Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 64
Перейти на страницу:

Lola no podía permitir que eso sucediera. Si había alguien más competitivo que Max, era Lola. Se apoyó en el borde de la mesa con las palmas de las manos y lo miró. En su época de modelo, cuando tenía que seducir desde las páginas de las revistas, utilizaba algunos trucos. Uno de ellos consistía en pensar en el mejor amante que había tenido. Ahora, años más tarde, ese truco le vino a su memoria. Era como ir en bicicleta, y ahora no le costaría mucho pensar en un candidato. En ese preciso momento, él la estaba mirando. Lola imaginó que recorría el cuerpo desnudo de Max con las manos, sintiendo las distintas texturas de su piel con las yemas de los dedos. Se pasó la lengua por los labios y los entreabrió para inspirar ligeramente. Bajó los párpados y Max falló el tiro. Max se acercó a Lola, que se incorporó.

– Buen golpe, Max -le dijo ella.

– Me he distraído un poco con tu escote y esa mirada tipo «hazme tuya sobre la mesa de billar».

Lola rió y no intentó negarlo.

– Ha funcionado.

– Sí, es una pena que yo no tenga ningún truco que funcione tan bien contigo.

Max se equivocaba de medio a medio. Sólo con pensar en él, Lola se ruborizaba.

– Max, siento mucho haberte llamado idiota.

– No te preocupes. -Max le deslizó la palma de la mano desde la espalda hasta la nuca-. Estaba comportándome como un idiota.

– Es verdad, pero no debería haberlo dicho. Estaba muy nerviosa.

– ¿Por lo de esta noche?

– Sí.

– No es demasiado tarde para echarse atrás.

– No. Quiero hacerlo. Lo necesito.

– Yo te cuidaré. -Max dejó el taco encima de la mesa y la atrajo hacia sí-. No pasará nada.

Lola le creyó. Él conseguía convencerla siempre de que podía protegerla de cualquier cosa, como si su corpulencia y su fuerza de voluntad bastasen para evitar que sucediese nada malo. En el pasado, los hombres que habían pretendido cuidarla habían cometido el error de creer que ella era demasiado tonta como para cuidar de sí misma. Max no. Él escuchaba lo que Lola tenía que decir. Mientras discutían el plan de esa noche, él había escuchado sus ideas, aunque había decidido hacer exactamente lo contrario. Él la había escuchado, y Lola temía haberse enamorado perdidamente de él, y no había nada en absoluto que pudiese hacer para impedirlo. Era como bajar por una cuesta pronunciada donde no hay nada a lo que uno pueda agarrarse para frenar su caída y donde uno no sabe qué se va a encontrar al final.

No, eso no era cierto. Ella sí lo sabía. Encontraría dolor, porque ella no podía adaptarse al estilo de vida de Max ni pedirle que cambiara. Lola lo miró a los ojos, que ahora le resultaban tan familiares.

– Odio tener miedo, Max -confesó.

Pero en ese momento, Lola no sabía qué la asustaba más: que la descubriesen entrando en casa de Sam o enamorarse de Max.

– Pobrecita, deja que te ofrezca algo en lo que ocupar tu maravillosa cabecita -le dijo, y bajó los labios hacia los de ella.

Una de sus manos se posó en el trasero de Lola, y la otra subió hasta su nuca. Los dedos de Max juguetearon con su pelo mientras la apretaba contra su fuerte cuerpo.

Entonces, allí mismo, en la habitación del fondo, donde estaba la mesa de billar del bar Foggy Bottom, bajo la luz de la lámpara, Max le hizo el amor con la boca. La besó con insaciable deseo, como si quisiera devorarla por entero. Y ella se lo permitió. Le dejó posar la mano grande sobre su nalga, y Lola ladeó la cabeza mientras él introducía la lengua en su boca. Un gemido salió de la garganta de Max y el palo de billar cayó al suelo. Lola palpó todas las partes del cuerpo de Max que estaban a su alcance, los músculos de sus brazos, hombros y espalda. Max era una mezcla de fuerza y pasión que encerraba un corazón que lo impulsaba a salvar a un perro que no le inspiraba especial cariño y a trenzarle una ramita de flores en la pierna. Esa combinación resultaba tóxica e irresistible, y Lola sintió que se deslizaba cuesta abajo cada vez con más rapidez.

