Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– Recorrió un largo camino y esperó muchos años para escucharme decirle que lo hice. ¿Le alcanza con eso?
– No se puede conseguir una condena sin una declaración de culpabilidad. Y yo no la tuve hasta esta noche.
– Bien, entonces ya tiene lo que vino a buscar. Soy culpable de lo que se me acusa, abogada. ¿Y con eso qué? Llamar a la policía no servirá de mucho. Haría falta un ataque terrorista para hacerlos salir con esta tormenta, no un caso de asesinato de hace veinte años que ya nadie recuerda. Y los del departamento de seguridad del aeropuerto no podrían atrapar su propio culo con las dos manos, por no hablar de alguien acostumbrado a escaparse desde hace tantos años, como yo.
– Sólo me queda una cosa por hacer -dijo Joey-, y para hacerla no necesito a la policía ni a los de seguridad.
– ¿Tengo que adivinarlo? ¿O arruinará el suspenso y me lo dirá?
– He esperado más de veinte años para hacerlo. Voy a sentenciarlo.
– Esa es tarea de un juez. ¿La ascendieron y no me dijo nada?
– En este caso, soy un comercio multirrubro -dijo Joey-. Fiscal, jurado y juez.
– Espero que no me condene a prestar servicio comunitario. Verdaderamente me resultaría aborrecible.
– Y tampoco es cadena perpetua. No tengo poder para condenarlo a eso. Ni tampoco deseo hacerlo.
– ¿Y eso en qué punto nos deja?
Joey empujó su silla hacia atrás y se puso de pie, fulminando a Frank con la mirada.
– En la pena de muerte -dijo-. Lo sentencio a morir por el asesinato de mi hermana. No habrá apelaciones y los veinte años que han pasado desde que el crimen fue cometido compensan cualquier suspensión de la ejecución que usted podría haber conseguido.
– Sólo he bebido un par de cervezas -dijo Frank, sonriendo para despojar las palabras de ella de toda severidad y dureza-. Eso no es gran cosa como última cena.
– Usted eligió el lugar -dijo Joey, recogiendo su abrigo de cuero negro-. No yo. Pero pagaré la cuenta. Un condenado no debe pagar por otra cosa más que por su crimen.
– No está respetando los procedimientos usuales -dijo Frank-. Siempre la consideré una persona muy cuidadosa de los detalles. Pero aquí estoy, sentenciado a muerte y ni siquiera he podido ducharme y ponerme ropa limpia. Nunca hubiera creído que usted pudiera ser tan desatenta, abogada.
– Tengo que arreglarme con lo que tengo a mano -replicó Joey, cargando su abrigo y buscando su bolso-. Además, usted no parece necesitar una ducha ni ropa limpia. Pero sí preví el destino de sus restos mortales.
– ¿Serán sepultados o cremados? -preguntó él.
– Eso queda librado a la discreción del verdugo -respondió Joey. Alzó su bolso, le echó una mirada final a Frank y giró sobre sus talones para salir del bar.
– Si es un profesional, probablemente hará las dos cosas -dijo Frank, cuyos ojos no se despegaban de la mesa.
– Seguramente usted lo sabe mejor que yo -dijo Joey, con la cabeza gacha, caminando hacia la puerta abierta del bar.
– Espero que volvamos a encontrarnos, abogada -repuso Frank, alzando un poco la voz y observando la espalda de ella.
Joey se detuvo y dejó caer su bolso; el ahogado impacto reverberó dentro del bar vacío y silencioso. La mujer bajó la cabeza y cerró los ojos, ambas manos contraídas en un puño.
– Me temo que no, Frank -dijo, llamándolo por su nombre por primera vez en toda la noche-. Este es nuestro primer y último encuentro. Todo ha terminado entre nosotros. Este caso está cerrado.
Frank asintió. No necesitaba darse vuelta para saber que lo habían encerrado en la trampa perfecta desde el momento mismo en que había entrado al bar. No necesitaba escuchar los pasos ahogados que se aproximaban a él ni el chasquido de la nueve milímetros que seguramente le apuntaba a la cabeza. Sabía que su carrera había terminado.
