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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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Jim alzó las cejas.

– ¿Qué dijo el agente?

– No estaba en condiciones de decir nada. Se cayó del muro y se rompió una pierna, y se encuentra en estado de choque. Parece que algo lo aterró tanto que no hace más que desvariar. Por ahora le han dado sedantes. Ya veremos cuando decidan despertarlo. Pero por lo que me ha contado el guardia que lo socorrió primero, no alimento muchas esperanzas en ese sentido.

Robert volvió a sentarse al escritorio, como si hubiera agotado al mismo tiempo los argumentos y la fuerza de sus piernas para sostenerlo.

Jim lo miró, sin entender qué esperaba de él el detective.

– ¿Y qué tengo que ver yo en todo esto?

– Tú, nada. El que tiene que ver es tu perro.

– ¿Silent Joe? ¿Quieres decir que mi perro ha matado a esas dos personas? ¿Acaso te has vuelto loco?

Jim lo miró como si, al cabo de tantas dudas, en definitiva fuera Robert quien en realidad necesitaba un psiquiatra.

– No te digo que él los haya matado. Solo me limito a interpretar lo que tú acabas de confirmarme. Cuando hallaste a Caleb, Silent Joe estaba presente y algo lo había aterrorizado a muerte. Ahora, al ocurrir este otro homicidio, le ha sucedido de nuevo…

Se inclinó hacia él por encima del borde del escritorio, como si quisiera dar mayor peso a sus palabras. O para transmitir a su viejo amigo parte de la gravedad de lo que decía.

– Jed Cross fue asesinado en el mismo momento en que Silent Joe, en el aparcamiento, se quedó aterrorizado. Minuto más, minuto menos. Y ocurrió a poco más de cien metros de donde te encontrabas tú con tu perro.

Jim reflexionó. Sabía muy bien que un hombre que está a punto de ahogarse se aferra por instinto a cualquier cosa, con tal de sobrevivir. Pero las conclusiones a las que había llegado Robert eran como mínimo pintorescas. No pudo evitar devolverle una expresión perpleja.

– ¿Me estás pidiendo que recorra el pueblo con el perro, y en cuanto vea que se aterra te llame?

El detective Beaudysin alzó un poco la voz. Parecía exasperado por la situación en que se encontraba y enfadado por lo que la desesperación le había llevado a decir.

¿Con quién estaba enfadado? Jim prefería no saberlo.

– Ni siquiera yo sé qué te estoy pidiendo. Sé muy bien que he dicho en tu presencia cosas que ante otros no confesaría ni bajo tortura. Pero este es el único elemento que tienen en común los dos homicidios, aparte del parentesco entre Caleb y Jed.

Hizo una pausa, y a Jim le pareció que trataba de regresar al ámbito de las vivencias humanas, a un mundo en el que las personas no morían con los huesos destrozados en un laboratorio cerrado por dentro ni en el patio de una prisión.

Se aflojó e intentó disipar sus pensamientos con un gesto seco de la mano. Luego dirigió los ojos hacia Jim.

– ¿Ves a qué situaciones nos enfrentamos a veces en este trabajo? Es como en la guerra. Cualquier cosa con tal de no caer bajo el fuego del enemigo. Y si por casualidad estás pensando que no querrías ocupar mi lugar, te confieso que yo tampoco.

Suspiró en señal de rendición.

– No te preocupes, Tres Hombres. Quedas libre, puedes marcharte. ¿Quieres que pida a alguien que te acompañe?

– No. Creo que podré encontrar solo la salida.

Se levantó y en pocos pasos llegó a la puerta. Estaba a punto de empuñar el picaporte cuando lo detuvo la voz de Robert.

– ¿Jim?

Se volvió a mirarlo.

– ¿Alguna vez has sufrido un accidente con el helicóptero?

– No.

– Bien. Si dices por ahí una sola palabra de lo que se ha hablado en esta sala, me las apañaré para que estrellarte contra una montaña te resulte la opción más preferible.

Jim no alimentaba ninguna duda de la seriedad de su advertencia.

– Y mantén los ojos abiertos…

Jim sabía qué quería decir. Se refería a él y de algún modo también a ese extraño animal que la ciencia catalogaba de forma arbitraria entre los perros. Una locura, tal vez. ¿Pero cuántas locuras, con el tiempo y con el éxito, al fin habían resultado ser geniales intuiciones?

