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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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Jim no lo contradijo.

Hacia el final de su declaración, llegó al despacho de Robert nada menos que Donovan Cleese, el jefe de policía de Flagstaff. Tras entrar en la sala, indicó con la mano que continuaran y se sentó en un rincón. Asistió sin abrir la boca al resto de las preguntas y respuestas. Llevaba estampadas en el semblante las señales de eso que en los comunicados de prensa se definía como «una viva preocupación».

Jim pensó que tenía sobrados motivos para ello. En la animada pero inocua pequeña ciudad de Flagstaff habían muerto tres personas, asesinadas de manera bárbara por la misma mano. Y dado que en cuanto a las primeras dos no había modo de saber en qué dirección encaminarse, nada hacía presuponer que con esta tercera víctima las cosas cambiarían.

No obstante, la esperanza es lo último que se pierde y por eso estaba allí, rogando en silencio, preso también él de su pequeño terror. Se cernía sobre él el espectro del FBI, que de un momento a otro podía aparecer en la sede de Phoenix para imponer su autoridad y apartar del caso a la policía local.

Después de haber repetido sus respuestas por enésima vez, terminó para Jim el calvario del interrogatorio. Pese a la presencia de su jefe, Robert decidió acompañarlo en persona hasta la salida. Ni siquiera necesitó inventar una excusa. Por supuesto, frente a la entrada principal se habían reunido los representantes de todos los medios periodísticos del estado. Si se enteraban de que Jim se hallaba presente por segunda vez en el lugar de un crimen, habría terminado, tanto para él como para la investigación, ese mínimo de reserva que les hacía falta para intentar encontrar una solución. Esperaron, pues, a alejarse lo suficiente del despacho antes de entablar cualquier conversación. Ahora que iban bajando escaleras y recorriendo diversos pasillos en dirección a una salida secundaria, el detective Robert Beaudysin tuvo al fin la oportunidad de hablar con su principal testigo.

– ¿Y bien…?

– No sé qué decir, Bob. Esto es increíble.

– ¿Te refieres al perro?

– Sí. La misma reacción que el otro día, en el aparcamiento. Saltó a la parte trasera de la camioneta, poseído por un auténtico terror. Después se puso a aullar, y te aseguro que era un lamento como para helarte la sangre en las venas. Poco después empezó a gritar la chica. Lo demás ya lo sabes.

– ¿Qué crees tú?

– ¿Yo? ¿Qué quieres que piense? Me parece todo de lo más absurdo. ¿La chica murió de la misma forma que los otros dos?

– Idéntica. Todos los huesos hechos añicos, como si la hubieran puesto bajo una prensa.

– Desde que la oí gritar hasta que llegué donde estaba, debieron de transcurrir a lo sumo treinta segundos. ¿Qué puede haber reducido así a una persona y desaparecer en la nada en tan poco tiempo?

– No lo sé. Y encima esa maldita tormenta ha borrado cualquier huella que hubiera.

Robert traicionó cierta vacilación. Jim tuvo la impresión de que su amigo le escondía algo, pero no consideró conveniente insistir. Lo único que deseaba era salir de allí, respirar aire fresco, alejarse mil kilómetros de aquella ciudad y olvidar todo lo sucedido en los últimos días.

Pero con el terror de que de un momento a otro Silent Joe se echara a aullar de nuevo.

Cuando llegaron al final del pasillo se encontraron ante una puerta de metal. Una luz verdosa caía atenuada de unas pequeñas ventanas situadas en lo alto. Hacía calor y olía a cemento húmedo.

Robert se detuvo ante la puerta. El policía era él, así que Jim se adaptó a su papel.

– Dime qué debo hacer.

– ¿Y cómo podría decirte qué hacer, si soy yo quien necesita que alguien me lo diga?

Robert abrió la puerta. Fuera, el temporal había dejado charcos que reflejaban un cielo azul, recién lavado, listo para el ocaso. Jim no se había dado cuenta de cuánto rato había transcurrido desde su entrada en el edificio.

