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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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Volvió a apoyarse en el respaldo de la silla de plástico, preparándose para una larga espera. Una media hora después, un agente uniformado entró en la sala acompañado por una guapa muchacha rubia.

– Por favor, señorita Stewart, si desea aguardar aquí… El detective le pide disculpas, pero ha surgido una emergencia. La atenderá lo antes posible.

La muchacha rubia se sentó en una de las sillas de su izquierda y dejó el bolso en la de al lado. Cruzó las piernas, con una expresión en la cara de resignada espera, como todos los que se hallaban, antes o después, en aquella habitación. Jim la miró distraído y recibió a cambia la misma mirada vaga. Era una mujer que en otros tiempos le hubiera llamado la atención, así como él habría hecho cualquier cosa por atraer la suya. Pero ahora ya no había manos que perder ni puntos que ganar. Todo había cambiado de forma tan rápida, inesperada, que los juegos de antaño revelaban lo que en efecto eran: inútiles y frustrantes tentativas de prolongar la adolescencia.

Volvió a su mente la cara de Seymour.

Los rasgos y los ojos eran sin la menor duda los de April.

Pero ese color de piel y ese pelo, tan lustroso y negro…

Cuando le preguntó la edad del hijo, ella eludió tanto la pregunta como la mirada.

Permaneció aún largo rato sentado en la silla, en compañía de la muchacha rubia, sus nublados pensamientos y sus preguntas sin respuesta. De vez en cuando se levantaba y salía solo para ir a ver que Silent Joe, en la camioneta, no tuviera problemas. Pese a sus invitaciones, cada vez que le abría la puerta el perro se negaba a bajar del Ram.

Al volver a entrar tras una de esas misiones humanitarias vio que lo aguardaba en el umbral de la puerta de cristal de entrada un joven que vestía el uniforme oscuro de la policía de Flagstaff.

– ¿El señor Jim Mackenzie?

– El mismo.

– Soy el agente Cole. Si desea usted acompañarme, lo llevaré con el detective.

Jim siguió al chaval por varios pasillos, camino del ascensor. Se cruzó con hombres con esposas sujetas a la cintura y vio unos rayos de sol entre las persianas, hasta que se encontró ante los vidrios esmerilados de la puerta de un despacho. Del otro lado llegaba una fresca sensación de penumbra. Se quitó las gafas y se las guardó en el bolsillo de la camisa. El agente hizo ademán de abrir el picaporte, pero luego lo pensó mejor y golpeó un par de veces con los nudillos en el marco de madera.

– Adelante.

La puerta se abrió y Jim se halló frente a un escritorio muy ordenado y frente a un hombre que necesitaba el orden como el aire que respiraba.

Robert le señaló la silla situada frente a él.

– Pasa, Jim. Siéntate.

– Es increíble cuántas sillas hay en una central de policía.

Robert esbozó una sonrisa y despidió al agente.

– Puedes retirarte, Cole. Apenas estén listos los informes, házmelos llegar de inmediato.

– Muy bien, detective.

El joven salió y cerró silencioso la puerta tras de sí. Quedó el malestar que Jim ya había sentido la noche en que habló con su amigo en la casa de Caleb. Ese malestar que solo pueden causar las cosas desconocidas.

– ¿Qué ocurre?

Robert lo miró como sin verlo.

– Hay un problema, Jim. Un verdadero y grandísimo problema…

Se recobró y volvió a la cuestión que los ocupaba. O al menos se impuso hacerlo.

– Pero vayamos a lo nuestro. Hablemos de aquella noche en la casa de Caleb. ¿Lo has pensado? ¿Hay algo más que puedas añadir a lo que ha me has contado?

– No. Nada de nada. Todo lo que recuerdo ya te lo he dicho.

El detective cogió del escritorio una libreta de apuntes. Jim no recordaba, cuando habló con él aquella noche, haberlo visto apuntar nada. Tal vez lo había hecho luego, obedeciendo a un esquema de trabajo.

– Me has dicho que el perro estaba aterrorizado cuando encontraste el cuerpo de Caleb.

