos desgastados se le había caído por el camino. El pie descalzo, de un pálido fantasmal y con la forma del cuerno de un buey, estaba cubierto de barro. Cuando Gao Yang se arrodilló, un lamento se escapó de su garganta, pero no derramó ni una lágrima, aunque tenía la sensación de que un cuchillo estaba rebanándole la garganta.
Después de escudriñar la zona y de elegir un lugar en pendiente, cogió la pala y comenzó a preparar la tumba. Primero eliminó las malas hierbas, con los terrones de barro todavía adheridos a las raíces, y las colocó con cuidado junto a él. A continuación, comenzó a cavar. Cuando la zanja llegó a la altura del pecho, el agua empezó a filtrarse a través del suelo gris y arenoso. Después, colocó el cuerpo junto a la nueva tumba, lo depositó en el suelo y se arrodilló.
– Madre -dijo en voz alta, después de bajar la cabeza humildemente tres veces-, está lloviendo y el agua penetra en el agujero. No puedo pagar un ataúd, así que tendrás que conformarte con esta manta usada. Madre, tú… tendrás que contentarte con eso.
Con gran cuidado la depositó en el interior de la zanja y recogió un poco de hierba verde para cubrir su rostro. Una vez hecho eso, comenzó a tirar barro en la zanja, haciendo un alto de vez en cuando para afirmarlo con unos golpecitos a fin de que no dejara ningún rastro. Sin embargo, la idea de saltar por encima del cuerpo de su madre hacía que se le llenaran los ojos de lágrimas y que le retumbaran los oídos. Finalmente, volvió a colocar las malas hierbas y las plantas silvestres y las replantó donde estaban, justo cuando las nubes de lluvia se cernían sobre su cabeza y los relámpagos de rojo sangre atravesaban las nubes negras. Un viento frío barrió la arboleda y los campos plantados de sorgo y maíz, haciendo que las hojas bailaran en el aire como agitados banderines de seda. Gao Yang se situó junto a la tumba y miró a su alrededor por última vez: hacia el norte se extendía un río, un amplio canal hacia el este, una aparentemente interminable llanura hacia el oeste, y el neblinoso Pequeño Monte Zhou hacia el sur. El paisaje que le rodeaba hizo que se sintiera tranquilo. Volvió a arrodillarse, bajó la cabeza humildemente tres veces y dijo en voz baja:
– Madre, éste es un buen lugar.
Cuando se puso de pie, su tristeza había desaparecido y ya sólo sentía alguna punzada en el pecho. Pala en mano vadeó el río, volviendo sobre sus pasos. El nivel del agua, que había aumentado precipitadamente, ahora le llegaba por encima de la barbilla.
El prisionero joven avanzó a tientas hacia la ventana, abrió la pequeña puerta que había en la pared y evacuó en el orinal de plástico, salpicando con su orina y contribuyendo a que aumentara el hedor en la celda. Afortunadamente, el cristal de la ventana hacía mucho que se había roto y ya no quedaban fragmentos. Había una pequeña abertura en la parte inferior de la puerta, por donde pasaban la comida, y el techo tenía una pequeña claraboya. Todo ello permitía que un poco de brisa nocturna penetrara desde el exterior e hiciera que el aire de la celda fuera respirable.
El cielo y la tierra se habían convertido en una neblina gris y el martilleo húmedo de la lluvia cayendo violentamente sobre ramas y troncos procedía de la arboleda. Una vez que estuvo a salvo en casa, se desnudó, escurrió la mayor parte del agua de sus raídas ropas y las colgó para que se secaran. La habitación estaba llena de goteras y había agua por todas partes, especialmente en la unión del alero y de las paredes de barro, donde unos regueros de un sucio escarlata se deslizaban hacia el suelo de barro. Trató de contener las gotas con una serie de cacerolas y sartenes, pero se resignó a sentarse en el borde del kangy a dejar que el agua fuera a donde quisiera.
Tumbado boca arriba, observó a través de los barrotes de la ventana una tenue porción del cielo.
Éste es el momento más desafortunado de mi vida, reflexionó. El padre está muerto, la madre se le ha unido y mi tejado tiene goteras.
Levantó la mirada hacia la viga mugrienta y grasienta del tejado, hasta que su atención se dirigió hacia un ratón que estaba agazapado en el fogón después de verse obligado a abandonar su escondite por la lluvia. Pensó en colgarse de la viga del tejado, pero carecía del valor necesario.
Cuando dejó de llover y salió el sol, se puso la ropa mojada y, esperándose lo peor, salió al exterior para ver si su tejado, picado y debilitado por la lluvia, seguía en pie. Justo entonces, Gao Jinglong, el jefe de policía local, entró en el patio, acompañado por siete militares armados con rifles del calibre 38. Llevaban unas botas de lluvia negras y cascos cónicos camuflados con tallos de sorgo, y habían cubierto sus hombros con sacos de fertilizante. Avanzaron como si fueran una pared móvil.
– Gao Yang -dijo el jefe de policía-, el secretario Huang quiere saber si has enterrado en secreto a tu madre, aquella anciana que pertenecía a la clase terrateniente.
Gao Yang estaba sorprendido por la rapidez con la que corrió la noticia y le extrañó que los miembros de la cooperativa estuvieran tan preocupados por uno de sus miembros fallecidos.
– Cuando el tiempo está tan lluvioso como ahora -dijo-, si hubiera esperado un poco más, habría empezado a apestar… ¿Cómo se supone que iba a llevarla a la ciudad con una lluvia como ésta?
– No he venido aquí a discutir -dijo el jefe de policía-. Puedes exponer tus argumentos ante el secretario Huang.
– Tío.,. -Gao Yang dio una palmada, bajó la cabeza, e hizo una reverencia hasta la cintura-. Tío… ¿no puedes dejarme marchar?
– Muévete. La única posibilidad que tienes de no meterte en problemas es hacer lo que se te dice -dijo Gao Jinglong.
Entonces, un hombre fornido avanzó hacia él y le golpeó con la culata del rifle.
– Muévete, muchacho.
Gao Yang se dirigió al hombre:
– Amping, somos como hermanos…