Alzó los ojos hacia Joey, que le daba la espalda, con el cuerpo inmóvil y la cabeza gacha. Sabía que ella había estado siguiéndole los pasos durante todos esos años y se preguntó por qué los dos habían esperado hasta esa noche para poner brusco fin a la cacería. Estuvo distendido y alivianado durante esos pocos silenciosos segundos anteriores al impacto de la primera bala. Había elegido su vida y ahora había elegido la manera de abandonarla. Le alegraba que hubiera sido a manos de Joey, sabía que ella finalmente encontraría el valor para seguir adelante. En esa noche tormentosa había dos personas en aquel bar que se habían sacado un peso de encima.
Joey oyó los tres disparos ahogados y después oyó que Frank soltaba un gemido bajo y gutural y después oyó un ruido sordo cuando su cuerpo se desplomó de cara sobre la mesa, y una botella de cerveza se hizo añicos contra el suelo. Permaneció inmóvil, congelada en su sitio, esperando con la cabeza gacha que se acercaran los pasos que avanzaban hacia ella.
– Ya está -dijo el barman, de pie junto a ella-. Está muerto.
– Gracias -dijo ella.
– Limpiaré el lugar y me desharé del cadáver. Para el momento en que amaine la tormenta, él habrá desaparecido.
– Y también usted.
– No es bueno quedarse por acá -dijo el barman-. Odio los bares y aborrezco los aeropuertos. Definitivamente, este no es lugar para mí.
Joey se agachó y recogió su bolso.
– ¿Era bueno en lo suyo? -le preguntó-. ¿Lo sabe usted?
– Frank Corso era el mejor -respondió el barman-. No había nadie mejor que él. Hay suficientes historias suyas como para llenar una docena de libros.
– Pero usted lo mató -dijo ella-. ¿Eso lo hace ahora mejor que él?
– Lo maté porque él quiso que lo matara. Créame, si él no hubiera querido morir, sería mi cadáver el que terminaría ahora sepultado bajo un montículo de nieve.
– ¿Y por qué quiso eso? -preguntó ella-. ¿Por qué se dejó matar de este modo?
– Tal vez simplemente se cansó del juego. A veces ha ocurrido. O tal vez sintió que se lo debía a usted. Eso también ocurre. O tal vez fue otra cosa. Algo que un tipo como él no puede permitirse que le ocurra.
– ¿Qué?
– Tal vez Frank se enamoró de usted -dijo el barman-. Como lo persiguió durante tantos años, él acabó por conocerla tanto como usted a él. Uno se aproxima mucho a alguien de esa manera, más incluso que a cualquier otra persona que uno ve todos los días. Y acaba por sentir algo por ella. Usualmente es odio. Pero una vez en un millón resulta ser amor.
– Entonces, nunca lo sabremos -dijo Joey.
– Si quiere, puede conseguir un taxi en el nivel inferior. También hay autobuses, pero probablemente tendrá que esperar toda la noche para conseguir uno que la lleve de regreso a la ciudad.
– No tengo apuro -dijo Joey, saliendo lentamente de la penumbra del bar a las deslumbrantes luces de la terminal, flanqueada a ambos lados por comercios cerrados-. No tengo otro lugar adonde ir.
Testigo – J. A. Jance
– ¿Qué piensas hacer? -pregunté.
Eludiendo mi mirada, Mindy Harshaw hundió el tenedor en su ensalada, pero no comió nada. Su labio superior tembló.
– ¿Qué puedo hacer? -preguntó con tono indefenso.
Un año atrás yo había sido dama de honor en la boda de Mindy. Se la veía radiante entonces. Pocos meses después, cuando ella, nuestra otra amiga, Stephanie, y yo misma nos encontramos en Starbucks a tomar un café, Mindy ya había perdido su aura de felicidad. Se la veía inusualmente silenciosa y apagada, y se había ocultado detrás de un par de enormes anteojos, alegando que padecía una infección relacionada con la queratitis. Ahora, tras haber escuchado lo que tenía para contar, sospeché que la historia de la queratitis era solo eso… una historia. Y la mujer sentada frente a mí no se parecía en nada a mi amiga de toda la vida, que apenas unos pocos meses atrás había sido una novia radiante.
Me había llevado un susto cuando la vi sentarse del otro lado de la mesa. Lucía demacrada y pálida, y me pareció que había perdido más peso del que podía permitirse. No le dije “¡Por Dios, Mindy! ¡Tienes un aspecto espantoso!”, aunque probablemente debería habérselo dicho. Ahora, después de que me contara al menos parte de lo que le había estado ocurriendo, me sentí en condiciones de darle mi opinión con toda franqueza.