Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– Hola, querido -dijo, con tono excesivamente animado-. Sí, me detuve a comer algo. Estaré en casa en unos minutos.
Extrajo un billete de veinte dólares de su billetera y lo dejó caer sobre la mesa junto a su ensalada casi sin tocar.
– Te tiene sujeta de la correa -dije-. Te está llamando al orden.
– Lo sé. Sin embargo, tengo que irme -agregó. Y se fue.
Me quedé allí sentada unos minutos antes de pagar la cuenta y dirigirme a mi casa. Esa misma sombría mañana de sábado, más temprano, cuando me había llamado Mindy para coordinar nuestro improvisado almuerzo, yo estaba en el garaje ocupada revisando las cosas de Jimmy. Era un trabajo que había venido postergando una y otra vez. Al principio lo había demorado porque me resultaba demasiado doloroso. Y después lo postergué porque siempre estaba demasiado cansada. Pero ahora, tres años más tarde, había llegado el momento de hacerlo. Planeaba viajar el próximo verano. Eso significaba que debía dejar en el garaje suficiente espacio libre para guardar allí mi flamante Escarabajo.
De modo que ahora, cargada con el peso de lo que me había contado Mindy, volví a la tarea con el corazón abrumado. Jimmy había comprado la pequeña casa en Capitol Hill cinco años antes de conocernos, y se había puesto a reformarla. Había sacado y renovado los hermosos pisos de madera dura. Había repintado e instalado molduras en todas partes. Había quitado los viejos caños y alacenas y los había reemplazado con cañerías modernas y armarios que él mismo había diseñado y construido. Cuando nos casamos, vendí mi departamento del centro y me mudé con él. Deshacerme de todas sus herramientas era una parte del trabajo que me esperaba. También debía ocuparme de dar algún destino a su ropa.
Mi familia había vuelto a Seattle unos meses después del funeral. Mi madre había insistido en guardar en cajas la ropa de Jimmy, e hizo que mi padre las llevara al garaje. “Es una parte de la idea de seguir adelante”, me dijo. Si por ella hubiera sido, habría donado la ropa en aquel mismo momento a sociedades de caridad, pero yo le dije que quería revisarla antes. Y era cierto, es decir, quería ocuparme yo misma. La funda plástica que protegía el esmoquin que Jimmy había usado en nuestra boda estaba encima de todo en la segunda caja que abrí. Verlo fue demasiado para mí. Me quebré y rompí a llorar. Una vez más. Pero reuní fuerzas y me aboqué a la tarea. Puse el esmoquin en la pila destinada a ser donada.
No había nada que James Drury no hiciera bien. Mientras revisaba su ropa, gran parte de ella aún en las bolsas de la lavandería, volví a echarlo de menos. Sólo después que murió descubrí cuánto le importaba yo. Estaban sus seguros de vida, que yo ni siquiera sabía que existían. Uno de ellos significaba que la hipoteca ya estaba paga por completo. El otro me proporcionaba una cifra considerable, de la que podría hacer uso para retirarme de la enseñanza tempranamente en vez de tener que seguir trabajando más tiempo del que deseaba.
Y esa era exactamente la clase de estabilidad que yo había deseado que Mindy también tuviera. En verdad, había creído que ella había encontrado a alguien que la amaría y le proporcionaría un sentimiento de estabilidad duradero. El contraste entre mi situación y la suya era agudo… y terriblemente triste.
Suele ocurrir que la idea de un trabajo que nos espera nos resulta más pesada que el simple hecho de decidirse a hacerlo. A las seis de la tarde, la tarea que había postergado durante años por considerarla imposible, estaba casi terminada. Había llenado a reventar mi bote de basura y tenía además una docena de bolsas de plástico negras, repletas, preparadas para donarlas. Con un simple llamado telefónico a Don Williams, maestro de taller y compañero mío en la Escuela Superior Franklin, había conseguido una encantada promesa de su parte de que al día siguiente vendría con una pickup para recoger todas las herramientas de las que había decidido deshacerme. Fue en el preciso momento en que corté la comunicación con Don cuando recordé las armas. No las de Jimmy, que no las tenía, sino las de Larry Harshaw.
