Fuera de un evidente destino
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:
Las lágrimas caían por las mejillas de April, arrastrando años de soledad, de días de lucha sin tener a nadie a quien mostrar las heridas, de noches transcurridas intentando divisar un futuro entre la niebla del presente.
– ¿De veras quieres saber de quién es hijo Seymour?
Se soltó de nuevo y lo miró con ojos de desafío, ojos azules tras el velo salado de las lágrimas. Los mismos que había regalado a su hijo.
– ¡Es mío! ¡Es mío! ¡Es mío!
De pronto se desmoronó. Se le aflojaron los hombros y la voz se tornó un soplo. Se acercó un paso y apoyó la frente sobre el pecho de él, procurando un refugio que le había sido negado durante años.
– Es mío…
Dijo estas últimas palabras ahogadas contra la tela de la camisa. Jim la rodeó con los brazos y la estrechó contra sí, notó el calor dé ese cuerpo fundido con el suyo.
Jim sintió que algo se le disolvía por dentro. No sabía qué, porque nunca lo había experimentado. Todas las preguntas encontraron en un segundo una respuesta. No segura, pero posible. Quizá, para obtener esa libertad que había perseguido al marcharse, debería haberse quedado. Y tal vez había respirado menos cada vez que había aumentado el espacio que lo rodeaba.
Permaneció atrapado en ese lugar de tiempo y añoranzas, mientras el perfume del pelo de April le devolvía recuerdos y su firme cuerpo de mujer le recordaba que era un hombre.
Cuando la apartó de sí y la besó saboreando sus lágrimas, Jim Mackenzie experimentó por primera vez en su vida la sensación de haber llegado a casa.
22
Todavía hoy lo ahogaba ese recuerdo.
Habían pasado tantos años, se había derramado tanta sangre… Sangre salida de las venas y sangre salida de las palabras, de las que matan a las personas de forma mucho más dolorosa que las armas. Todo lo que parecía haberse hecho añicos se recomponía poco a poco, por la magia y el capricho del azar. Con nuevas formas y nuevos colores, para recordar que nada puede ser igual. Ese encuentro para el que no estaba preparado, ni en ese lugar ni en ese momento, le había dejado una sensación de vacío difícil de explicar, cuando en cambio un deseo de revancha habría resultado mucho más comprensible. En el instante en que se encontraron de frente y se miraron a los ojos todo pareció tan lejano, tan inútil, tan carente de sentido… Ningún motivo para ganar, porque no había ningún motivo para combatir. La única emoción fue la nostalgia. No por lo que había sido, sino solo por lo que podía ser.
Se preguntó si a ella le pasaría lo mismo. Sabía quién era ahora y sabía dónde estaba. Y conocía sus pensamientos. Esos pocos kilómetros que los separaban no los volvían más cercanos. Ya en una ocasión nada había sido posible. Lo que se había sumado en el transcurso del tiempo solo habría podido transformar la indiferencia en piedad.
Y él no quería…
El bastón se hundió en un pequeño hueco del terreno, y Alan sintió que su equilibrio se tornaba precario. Dos brazos robustos que lo sostenían para evitar que cayera lo apartaron de sus pensamientos.
– ¿Está usted cansado? ¿Quiere que volvamos a casa, señor Wells?
Alan Wells se apoyó en el bastón y negó con la cabeza. Wendell, el fisioterapeuta encargado de su rehabilitación y ejercitación con las prótesis, había decidido dejar el gimnasio y aventurarse a una caminata por un terreno poco accidentado. Se trasladaron fuera, a la hierba que se extendía delante de la casa, a la sombra de los olmos.
Las cosas no marchaban bien, y Alan comenzaba a perder la confianza.
– Creo que no lo lograré nunca.
– Sí que lo logrará, ya lo verá.
«No lo lograré. Por el simple motivo de que no consigo encontrar una sola jodida razón para hacerlo.»
Wendell le sonrió, seguro de que las palabras de su paciente eran producto de un momento de pesimismo. Ya lo había oído en otras ocasiones, de otras personas que estaban en la misma situación.
– Señor Wells, ¿conoce usted a un piloto italiano que se llama Alessandro Zanardi?