– Sí. Completamente aterrorizado. Es extraño…

Jim se interrumpió de golpe, y el detective lo apremió.

– ¿Qué es lo extraño?

– Nada. No tiene ninguna importancia.

– Deja que decida yo si tiene importancia o no.

Jim pronunció las palabras con una expresión incrédula, como si lo que iba a decir fuera algo totalmente ridículo.

– Ha sucedido hace un par de horas, en el aparcamiento. De repente el perro volvió a mostrarse aterrorizado, exactamente de la misma forma. Empezó a temblar como una hoja y saltó al coche como un rayo. Mientras te esperaba he salido un par de veces a comprobar cómo estaba. Se ha calmado, pero no hay manera de hacerlo bajar.

El detective Robert Beaudysin miraba a Jim y guardaba silencio. Daba la impresión de sopesar las palabras que acababa de oír, sin saber exactamente cómo interpretarlas ni dónde ubicarlas. Había una tensión extraña en el aire, impropia de los seres humanos. Jim la percibió y trató de vencerla.

Restó importancia al asunto con un movimiento de hombros y sonrió.

– Lo más probable es que ese animal necesite el psiquiatra que tú aconsejaste para mí.

Robert no respondió a la ocurrencia, sino que prolongó un poco más el silencio. Cuando habló, pareció que era porque había tomado ya una decisión.

– Jim, no sé por qué te estoy diciendo esto. Tal vez porque te conozco, tal vez porque eres un tío reservado y lo que sabes nunca se ha filtrado a los periódicos.

Hizo una pausa que conllevaba una pizca de realismo autocompasivo.

– O tal vez solo sea porque en este momento eres mi única alternativa. La única y pequeña cosa con que cuento, por muy increíble que pueda parecer.

Se levantó del escritorio y fue a coger un vaso de agua de la máquina que había en un rincón. Habló por encima del murmullo de las burbujas, mientras se hallaba de espaldas, como si no mirar a la cara a su interlocutor sirviera de algún modo para eludir la responsabilidad de su confesión.

A los dos.

– Hay otro muerto igual.

Jim se movió incómodo en la silla.

– ¿Qué significa «hay otro muerto igual»?

– Exactamente lo que he dicho. Hemos encontrado a otra persona asesinada de manera idéntica que Caleb.

Jim guardó silencio. No se sentía del todo seguro de querer oír el resto.

– Y esta vez el hecho es todavía más complejo. Caleb estaba en su casa, en un laboratorio cerrado por dentro, sin ninguna señal de violencia. Un bonito problema, me dirás. Y es cierto. Sin embargo, existe siempre la sospecha, por muy vaga que sea, de una posibilidad que no se haya considerado, algo tan sutil que escape a muchos análisis, aunque no a todos. Como sucede a menudo.

Hizo una pausa para beber un sorbo de agua del vaso de plástico.

– Este nuevo caso es peor. ¿Conoces a Jed Cross?

– ¿Quién? ¿El primo de Caleb? ¿Esa inmundicia?

– El mismo. Estaba en la cárcel. Arrestado por sospechoso del homicidio y la violación de un niño navajo. En realidad las sospechas eran una certeza que ni siquiera el abogado del diablo habría logrado demoler. El muerto es él.

Esperó un segundo para que Jim pudiera asimilar los desconcertantes datos.

– Fue asesinado en el patio de la cárcel, durante la hora del recreo. Estaba solo, con un agente que lo vigilaba desde lo alto del muro. Nadie llorará por él, salvo la persona encargada de descubrir quién lo dejó seco…

Hizo una mueca para indicar que esa persona era la misma que el detective Robert Beaudysin veía cada vez que se miraba al espejo.

– Pero lo más extraño es lo absurdo de la situación. Un hombre solo, bajo vigilancia en el patio de una cárcel, uno de los lugares más seguros del mundo.

– Y ¿qué ha pasado?

– Opacidad total. Oyeron unos gritos y un disparo, y cuando llegaron, vieron a Jed Cross tendido en el suelo, con un disparo de escopeta en pleno pecho. Pero no fue el balazo lo que lo mató. Tenía destrozados todos los huesos. Exactamente como Caleb.

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