Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
«De Cohen Wells, querrás decir. Su poder en la ciudad se vuelve cada día mayor.»
– Es por eso que me ha preocupado ver que llegaban ustedes.
El primer impulso de Jim habría sido el de coger por la chaqueta a aquel usurero por cuenta ajena y enviarlo a patadas en el culo por toda la ruta 66 hasta Oatman. En cambio, se le acercó y bajó apenas la voz, en tono confidencial. Rogó por los dos que no tuviera mal aliento.
– Señor Van Piese, la joven que me acompaña es la prometida de Caleb Kelso. Por diversos motivos se encontraba lejos el día en que murió y no ha podido asistir a las exequias. Me ha pedido el favor personal de acompañarla aquí, donde vivía su novio. Creo que desearía quedarse unos instantes a solas.
El semblante de Van Piese se distendió en señal de comprensión. Llevaba impreso el falso pesar de algunos empresarios de pompas fúnebres.
– Comprendo. Pues claro, no hay ningún problema. De todos modos ya había terminado mis pesquisas para la peritación.
Cuando alzaron la mirada, Charyl ya no se encontraba a la vista. Probablemente había doblado la esquina de la casa y en aquel momento estaba mirando la montaña de la parte posterior o subiendo hacia el laboratorio.
«La caja fuerte de la familia.»
Jim volvió a pensar en el escondite disimulado bajo la trampilla y su contenido. Por desgracia, aquel sitio, lo mismo que el resto de la casa, todavía se hallaba clausurado. Entrar era ilegal. Violar los sellos de la policía podía acarrear consecuencias poco agradables. No sabía aún qué iba a hacer, pero desde luego no permitiría que las cosas de su abuelo pasaran a ser propiedad de ningún banco.
En aquel momento sucedió.
Precedido por un largo gemido, Silent Joe corrió hacia el Ram, se irguió sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en la puerta cerrada. Empezó a arañar el metal, frenético, como si quisiera cavar un agujero para entrar en la camioneta. Mientras se acercaba a él corriendo, Jim oía el ruido de las uñas sobre la chapa y veía dibujarse los surcos en la pintura de la carrocería.
– Basta, Silent Joe. ¿Qué te ocurre?
El perro no le prestó la menor atención. Cuando entendió que la puerta no se abriría, abandonó el costado para dirigirse a la parte de atrás, que había quedado abierta. Saltó a ella con tanto ímpetu que resbaló con un ruido sordo al dar con el cuerpo contra el exterior de la cabina.
Recobró el equilibrio casi de inmediato. Entonces alzó el hocico hacia el cielo y se puso a aullar.
Una fracción de segundo después, desde algún lugar de detrás de la casa llegaron los gritos de Charyl. Agudos, casi inhumanos. Parecía imposible que una persona pudiera poseer dentro de sí la capacidad de sufrir de ese modo, como si experimentara todo el horror y el dolor del mundo.
Jim sintió que la carne de gallina recorría su cuerpo como una ráfaga de aire frío. Y que el terror congelaba ese viento.
Pero de algún modo se obligó a actuar. Se volvió hacia Van Piese: sus ojos parecían aún más aterrorizados que los del perro. Le habló en tono tajante, con la máxima claridad de que era capaz en aquel trance.
– ¿Tiene usted un móvil?
– Sí.
– No se mueva de aquí. Llame enseguida a la policía. Pregunte por el detective Beaudysin, dígale mi nombre y pídale que venga ahora mismo a la casa de Caleb. ¿Me ha comprendido?
Los gritos continuaban, implacables y antinaturales. Van Piese no entendía nada, lo que parecía aumentar su terror.
– Sí.
Jim casi no oyó la respuesta. Ya había salido corriendo, en dirección a la esquina de la casa.
Los gritos continuaban.
Una nube oscura pasaba por el cielo de The Oak, dibujando una larga sombra negra en el terreno. Daba la impresión de que cruzaba el cielo simultáneamente en todo el mundo y que el sol no volvería a salir nunca más.
Jim llegó a la esquina y la superó corriendo, aterrado ante la idea de lo que podría encontrar.
