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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Así podré intervenir si milady se encuentra en dificultades y no cabrá la posibilidad de que tenga que pelearme con mi propio caballo -explicó al pasmado McKenzie.

Gwyneira puso los ojos en blanco. Si de verdad tropezaba con dificultades, lo más seguro era que desapareciera con Igraine en el horizonte antes de que el tranquilo caballo blanco de Lucas llegara. Aun así, conocía el razonamiento por los manuales de urbanidad y fingió valorar los desvelos de Lucas. El paseo a caballo por Kiward Station transcurrió, pues, de forma muy armoniosa. Lucas charló con Gwyneira sobre las cacerías de zorro y demostró su sorpresa por el hecho de que la joven participara en concursos de perros.

– Esto me parece una actividad bastante…, hum, poco convencional para una joven lady -balbuceó indulgente.

Gwyneira se mordió levemente los labios. ¿Empezaba ya Lucas a ponerla bajo su tutela? Entonces más le valía darle un chasco de inmediato.

– Tendrá que conformarse con eso -respondió ella con frialdad-. También resulta bastante poco convencional responder a una proposición matrimonial viajando a Nueva Zelanda. Y aun más cuando todavía no se conoce al futuro esposo.

– Touché! -rio Lucas, pero luego adoptó un aire de gravedad-. Debo reconocer también que al principio yo tampoco aprobé el comportamiento de mi padre. No obstante, aquí es realmente difícil arreglar una unión conveniente. Entiéndame bien, Nueva Zelanda no fue ocupada por timadores como Australia, sino por personas honradas. Pero la mayoría de los colonos…, bueno, carecen de clase, educación y cultura. En este sentido me considero más que dichoso por haber aprobado esta proposición de matrimonio poco convencional que me ha llevado a una novia tan encantadora y poco convencional. ¿Puedo esperar que yo también satisfaga sus aspiraciones, Gwyneira?

Gwyn asintió, aunque tuvo que hacer un esfuerzo por sonreír.

– Estoy gratamente sorprendida de haber encontrado aquí a un gentleman tan perfecto como usted -dijo-. Tampoco habría podido hallar en Inglaterra un esposo más cultivado e instruido.

Eso era sin duda cierto. En los círculos de la nobleza rural en los que se había movido Gwyneira se disponía de cierta formación básica, pero en los salones era más frecuente hablar de carreras de caballos que acerca de las cantatas de Bach.

– Naturalmente, debemos conocernos mejor el uno al otro antes de fijar una fecha para la boda -declaró Lucas-. De otra forma no sería un enlace conveniente, como ya he explicado a mi padre. Si por él fuera, ya habría fijado la fecha de la ceremonia para pasado mañana.

Gwyneira pensó, empero, que ya era hora de pasar a los actos, pero le dio la razón, claro, y dijo que aceptaría encantada la invitación de Lucas de visitar su taller esa tarde.

– Es obvio que sólo soy un pintor sin importancia, pero espero poder seguir evolucionando -dijo mientras recorrían al paso un tramo que invitaba al galope-. Estoy trabajando en la actualidad en un retrato de mi madre. Le hemos destinado un lugar en el salón. Por desgracia tengo que pintarlo a partir de daguerrotipos, pues apenas si la recuerdo. Murió cuando yo todavía era pequeño. Al ir trabajando, sin embargo, cada vez acuden a mi memoria más recuerdos y me siento más próximo a ella. Es una experiencia sumamente interesante. Me gustaría pintarla también a usted en alguna ocasión, Gwyneira.

Gwyneira asintió sin mucho entusiasmo. Su padre había mandado hacer un retrato de ella antes de la partida y posar le había resultado un aburrimiento mortal.

– Ardo en deseos sobre todo de conocer su opinión sobre mi trabajo. Seguro que en Inglaterra ha visitado usted muchas galerías y está mucho mejor informada sobre las nuevas tendencias que nosotros, aquí en el fin del mundo.

Gwyneira sólo esperaba que se le ocurrieran también para eso un par de observaciones impactantes. De hecho, la noche anterior ya había agotado las provisiones adecuadas para el caso, pero tal vez los cuadros precisaran de nuevas ideas. En realidad nunca había visto una galería por dentro y las nuevas tendencias en el terreno del arte le eran por entero indiferentes. Sus antepasados, al igual que sus vecinos y amigos, habían acumulado en el transcurso de las generaciones suficientes cuadros para decorar sus paredes. Las imágenes mostraban sobre todo abuelos y caballos y, en el fondo, su calidad se juzgaba según el criterio de «similitud». Y era la primera vez que oía esos conceptos como «incidencia de la luz» y «perspectiva» sobre los que Lucas hablaba sin parar.

Le encantaban, sin embargo, los paisajes por los que paseaban a caballo. Por la mañana estaba nublado, pero ahora salía el sol y la bruma se disipaba de Kiward Station como si la naturaleza ofreciera así a Gwyneira un regalo especial. Como era de esperar, Lucas no la condujo por las estribaciones de la montaña, donde las ovejas pastaban en libertad, pero el terreno que estaba justo al lado de la granja era maravilloso. El lago reflejaba las formaciones de nubes en el cielo y las peñas que sobresalían en el prado hacían pensar en unos dientes enormes que acabasen de hincarse en la alfombra de hierba o en un ejército de gigantes que fueran a cobrar vida de un momento a otro.

– ¿No hay ninguna leyenda en la que el protagonista sembrara piedras y luego crecieran soldados de ellas para su ejército? -preguntó Gwyneira.

Lucas se mostró encantado con la imagen.

– En realidad no son piedras, sino dientes de dragón que Jasón, en la mitología griega, llevó a la tierra -la corrigió-. Y el ejército de hierro que creció de ellos se alzó contra él. ¡Ah, es maravilloso conversar con gente con una formación clásica del mismo nivel, ¿no lo siente usted también así?

Gwyneira había pensado más bien en los círculos de piedra que se encontraban en su tierra natal y en torno a los cuales su nodriza le había contado tiempo atrás historias de aventuras. Si recordaba bien, las sacerdotisas habían hechizado allí a los soldados romanos o algo así. Pero seguro que esas leyendas no eran para Lucas lo bastante clásicas.

Entre las piedras pastaban las primeras ovejas de propiedad de Gerald: ovejas para la cría que hacía poco habían parido. Gwyneira estaba fascinada con los, en líneas generales, muy bonitos corderos. De todos modos, Gerald tenía razón: una inyección de sangre de ovejas Welsh Mountain mejoraría la calidad de la lana.

Lucas frunció el entrecejo cuando Gwyn explicó que debían dejar que uno de los machos de Gales montara enseguida las ovejas.

– ¿Es costumbre entre las jóvenes ladies inglesas expresarse tan…, sin rodeos…, sobre asuntos del sexo?

– ¿Y cómo expresarse sino? -En realidad, Gwyneira nunca había relacionado la decencia y la cría de ovejas. No tenía ni idea de cómo la mujer engendraba un hijo, pero había visto más de una vez, sin que nadie dijera nada, cómo se montaban las ovejas.

Lucas se sonrojó un poco.

– Bueno, este…, hum…, la totalidad de este ámbito ¿no constituye un tema de conversación entre las damas?

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Главный герой
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