Las había visto la noche de su fiesta de compromiso, cuando Larry me mostró su espaciosa casa que dominaba Elliott Bay, en Magnolia, uno de los más hermosos vecindarios antiguos de Seattle. Me había conducido a su estudio con paredes revestidas en madera, donde se veía una amplia colección de armas dentro de una vitrina vidriada y cerrada con llave. Sobre su escritorio había un documento enmarcado. Era una elogiosa carta de la Sociedad Nacional de Armas, honrando a Larry por sus muchos años de afiliación. La carta estaba firmada, con trazo firme, por el propio ex presidente de la Sociedad, el mismísimo Charlton Heston.
En ese momento, acababa de conocer a Larry Harshaw. Estaba comprometido con una de mis mejores amigas. Y como deseaba causarle una buena impresión, fingí mucho más interés del que realmente sentía por su colección de armas. Desde aquella noche, no había tenido ocasión de volver a entrar en el estudio de Larry. Ahora, sin embargo, había recordado la ominosa presencia de todas esas armas. La posibilidad de que hubiera allí más armas de las que había visto entonces me provocaba un terrible espanto. ¿Y si él…?
Tomé el teléfono y digité el número del celular de Mindy. No contestó, y no dejé ningún mensaje. Durante la media hora siguiente no paré de caminar de arriba abajo por mi casa, tratando de decidir qué haría. ¿Debía llamar a la policía? ¿Para decirles qué? ¿Que temía que pudiera pasarle algo a una amiga… que su esposo podría estar a punto de hacerle algún daño grave… sin tener ninguna prueba que apoyara mis palabras?
Finalmente, incapaz de calmarme, me metí en mi VW y conduje hasta lo de Mindy. Al igual que todas las casas del mundo situadas a orillas del mar, el frente de la casa tenía el propósito primordial de ofrecer una gran vista. En realidad, los visitantes entraban a la casa por una puerta trasera que daba a un pequeño callejón. En cuanto me bajé del auto, oí voces que venían de la puerta abierta del garaje. Dejando entreabierta la puerta de mi auto, me quedé quieta y escuché.
– Vamos, Wes -decía Mindy-, tienes que hacerlo un poco mejor. Aférrame de los brazos y pellízcalos con tanta fuerza como puedas. Necesitamos magullones… magullones que sean claramente visibles. Y después, dame una buena bofetada… justo sobre la boca. Afortunadamente, eres zurdo como Larry.
Me encogí, impresionada, cuando escuché el sordo porrazo en el momento en que la piel martilló sobre la piel, pero evidentemente el golpe no fue suficiente para satisfacer a Mindy.
– Otra vez -ordenó-. Tienes que sacarme sangre.
Escuché otro golpe, seguido por la voz de un hombre.
– Uf, ya está. Ahora me he manchado toda la camisa.
– Dios mío, Wes. Nunca creí que fueras tan condenadamente remilgado. Es una suerte que no seas tú quien tiene que apretar el gatillo. También me aseguraré de que haya mucha sangre mía en la camisa de Larry. Ahora vete volando de aquí. Él llegará a casa en unos minutos. No quiero que haya nadie por aquí cuando él llegue.
– ¿Estás segura de que esto va a salir bien?
– Por supuesto que va a salir bien -respondió Mindy-. En cuanto los policías vengan a buscarme, los mandaré directamente a hablar con Francine. Después de todas las tonterías que le conté esta tarde, no hay dudas de que creerán que fue en defensa propia.
¡Francine! ¡Esa era yo! La que se había tragado todas esas tonterías. Larry Harshaw no se proponía matar a Mindy. Era exactamente al revés, y yo sería la testigo principal… de la defensa.
Durante unos minutos, permanecí congelada en donde estaba. Finalmente, conseguí recuperarme lo suficiente como para poder moverme. Salté dentro de mi auto, cerré la puerta de golpe, encendí el motor y volé hasta el pie de la colina. Temiendo que Wes me hubiera seguido, me oculté en una entrada para autos, dos casas antes de la intersección. Segundos más tarde, la pickup Dodge Ram que había estacionada junto al garaje bajó rugiendo por la colina. El conductor se detuvo ante la entrada para autos y pareció observar con detenimiento hacia ambos lados. Contuve el aliento, pero evidentemente no debe haber visto mi auto en el momento en que salí a toda velocidad de la casa de Mindy. O no me había visto ahora, estacionada allí. Después de un tiempo que me pareció eterno, siguió su camino. Desde donde me encontraba no alcancé a ver el número de su placa patente, y por nada del mundo pensaba seguirlo para verlo más de cerca.