El lado izquierdo de la casa se veía despejado. Nada ni nadie.
Los gritos cesaron de golpe.
Jim siguió corriendo. Maldiciendo y rogando pasó también la esquina siguiente.
Y allí la vio.
Yacía en el suelo, en la parte llana que bordeaba un tramo del lado posterior de la construcción, antes de volverse cuesta y luego montaña. Estaba tendida sobre la espalda, con la cabeza vuelta hacia el lado opuesto del que llegaba él. Una de sus piernas estaba superpuesta sobre la otra de manera antinatural, como si tuviera los huesos despedazados.
Jim disminuyó el paso y la inercia lo llevó al lugar desde donde podía verle la cara.
La cola de caballo se había deshecho y el pelo le cubría el rostro. Jim vio los rasgos deformados, lo mismo que los huesos del cráneo.
Sin necesidad de tocarla supo que estaba muerta.
Logró vencer su piedad, que le pedía inclinarse, apartarle el pelo de la cara y coger entre los brazos a aquella muchacha demasiado joven para morir y demasiado herida para morir de esa forma. Pero la poca lucidez de que disponía le ordenaba no tocar nada hasta que llegara la policía. Cayó de rodillas junto al cuerpo de Charyl y se agachó hasta apoyar la frente en el suelo. Se quedó allí, llorando sin lágrimas y maldiciendo al mundo por aquella muerte sin sentido, hasta que oyó a lo lejos el lamento de las sirenas.
Entonces se recompuso y levantó la cabeza.
En el preciso momento en que el primer uniforme azul de un policía aparecía por detrás de la casa, resonó el primer trueno.
Inmediatamente empezó a llover.
21
El resto fue, si ello era posible, una pesadilla todavía peor.
La lluvia que caía a cántaros, el cadáver sobre la camilla, el brazo, doblado a la altura del codo de manera antinatural, que resbaló de debajo de la manta pese a las correas que sujetaban el cuerpo. Las luces de la ambulancia, la sirena. El viaje hasta la Central escoltado por el coche de la policía, *con Silent Joe por fin calmado, acurrucado a su lado. El pensamiento constante de la cara deformada y el cuerpo destrozado de aquella que en vida había sido una muchacha guapa sin suerte. En sus oídos todavía resonaba el recuerdo de sus gritos. Las horas pasadas respondiendo cien veces las mismas preguntas.
«No, nunca había visto a Charyl Stewart hasta anteayer por la tarde.»
«Sí, sabía que era prostituta. Me lo dijo ella.»
«Sí, conocía su relación con Caleb Kelso.»
«No, no creo que nunca antes hubiera estado en The Oak.»
«¿Que qué ha ocurrido? Es la centésima vez que lo digo. Cuando la oí gritar, corrí hacia la parte trasera de la casa, y ella…»
Jim agradeció a todos los santos del Paraíso haber encontrado en The Oak a aquel paliducho empleado de banco, Zachary Van Piese. Le había dado una coartada que valía su vida. De haberse hallado solo, ¿cómo habría explicado su presencia en compañía del cadáver de una prostituta de Scottsdale, en el mismo lugar donde ya habían asesinado a su amante, de la misma forma?
Durante todo el tiempo que compartió el despacho con otro policía, Robert aceptó el flujo de preguntas que se arremolinaban como ondas de radio en torno de la figura sentada de Jim. Tras el descubrimiento del nuevo homicidio, había descendido sobre él una especie de resignación. Por un par de miradas que le había echado, Jim supo que habría dado un mes de salario para encontrarse a solas con él y preguntarle las cosas que de veras le interesaban. En uno de los pocos momentos en que se quedaron solos, el detective le dirigió un interrogante seco que, como tal, obtuvo una seca respuesta.
– ¿Ha sucedido de nuevo?
– Sí.
– Lo hablaremos cuando nos dejen a solas.
Jim entendió el mensaje. Significaba: «No digas lo que sabes». Significaba: «No digas lo que sé». Por pura suerte, Van Piese, aturdido por las emociones vividas, recordaba de forma confusa la sucesión de los hechos e interpretaba el comportamiento frenético de Silent Joe como una reacción al violento temporal.