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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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Ella respondió en tono impersonal al segundo timbrazo.

– Diga.

– Charyl, soy Jim Mackenzie.

El tono de la muchacha viró al calor de una voz amiga.

– Hola, Jim. Esperaba tu llamada. ¿Crees que podrás acompañarme?

– Sí. Si te va bien, pasaré a recogerte hacia las diez y media. ¿Te parece?

Un segundo de silencio. Con los ojos de la imaginación Jim la vio alzar la muñeca para consultar la hora.

– Perfecto. Estoy en el Wild Peaks Inn. ¿Sabes dónde queda?

– ¿No es en la esquina de la ruta 66 con la Fourth, en East Flagstaff?

– Exacto.

– Estupendo. Hasta luego, entonces.

Al cortar la comunicación se preguntó por qué había aceptado, y ahora, ya en el aparcamiento del motel, seguía preguntándose lo mismo. Puntual como no lo había sido nunca, salvo cuando le convenía. Cogió el móvil y se dispuso a marcar el número de la muchacha, pero ella lo interrumpió, al salir por la puerta de su habitación. De pronto, ese reducido panorama del centro comercial cobró un centro de atracción. Vestía la misma chaqueta, pero se había cambiado los pantalones y la camisa. Llevaba el pelo rubio recogido en la nuca en una cola de caballo. No iba maquillada y se la veía más joven que el día anterior. Aunque sin experimentar por ella ningún interés en particular, Jim se dijo que de la figura de esa mujer parecía emanar una vibración diferente, como si sobresaliera por encima de todas las demás imágenes que la rodeaban.

Mientras Charyl se acercaba, Jim se apeó de la camioneta y fue a abrir la puerta del lado del acompañante. Silent Joe, sentado allí, parecía mirar con atención un punto imaginario situado frente a él.

– Anda, baja. Hoy debes ir atrás.

El perro volvió la cabeza y lo miró como un noble inglés a su chófer un instante antes de despedirlo. Poco después fijó la vista en el espacio que se extendía al otro lado del cristal, sin la menor intención de moverse.

Como si fuera sordo. Jim contuvo una sonrisa, para no parecer vencido.

– Anda, chaval. Me has entendido perfectamente. Por una vez harás de perro, en lugar de turista.

Silent Joe se decidió por fin. Se movió con lentitud, con toda su suficiencia canina. Mientras subía a la parte trasera de la camioneta, su aire acongojado expresaba todas las injusticias del mundo.

La voz de Charyl lo sorprendió a sus espaldas. Pero no había en ella ningún rastro de la dureza del día anterior.

– Después de esto, no creo que tu perro me quiera.

– Mi perro no quiere a nadie más que a sí mismo. Estoy convencido de que, según sus parámetros, permitir que yo me ocupe de él significa una gran concesión.

Subieron a la camioneta y Jim puso en marcha el motor. No consideró oportuno aclarar que Silent Joe había sido, hasta hacía pocos días, el perro de Caleb. Era un comentario que solo serviría para retorcer cuchillos en llagas recientes.

Salió del aparcamiento del Wild Peaks Inn. Dobló a la izquierda y se introdujo en el tráfico de la 89, que conducía hacia el norte y hacia las promesas incumplidas del campamento The Oak.

Pasaron algunos minutos antes de que Charyl se decidiera a romper el silencio.

– ¿Caleb te habló de mí en algún momento?

– No. Hacía mucho que no lo veía. Casi cinco años. Me sorprende que él te haya hablado de mí.

– Ah, Caleb te estimaba mucho. Creo que hasta te envidiaba un poco. Decía que en cierto sentido él te había enseñado a volar.

Era cierto. Gracias a Caleb había aprendido, en un primer tiempo, a valorar la habilidad, la elegancia y la libertad del vuelo de las aves. Después comenzó a ansiar imitarlo. Por último, el vuelo se transformó en su razón de vivir.

– Así es. También es mérito o culpa de él que yo sea piloto de helicópteros. Y tú, ¿qué haces en la vida?

Charyl se quedó un instante suspendida entre la pregunta y su respuesta. Luego se resignó al hecho de que todos somos zorros perseguidos por nuestros propios sabuesos.

– Tarde o temprano lo sabrás. Más vale que te lo diga yo.

