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La Reina de la Oscuridad

Электронная книга - «La Reina de la Oscuridad». Краткое содержание книги:

La guerra contra los dragones siervos de la Reina de la Oscuridad sigue su curso. Armados con los misteriosos y mágicos Orbes de los Dragones y con la resplandeciente Dragonlance, los compañeros se convierten en la esperanza del mundo. Pero ahora, cuando amanece un nuevo día, los oscuros secretos que han ensombrecido los corazones de este grupo de amigos salen a la luz. La traición, el engaño, la debilidad estarán a punto de destruir todo lo que ya han conseguido.
Les queda por librar la más grande de las batallas: cada uno consigo mismo.
Y al final, serán héroes.
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—¿Qué ha ocurrido? —preguntó estremeciéndose de ira y repugnancia.

—Al arrojarle al suelo le has hecho caer sobre su acero —explicó Tas con calma.

—Pero antes...

—Lo he traspasado con mi cuchillo —dijo el kender tras recuperar la diminuta arma—. ¡Y pensar que Caramon me aseguró que no serviría para nada a menos que me tropezase con un conejo rebelde! Estoy ansioso por contárselo. Verás, Laurana —añadió con triste acento—, todo el mundo desprecia a los miembros de mi raza. Bakaris debería haber registrado mis saquillos cuando se lo ofrecí, pero la confianza le perdió. Me ha gustado esa estratagema del desmayo.¿Acaso...?

—¿Cómo está Flint? —interrumpió la muchacha, que no quería recordar la terrible experiencia vivida. Sin saber qué hacía ni por qué, desprendió la capa de sus hombros y la extendió sobre el rostro barbudo de su enemigo—. Tenemos que salir de aquí.

—Se repondrá —la tranquilizó Tas observando al enano, que ya había empezado a gemir y agitar la cabeza—. ¿Qué pasará con las salamandras aladas? ¿Crees que nos atacarán?

—Lo ignoro —contestó Laurana. Dirigió una furtiva mirada a los animales, que espiaban su entorno atenazadas por un visible desasosiego pues no acertaban a comprender lo sucedido—. Se rumorea que no son demasiado inteligentes, y que tan sólo actúan por iniciativa ajena. Quizá si no hacemos ningún movimiento brusco logremos escapar por el bosque antes de que adivinen la muerte de su amo. Ayuda a Flint.

—Vamos, Flint —urgió el kender mientras tiraba del brazo de su compañero——. Debemos huir cuan...

No concluyó la frase a causa del desgarrado grito que resonó en sus tímpanos, un grito tan preñado de terror que puso al kender los pelos de punta. Alzando los ojos, vio que Laurana contemplaba a una figura, al parecer, surgida de la cueva. Al advertir su presencia, azotó a Tas la más terrible sensación que había experimentado en su vida. Los pálpitos de su corazón se aceleraron, al mismo tiempo que se le helaban las manos y se formaba un nudo en su garganta, impidiéndole respirar.

—¡Flint! —consiguió exclamara través de su estrangulamiento.

El enano, percibiendo un tono en la voz del kender que nunca había oído antes, se esforzó en incorporarse.

Tas sólo pudo extender el índice, y Flint centró su aún nublada visión en el punto que señalaba su amigo.

—¡En el nombre de Reorx! —farfulló—. ¿Qué es eso?

La figura avanzó con paso resuelto hacia Laurana quien, hechizada ante su dominio, permanecía rígida como una estatua. Pertrechaba tras una antigua armadura, la aparición se asemejaba a un Caballero de Solamnia, si bien el metal de su atavío estaba ennegrecido como si el fuego hubiera intentado quemarlo. Una luz anaranjada destellaba a través del yelmo, un yelmo que parecía sostenerse en el aire sin cobijar ningún rostro.

Cuando la figura extendió su armado brazo, Flint esbozó una exclamación de pánico. Aquel miembro no se terminaba en una mano, de tal modo que el caballero atrapó a Laurana con aire en lugar de dedos. Sin embargo, ella profirió un alarido de dolor, cayendo de rodillas frente a la fantasmal criatura. Inclinó la cabeza y perdió el conocimiento a causa del gélido contacto del espectro, que se apresuró a liberar su presa para dejar que se deslizase inerte hasta el suelo. El supuesto caballero se agachó despacio, alzando a la muchacha en volandas.