– Ve a tu casa, emborráchate y duerme unas horas. Es lo que haría yo, si pudiera.

– Hasta luego, Robert. Buenas noches. Te lo deseo de veras.

El detective hizo apenas un movimiento con la cabeza para dar a entender que le había entendido.

– Vigila a tu perro.

Dijo por segunda vez estas palabras que, a la luz de los hechos, sonaban más a amenaza que a consejo. Después desapareció tras el leve chirrido de la puerta.

Jim volvió a hallarse solo en el aparcamiento reservado a los coches del personal y a los vehículos de servicio. En una de las últimas filas asomaba el techo de su camioneta.

Se dirigió hacia allí al tiempo que buscaba las llaves en el bolsillo.

Cuando vio que su presencia en la Central se prolongaría mucho, pidió a un agente de la Unidad Canina que llevara a Silent Joe a la cabaña de Beal Road. Jim no tenía ni idea del estado en que lo encontraría. En general, sus ataques de pánico no dejaban secuelas. Su comportamiento volvía a ser el de siempre, indolente y adaptable, dócil y autosuficiente. Pero aquel no era un momento de certezas, y menos con un animal tan impredecible.

Cuando llegó a la camioneta tuvo que rodearla para alcanzar el lado del conductor. Pasó sin mirar al lado de la puerta arañada por el pánico de Silent Joe, como si al no fijarse en ese detalle pudiera también evitar pensar en todo lo que sucedía.

Antes de subir sacó el móvil del bolsillo y marcó el número del Ranch.

La voz de barítono de Bill Freihart respondió al segundo timbrazo.

– Cielo Alto Mountain Ranch. ¿En qué puedo servirle?

– Hola, Bill. Soy Jim. Necesito hablar con Charlie. ¿Por casualidad anda por ahí?

– Tienes suerte. Ha salido hace un segundo. Todavía debe de estar aquí fuera.

Jim aguardó, oyó cómo se acercaba el ruido de pasos de botas sobre el suelo de madera. Poco después surgió en el aparato, seca como siempre, la voz de su viejo bidà’í.

– Sí.

– Charlie, soy Jim. Te necesito para un trabajo. ¿Podrás llegar a la ciudad para el anochecer?

– No hay problema.

– Bien. Entonces nos vemos a eso de las diez en mi casa. Beal Road 29, en la esquina de Fort Valley.

– De acuerdo.

El viejo cortó la comunicación. Había dicho «de acuerdo», y por lo tanto a las diez en punto estaría esperando ante la puerta de su cabaña. Jim cerró el móvil, dudando si hacía bien en involucrar a Charlie en sus planes. Sin embargo, como lo conocía perfectamente, llegó a la conclusión de que el viejo se sentiría muy mal si no le pidiera que lo acompañara.

Subió al Ram, puso en marcha el motor y salió lentamente del aparcamiento. A la misma velocidad recorrió el trayecto hasta su casa.

Se tomó el tiempo que nunca había querido tomarse en la vida. Condujo despacio, mientras repasaba en su mente, una por una, todas las cosas que habían ocurrido en el transcurso de aquellas pocas horas. Aunque no por ello logró arriesgar una hipótesis sobre su vida futura.

Cuando llegó a la cabaña, apoyada en la puerta de su Honda, lo esperaba April Thompson.

Las horas pasadas respondiendo las preguntas de la policía le parecieron de pronto una realidad preferible a esa. Todavía no había digerido el encuentro del día anterior. No estaba preparado para enfrentarse con ella otra vez, ni para sufrir otra noche de insomnio. El nuevo homicidio había marcado una pausa. Era algo terrible por el modo en que había ocurrido, e inquietante por todos los interrogantes que añadía a los ya planteados. Pero se trataba de un hecho del cual él era un simple testigo, solo un hombre que había visto y que podía contar lo que sabía, pero dejando a otros la tarea de entender. Todo el resto era su prisión. Hacia donde se volviera se encontraba ante un muro, y cada muro llevaba escrito un nombre.

Alan, Swan, Cohen Wells, Caleb Kelso, Charles Begay y Richard Tenachee.

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