Hizo una pausa y miró por la ventanilla, como si lo que estaba a punto de decir se hallara escrito en el cristal.

– Soy prostituta.

A Jim le sorprendió su brutal sinceridad, pero no dijo nada. Le dio tiempo de recobrarse. Ninguna mujer del mundo podía confesar lo que acababa de confesar Charyl sin necesitar unos segundos para sí.

Continuó conduciendo, aguardó. Hasta que llegó el resto de la historia.

– Conocí a Caleb en un local de Phoenix, hace un par de años. Al principio era solo un cliente como tantos otros. Para mí no era más que una suma de dinero, una frase repetida continuamente: doscientos dólares si quieres ver mi dormitorio, cuatrocientos si quieres ver salir el sol por mi ventana. Él parecía vivir al borde de la ruina, pero, no sé cómo, conseguía el dinero para seguir viéndome. Era bueno, amable. Demasiado. Me hablaba de sus sueños, de sus proyectos, de sus esperanzas. De ese extravagante asunto de los rayos. Un absurdo sin futuro, quizá. Pero daba la impresión de creerlo, y de algún modo empecé a creerlo también yo.

Hizo otra pausa. Jim la miró. Observó el juego de la tensión en su bonita mandíbula.

– Después, un día, me dijo que me amaba y que quería casarse conmigo.

Buscó en el bolsillo y sacó la pitillera. Un instante de respiro para acallar los gritos interiores.

– ¿Te molesta si fumo?

Jim meneó la cabeza. No quería invadir con su voz aquel momento que pertenecía solo a Charyl. Ella encendió un cigarrillo. Las siguientes palabras salieron de su boca junto con la primera bocanada de humo.

– Era la primera vez que un hombre me decía algo así. Bueno había sucedido antes, y quizá de mejor manera. Pero en su caso las palabras eran de un hombre sincero. Yo lo sabía. Se lo leía en los ojos. He visto y sufrido suficientes mentiras como para saber reconocer la verdad.

Calló de nuevo. Jim se preguntó si le habría contado todo aquello a la policía. Era probable que sí. Tal vez tratando de disimular, por pudor, la añoranza y el dolor que se le reflejaban en la cara y la voz.

– Le respondí que no. En el pasado he tenido decepciones, y ya no quiero correr más riesgos. Pero desde entonces ya no gasté el dinero que me daba en nuestras citas. Lo puse todo en una libreta de ahorros, dólar a dólar. No sé por qué lo hice.

Jim aventuró una hipótesis.

– ¿Quizá porque también tú lo amabas?

– Quizá porque también yo lo amaba…

Charyl agachó la cabeza al repetir casi en voz baja la pregunta, a modo de respuesta. Jim comprendió que trataba de engañarse, obstinadamente, de pensar en ello solo como una teoría, para no tener que admitir que había vuelto a perder, una vez más. Después la vio recobrarse de ese instante y volver a la camioneta, junto a él.

– ¿Sufrió?

– La policía dice que no.

«La policía no sabe nada. Y de esto, menos todavía…»

– Cuando me enteré, creí que había sido víctima de sus experimentos con la electricidad. Pero después ese detective me dijo que no fue así, aunque no añadió más.

Por el rabillo del ojo, Jim vio que se volvía a mirarlo. Se hallaba en el centro de una historia oscura y daba la' sensación de esperar de él una luz que no podía brindarle.

«¿Alguna vez has sufrido un accidente con el helicóptero?»

Cuando comprendió que no obtendría de él ninguna aclaración, Charyl abrió la ventanilla y arrojó fuera la colilla del cigarrillo.

– Hablé por teléfono con Caleb un par de días antes de lo ocurrido. Estaba eufórico. Como si hubiera ganado la lotería.

Decía que pronto tendría a su disposición mucho dinero y que podría llevar otra vida, si quería. Me propuso pasar un fin de semana en Las Vegas.

Jim se quedó perplejo. Robert no le había dicho nada. Resultaba comprensible desde su punto de vista, pero constituía una sorpresa por lo que Jim sabía de la vida de Caleb. En general, él y el dinero formaban una antítesis. Si el dinero era hielo, Caleb era una plancha candente. Se disolvía enseguida, en una nube de vapor.

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