– Mensaje recibido.

Salió del edificio y recorrió sin dificultad el camino que le prometía salir de aquel lugar sofocante. Cruzó el vestíbulo, donde la muchacha de la recepción lo miró asombrada por la discordancia de sus ojos. Al salir echó un vistazo a la sala de espera. Vacía. Pasó el umbral y se encontró con la luz y el aire del aparcamiento. Respiró y le sorprendió que todo siguiera igual, tal como lo había dejado.

La muchacha rubia se hallaba fuera, a pocos pasos. Había salido a fumar un cigarrillo. Al verla allí, le resultó aún más guapa de lo que había juzgado a primera vista. Pero por el momento tenía otras cosas en la cabeza.

Luego la muchacha rubia se volvió y los ojos de ambos se cruzaron.

No mostró sorpresa alguna. No lo vio como un fenómeno de feria ni de alcoba. Quizá sencillamente ni siquiera lo vio.

Jim se dirigió a la camioneta. Había avanzado solo unos metros cuando le llegó desde atrás la voz de aquella chica. En contraste con su aspecto delicado, le habló con un inesperado tono de dureza.

– Discúlpeme.

Jim se volvió. La muchacha había tirado el cigarrillo y avanzaba hacia él.

– ¿Usted es Jim Mackenzie?

– Pues sí. ¿Nos conocemos?

La muchacha tendió una mano seca y segura.

– Me llamo Charyl Stewart. Soy…

Se interrumpió.

– Era amiga de Caleb. Él me ha hablado mucho de usted.

Jim no se molestó en preguntar cómo lo había reconocido.

– Caleb ha muerto.

Charyl pronunció las palabras con un sentido de ineluctabilidad. Había muerto y jamás volvería. Ni para ella ni para nadie.

Jim mostró respeto por su desolación. Por eso prefirió no bajar la mirada.

– Lo sé. Lo encontré yo.

– ¿Y cómo sucedió?

– Todavía están investigando. No puedo decir nada.

– Entiendo.

Charyl buscó en los bolsillos de su liviana chaqueta y sacó una pitillera de piel.

– Ya sé que para usted soy una perfecta desconocida. Pero Caleb le tenía afecto. También a mí. Y eso, de alguna manera, nos vuelve menos extraños.

Extrajo de la pitillera una tarjeta de visita y se la dio.

– Éste es mi número de teléfono. Me quedaré en la ciudad esta noche. Le agradecería…

Calló, quizá porque recordó que a través de un afecto común eran menos extraños.

– Te agradecería mucho si mañana por la mañana, antes de que me vaya, me acompañaras a ver dónde vivía Caleb. Podría pedírselo a otro, pero me gustaría que fueras tú.

Jim cogió la tarjeta y la guardó en el bolsillo de la camisa, junto con las gafas. Esbozó una leve sonrisa que deseó que resultara reconfortante.

– Muy bien. Hablamos mañana, Charyl.

Siguió hacia la camioneta, dejando a una muchacha rubia de pie en medio de un aparcamiento, sola con sus ojos húmedos y su voz sin ilusiones en una cara demasiado dulce. No veía un solo motivo para hacer lo que acababa de pedirle Charyl. Sin embargo, se dijo que en el pasado había hecho muchas cosas sin explicarse el motivo.

Y eran casi todas cosas malas.

Pero esa muchacha rubia no lo sabía, y podía ser un buen modo de iniciar algo de una manera distinta.

20

Jim detuvo el Ram frente al Wild Peaks Inn a las diez y media.

Había telefoneado a Charyl Stewart bastante antes, sorprendido de lo que hacía. La noche que acababa de pasar no había sido mejor que la anterior. Silent Joe le había hecho compañía, sin faltar al comportamiento que indicaba su apodo. Lacónico de carácter y hambriento por vocación.

Había muchas cosas que lo acometían cuando se quedaba solo, y al menos otras tantas cuando se encontraba en contacto con el resto del mundo. Jim no estaba preparado. Antes no le había sucedido nunca, ni lo uno ni lo otro. Quizá por eso había decidido llamar a aquella muchacha de la que no sabía absolutamente nada, salvo el afecto en común por un hombre muerto de una forma horrible.

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