A Alan no le interesaba mucho el automovilismo, pero sabía que había ganado un par de campeonatos de monoplaza en Estados Unidos.
– Sí, lo he oído nombrar.
– Pues bien, ese chico padeció un problema como el suyo. Perdió las dos piernas en un accidente en una carrera, en Alemania.
Hizo una pausa efectista y Alan se vio obligado a admitir que Wendell era muy capaz para motivar a las personas.
– En estos momentos ha vuelto a correr. Con ayuda de prótesis como las suyas está corriendo un Campeonato de Turismos mundial.
– ¿Y gana?. Wendell hizo un gesto con los hombros.
– Eso no tiene importancia. Cualquiera que sea el puesto en el que llegue, de todos modos habrá ganado.
Alan no dijo nada. Wendell era un muchacho sano y por naturaleza lleno de entusiasmo, y lograba transmitirlo en su trabajo. Reconocía en él la sinceridad y un laudable compromiso humano y profesional con esa, su pequeña empresa. Aun así, no podía evitar pensar que cada vez, al final de la sesión, regresaba a su vida de siempre caminando con dos piernas, y Alan Wells pasaba a ser un nombre en una agenda y en un informe clínico.
El fisioterapeuta cogió las muletas, que había apoyado contra un árbol, y se las tendió.
– Por hoy, creo que es suficiente. Tenga fe en mi experiencia. Sucederá de repente. Una mañana se despertará y se dará cuenta de que es capaz de caminar sin problemas.
Alan se acomodó las muletas bajo las axilas y juntos se dirigieron hacia la casa. Dejaron aquello que familiarmente llamaban «jardín» pero que en realidad era un gran parque. Se extendía alrededor de un terreno que hacia el oeste limitaba con el hoyo número tres del campo de golf.
Wendell hizo deslizar sobre los quicios la gran cristalera que llevaba al salón.
– ¿Quiere que lo ayude a darse un baño?
– No, no estoy sudado. Me echará una mano esta tarde el chófer de mi padre.
Jonas era una de las tantas personas que se hallaban al servicio de los Wells, una especie de factótum que, entre sus múltiples méritos, poseía también el de haber sido durante un tiempo enfermero del Flagstaff Medical Center.
– Bien. Entonces, si ya no me necesita usted, me marcho.
Alan permaneció de pie mirando la Harley de Wendell que salía de la parte posterior de la casa y desaparecía por el sendero de acceso. Nunca le habían gustado las motocicletas, pero en aquel momento pensaba cuánto le habría complacido poder conducir una.
Shirley apareció a su lado.
– ¿Necesita usted algo, señor Wells?
Alan no tuvo más remedio que sonreír, desarmado, como siempre, por la puntual presencia del ama de llaves.
– Shirley, tienes que explicarme dónde está la cámara.
– ¿Qué cámara?
– La que me enfoca todo el tiempo y te avisa cuando me quedo solo. No es posible que tengas semejante sentido de la oportunidad sin recurrir a alguna ayuda externa. ¿O debo pensar que se debe a alguna percepción extrasensorial?
Dio unos pasos por la habitación. Las muletas dejaban en el suelo huellas que enseguida absorbía la moqueta. Fue hacia la otra parte de la estancia, seguido por la mujer.
– Puedes retirarte tranquila. Iré al estudio a leer mi correspondencia. ¿También me vigilarás en internet?
Shirley dio un paso atrás, y Alan percibió que se había excedido un poco con la broma y que ella lo había entendido mal. Se volvió a mirarla con una sonrisa.
– Sé que haces por mí todo lo que puedes. Y quizá algo más. Te lo agradezco mucho, Shirley. No necesito nada, en serio.
– Muy bien, señor Wells.
El ama de llaves se retiró sin añadir nada más. Alan continuó avanzando hacia la parte de la casa donde se hallaba el estudio. Tenía que adaptarse a una manera de desplazarse muy diferente de la de antaño. Además, usar las muletas no sólo lo convertía en un hombre sin piernas, sino también en un hombre sin manos. Pensó que debería inventar algo que le permitiera transportar pequeños objetos sin verse obligado cada vez a pedir ayuda a alguien. Al fin llegó al estudio de su padre, que armonizaba a la perfección con el resto de la casa. Una impecable combinación de muebles antiguos y diseño actual.