La alarma del reloj de Max sonó al lado de la oreja de Lola, y él se apartó, con los labios húmedos y los ojos entornados.

– Es hora de ir a trabajar.

Lola notó la boca ligeramente hinchada. El deseo le latía entre los muslos y sentía que las rodillas le fallaban.

– ¿Estás lista?

¿Estaba lista para allanar la casa de Sam? En realidad, no, pero sólo podía responder una cosa.

– Sí, Max.

Durante el trayecto de cuarenta minutos a Baltimore, Lola se pasó al asiento trasero del jeep de Max y abrió su maleta. Se puso unos téjanos negros, un jersey de cuello vuelto y un par de botas de caña alta de Jimmy Choo que había comprado para la ocasión. Max sintonizó una emisora nostálgica y el coche vibró al ritmo de Sympathy for the Devil. Mientras se dirigían hacia el norte por la autopista 95 y Mick Jagger cantaba a grito pelado: «Pleased to meet you… hope you catch my name», Lola se cubrió el pelo con un gorro negro.

Echó un vistazo hacia delante, al retrovisor, y vio que Max tenía el rostro en sombra. Desde que se habían marchado del Foggy Bottom, era como si algo se hubiese apagado dentro de él. Su tacto se había vuelto impersonal. Hablaba en un tono de voz formal. Lola no era tan afortunada.

Todavía tenía los sentidos embriagados por él. El olor de Max llenaba el vehículo, penetraba en sus pulmones y le calentaba el pecho. Lola intentó apartar de su mente su deseo y sus emociones, su temor por lo que pudiera suceder esa noche y su futuro con Max. Se concentró en el plan.

Saltó al asiento delantero y se puso el cinturón de seguridad. Ella también podía ser una profesional. Tal y como Max le había dicho la noche en que aceptó ayudarla, el fracaso no era una opción. Ella no lo decepcionaría.

– ¿Vas a ir con esos tacones? -le preguntó él mientras tomaban una salida y se dirigían a las afueras.

– Sí, pero sólo miden siete centímetros.

La luz dorada del salpicadero iluminaba el pecho y la garganta de Max. Soltó algo en español y Lola pensó que era mejor no pedirle que se lo tradujera.

– Me dijiste que llevara unos zapatos que no dejaran ninguna huella distintiva -le recordó.

– También te dije que llevaras unos zapatos con los que pudieses correr.

– Puedo correr con éstos.

Max emitió un resoplido burlón y ninguno de los dos dijo una palabra hasta que enfilaron una calle secundaria y aparcaron.

– La casa de Sam se encuentra a una manzana de aquí. Todas las fincas de esa calle dan al bosque -dijo Max, y miró a Lola.

En la oscuridad del interior del vehículo, Max podía distinguir solamente la silueta de su rostro y sus ojos.

– Vamos a entrar por detrás. -Max alargó el brazo y cogió su mochila de debajo del asiento-. Mantente justo detrás de mí, igual que hiciste en la isla. No hables hasta que estemos dentro. -Max sacó las llaves del contacto y apagó las luces interiores-. Una vez que entremos en la casa, cortaré la corriente del sistema de alarma. Eso dejará sin luz el resto de la casa.

– Sin luz, ¿cómo vas a borrar el disco duro del ordenador de Sam?

– Tiene una batería auxiliar que funcionará durante media hora. Habré terminado en la mitad de ese tiempo.

– ¿Cómo lo sabes? ¿Ya has estado dentro de la casa?

– Por supuesto. Yo no trabajo totalmente a ciegas.

Max abrió la puerta del coche y la cerró detrás de sí sin hacer el menor ruido. Lola se reunió con él delante de la rueda delantera derecha y, juntos, se alejaron de ese lado de la calle. Unos segundos después, ambos se habían adentrado en el bosque de Maryland.

La vista de Max tardó unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad. Lola tropezó dos veces y, al final, metió la mano en el bolsillo trasero de los Levis de Max. La calidez del tacto de Lola se extendió por el trasero de Max y le abrasó la entrepierna. Se preguntó si ella tenía idea de lo que estaba provocando en él, de la tortura que eso suponía para él. Se preguntó si se imaginaba que al verla en el aeropuerto, saliendo por la puerta y dirigiéndose hacia él, había estado a punto de arrodillarse para pedirle que le permitiese amarla.

1 ... 51 52 53 54 55 56 57 58 59 ... 64
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)