Tas hizo ademán de moverse pero la criatura lo envolvió en su centelleante luz y el kender se paralizó, contemplando mudo aquella llama anaranjada que reemplazaba a los ojos en su invisible rostro. Ni él ni Flint podían apartar la mirada, pese a que su terror era tan intenso que el enano temió perder la razón. Sólo la inquietud que despertaba Laurana en su ánimo le permitió conservar la compostura, mientras se repetía una y otra vez que tenía que hacer algo para salvarla. No obstante su tembloroso cuerpo rehusada obedecer a sus impulsos. La ígnea mirada del caballero había arrasado la voluntad de ambos.

—Volved a Kalaman —ordenó una voz cavernosa—, y decid a quien pueda interesarle que tengo a la mujer elfa. La Dama Oscura llegará mañana a mediodía para discutir las condiciones de la rendición de la ciudad.

El caballero dio media vuelta y, con su vibrante armadura, atravesó el cadáver de Bakaris como si ya no existiera antes de desaparecer entre las oscuras sombras de bosque con la inerte Laurana en los brazos.

En el instante en que se desvaneció el espectro se deshizo su encantamiento. Tas, débil y mareado, empezó a temblar de forma incontrolable mientras Flint intentaba ponerse en pie.

—Voy a perseguirle —susurró el enano, aunque sus manos se entrechocaban con tal violencia que apenas pudo alzarse del suelo.

—N-no —balbuceó Tasslehoff, contraído y pálido su rostro como si aún se hallara en presencia del caballero—. Sea quien fuere esa criatura no podemos enfrentarnos a ella. Un miedo invencible se ha apoderado de mí, Flint! —el kender meneó la cabeza en actitud desesperada—. Lo lamento, pero no puedo luchar contra ese... fantasma. Debemos regresar a Kalaman, quizá allí nos brinden ayuda.

Tas echó a correr hacia la espesura dejando a Flint absorto en la contemplación del lugar por donde había desaparecido Laurana, enfurecido e indeciso a un tiempo. Al fin surcaron su rostro las arrugas de la agonía y farfulló:

—Tienes razón, tampoco yo sería capaz de encararme con ese ser. Ignoro su procedencia, pero desde luego no pertenece a este mundo.

Antes de abandonar el paraje, Flint dirigió una última mirada a Bakaris, que yacía bajo la capa de Laurana. Una punzada de dolor traspasó su corazón, pero trató de desechar todo sentimiento para decirse con una súbita certeza. —mintió acerca de Tanis, al igual que Kitiara. ¡Sé que no está con ella! – el enano cerró el puño y añadió.— Desconozco el paradero del semielfo, pero algún día me enfrentaré a él y me veré obligado a confesarle...que que he fallado. Me confió la custodia de la Princesa y he permitido que me la arrebaten.

La llamada de Tas le devolvió al presente. Suspirando, empezó a caminar tras el kender con la visión empañada a la vez que se frotaba el brazo izquierdo.

—¿Cómo explicárselo? —gemía en plena carrera— ¿cómo?

4

Interludio de paz.

—Escúchame —dijo Tanis lanzando una iracunda mirada al hombre que, impasible, se hallaba sentado frente a él—. Quiero respuestas. Nos arrojaste deliberadamente al remolino. ¿Por qué? ¿Conocías la existencia de este lugar? ¿Dónde estamos? ¿Qué ha sido de los otros?

Berem se hallaba delante de Tanis, acomodado en una silla de madera tallada donde se distinguían figuras de aves y otros animales con un diseño muy popular entre los elfos. A Tanis le recordaba el trono de Lora en el predestinado reino de Silvanesti. Sin embargo, tal semejanza no calmó su enfurecido talante y, tras su máscara de indeferencia, también Berem ocultaba una vaga inquietud. Sus manos, demasiado jóvenes para el cuerpo de un hombre de mediana edad, pellizcaban sin tregua los andrajosos pantalones y sus ojos paseaban nerviosos por el singular entorno.

—¡Responde, maldita sea! —lo imprecó Tanis a la vez que, abalanzándose sobre él, lo agarraba por la camisa y lo arrancaba de su asiento. Cuando sus firmes manos rodearon la garganta del piloto del Perechon una voz le advirtió:

—¡No, Tanis!—Era Goldmoon, que se levantó como una exhalación y posó la mano en el brazo del semielfo. Pero este había perdido el control, su faz estaba tan desfigurada por el miedo y la ira que resultaba casi irreconocible. En un frenético esfuerzo para evitar el desastre la mujer de las Llanuras arañó los dedos que apresaban a Berem—. ¡Riverwind, detenlo!

El interpelado asió a Tanis por las muñecas y lo apartó del piloto, sujetándolo entre sus fuertes brazos.

—¡Déjalo, Tanis!

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